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España ¿sin PSOE?

La debilidad del Partido Socialista se convierte en un problema para resolver los retos del país

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Susana Díaz pide al PSOE que reflexione tras su "peor" resultado electoral

Susana Díaz, con una pala en la mano en uno de los actos del 30 aniversario de la creación de la Agencia andaluza de Medio Ambiente.

No hay que dar nada por supuesto en esta España. Entre otras cosas, las elecciones europeas han demostrado que, más allá de la caída del bipartidismo y pese a lo que se pensara anteriormente, el PSOE no tiene suelo. Algunos creyeron verlo en el 28,8% de las generales de 2011, para despertar con el 23% de las europeas, por no hablar de cifras absolutas. El PSOE puede si no desaparecer, sí dejar de ser un partido vertebrador no sólo de la izquierda sino del país, y quedarse en una mera máquina electoral, incapaz, además, de ganar elecciones a nivel nacional. Es algo que se teme por parte de algunos desde las propias filas socialistas. Pero también desde otros sectores políticos y sociales de la estructura política española. Incluso desde el propio Gobierno del PP.

Puede que el modelo no sea el de los liberales británicos que en el siglo pasado prácticamente desaparecieron con el ascenso de los laboristas, pues en España el PSOE no se está debilitando realmente por efecto de una alternativa, sino por sí mismo. Es, si acaso, el modelo del PASOK griego, víctima de la crisis, de la reacción a la crisis y de otros factores. Y ello, en un momento muy delicado para España cuando se necesita un partido de corte socialdemócrata renovado, capaz de articular una visión de España, de Europa y del mundo. Ahora hay entre los socialistas una obsesión con Podemos, movimiento que, efectivamente, ha trastocado muchas cosas y seguirá haciéndolo.

Desde el punto de vista territorial, la transformación del PSOE en reinos de taifas se remonta a los 90 cuando el secretario general optó por escudarse en los llamados barones para defenderse de una Comisión Ejecutiva que se le estaba rebelando. Desde entonces, ha ido a peor este sentido, y se ha visto estos días, aunque la elección del nuevo secretario general por voto directo de los militantes puede ayudar a cambiar las cosas. Además, en Cataluña, el PSC andaba como vaca sin cencerro, y con una sangría de militantes y de escisiones, derivada de una situación compleja y de un liderazgo deficiente. Sin Cataluña, el PSOE no volverá a gobernar o incluso a pesar. En el País Vasco también ha pinchado. En Andalucía, domina.

Como partido, el PSOE tiene que ser una máquina electoral, pero no puede limitarse a serlo. Se necesita un PSOE que tenga un proyecto de país, no sólo en lo territorial, sino en lo político, en lo económico, en lo social, en lo europeo y en lo global, capaz de aunar votos del 3,5 al 6,5 de la habitual escala ideológica. Que cambie de forma de hacer política y vuelva a la ciudadanía, que diferencie entre el partido y los ciudadanos.

En lo territorial hay que revisar el Estado de las Autonomías y no sólo para hacer frente al desafío de los independentistas catalanes. Rubalcaba ha impulsado una visión federal que puede servir quizás no como punto de llegada –que requerirá otros socios y otras cosas- sino como punto de partida. ¿Lo mantendrá su sucesor?

En lo político el sistema español hace aguas, y hay que transformarlo en profundidad. Y si no se reforma acabará en ruptura. Ha bastado el anuncio de abdicación del rey para que salieran serias divisiones en el seno del PSOE sobre la forma del Estado como si hoy uno de los grandes problemas que tuviera España fuera el de tener que elegir entre República y una Monarquía parlamentaria que en cualquier caso no es como las del pasado en España. Aunque es claro que la posición del PSOE será determinante en el futuro de la monarquía. Por otra parte, algunas buenas ideas de la Conferencia Política del pasado otoño han quedado en papel mojado por la falta de proyecto general y de liderazgo. Y sobre todo, de la mano de las europeas y de la abdicación del rey Juan Carlos, se ha abierto la perspectiva de una reforma constitucional, en la que importa el PSOE, aunque tenga que ir mucho más allá. ¿Puede plantearse una reforma significativa de la Constitución con el PSOE débil y con otros interlocutores constructivos como Duran i Lleida en pérdida de influencia?

En lo económico, los socialistas no sólo se han encontrado en una negación de una cierta recuperación –uno de los errores de la campaña de las europeas–, por muy insuficiente que resulte para millones de ciudadanos, sino que no han sido capaces de articular una política alternativa a la del Gobierno de Rajoy, de una austeridad que el anterior gobierno se vio forzado a aplicar, aunque el PP ha ido mucho más lejos. Es verdad que no es fácil porque tal política pasa necesaria, aunque no totalmente, por la Unión Europea, y más en particular, por la Eurozona como tal y sus instituciones, a comenzar por un Banco Central Europeo que finalmente ha comenzado a actuar para impulsar el crédito y el crecimiento, evitando la deflación.

En lo social porque el PSOE no se ha mostrado capaz de reconstruir algún tipo de coalición entre unas clases medias crecientemente desclasadas y los "nuevos inseguros" y los más necesitados. Lo que tiene que lograrse también desde una dimensión europea. La socialdemocracia, la izquierda, en un solo país, sobre todo uno como España, no es posible.

El PSOE, que estos días aparece desbordado, se ha convertido en uno de los grandes problema políticos de España, en el sentido que si ese partido no se recupera en su ser, no ya en sus votos, los otros problemas de España no se podrán resolver. No es condición suficiente, pero sí necesaria. Como lo es una renovación generacional en marcha, que sería mejor que fuera por acumulación y no por eliminación, pues ni el PSOE ni España están sobrados de capital político. Son necesarios cambios de personas, generaciones, organización, ideas y usos, que, aparentemente, se han puesto en marcha. Es posible, pero el desafío es mayúsculo, y la responsabilidad, enorme. Una responsabilidad que va mucho más allá del propio PSOE.

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