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Llenarse la boca con la palabra 'libertad'

Vale la pena detenerse en esa idea desenfocada de "libertad" con la que nos intentan comer la cabeza, una libertad egomaníaca y autocomplaciente, capaz de opacar por completo las realidades terribles de los otros

No me cabe en la cabeza que después de sus chistes de mal gusto hacia mujeres transgénero, después de sus bromas de bar hacia sus genitales, estén tratando de convertirse ellas en las víctimas, al más puro estilo Inés Arrimadas

Parte de las mujeres trans que lideraron la marcha de Las Ramblas de 1977.

Parte de las mujeres trans que lideraron la marcha de Las Ramblas de 1977. Arxiu Fotgràfic de Barcelona

Creo que lo que diferencia al que es víctima del que es sencillamente victimista es la capacidad de sobrevivir creando. Me refiero a que mientras las víctimas sacan fuerza para expresarse, ser creativas, y narrar el mundo aunque el mundo no las escuche, los victimistas solo saben nutrirse de las supuestas debilidades del otro, además de utilizar sus privilegios en su propia contra y a fuerza de negarlos.

Pensaba en esta diferencia durante las últimas semanas en las que algunas situaciones descorazonadoras han poblado nuestra actualidad. Como el bochorno de Ciudadanos en el Orgullo madrileño, tratando de apropiarse como partido de aquello por lo que millones de personas llevan décadas luchando y siglos sufriendo. No hace falta que explique la hipocresía de sus reclamos porque los aspavientos exagerados de sus dirigentes ya han dado la vuelta al mundo. Pero tal vez merece la pena volver a detenerse en esa idea desenfocada de "libertad" con la que nos han intentado comer la cabeza en los televisores durante los últimos años, una libertad egomaníaca y autocomplaciente, capaz de opacar por completo las realidades terribles de los otros. Ahora que los educadores en materia LGTBIQ+ de la Comunidad de Madrid van a estar señalados con un circulito rojo vete tú a saber con qué propósitos censores, me pregunto dónde están las bocas que tan fácilmente se llenan de la palabra libertad. Dónde están las que presumen de trabajar por todos y para todos. Por qué les gusta tanto relamer sus heridas falsas, en vez de sentir compasión, cercanía o solidaridad por las que realmente rezuman miedo.

Es victimismo, sí.

Es victimismo y es ego.

Porque el victimista no logra mirar más allá de su cuerpo, mientras que la víctima es capaz de ponerlo en la primera línea de batalla sin pedir nada a cambio. Y lo que consiga no será solo suyo, sino de muchos. Y cuanta más justicia logre para sí misma, más libertad —de la de verdad, no de la que llena bocas en vano— desbloqueará para todos. Por eso tampoco me cabe en la cabeza la vuelta de tuerca que han dado desde sus redes sociales o desde sus tribunas en medios de comunicación las participantes de las jornadas de Política Feminista, Libertades e Identidades que organizó hace unos días la Escuela Feminista Rosario de Acuña de Gijón. No me cabe en la cabeza que después de sus chistes de mal gusto hacia mujeres transgénero, después de sus bromas de bar hacia sus genitales, estén tratando de convertirse ellas en las víctimas, al más puro estilo Inés Arrimadas, e incidiendo una vez más en el brutal acoso hacia uno de los colectivos de mujeres más castigados por nuestra sociedad. Como escribía Violeta Assiego en estas mismas páginas: "cuando se usa el feminismo para atacar la dignidad de una persona no se está haciendo feminismo, se está instrumentalizando y malversando su capital social para un uso personalista, partidista y contrario a la esencia de su génesis". O como se preguntaba Raquel Martín en Las gafas violeta a este mismo respecto y al del paripé de Ciudadanos en el Orgullo: ¿quién es la víctima y quién el verdugo? Martín concluye: "yo creo que a las cosas hay que empezar a llamarlas por su nombre. Inés Arrimadas no es una víctima, es un verdugo. No son hombres disfrazados, son mujeres. Serán feministas, pero desde luego son unas tránsfobas opresoras sin escrúpulos".

Después de estas polémicas, que más que trifulcas pasajeras son problemas largos y universales, malamente azuzados por la lentitud mediática del verano, vuelvo a preguntarme de dónde y con qué ánimo las verdaderas víctimas son capaces de sacar esa fuerza. Lo pienso leyendo Vidas trans, una antología de Antipersona en la que diferentes escritores transgénero españoles narran la violencia que impregna sus vidas ya sea en el trabajo, en la escuela, en las redes sociales o en el sistema médico. Y lo pienso también leyendo Clemencia a las estrellas (Ménades Editorial) de Agustina González, una recopilación de textos de una escritora que mantuvo la cabeza alta a pesar de las constantes burlas y desprecios hacia su género y su sexualidad en los años 30. A González, por cierto, la fusilaron al mismo tiempo que a Federico García Lorca, supuestamente, y según presumió el fascista que les arrestó, por ser "tortillera y puta". Por eso creo que ahí reside la diferencia entre ser víctima y comportarse como un victimista. El segundo solo es un cobarde. La primera es la que siempre pone el cuerpo.

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