Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
Revista
El poder del amor moderno
­
9 de enero de 2026 22:11 h

1

Como toda hija de funcionarios con aspiraciones intelectuales pensaba que sus padres le habían jodido la vida. Semanas antes de cumplir los doce años, con la llegada de la primera menstruación, su madre le dejó sobre la cama una copia en francés de El extranjero, de Albert Camus, “con la esperanza de que tu nueva vida como mujer sea luminosa”, rezaba la dedicatoria del padre, escrita con una letra muy limpia y a tinta roja en la primera página. Ella, que en verdad hubiera preferido recibir como regalo una caja de ibuprofenos, se extrañó de que papá y mamá se hubiesen gastado dinero en algo que estaba escrito en un idioma que ninguno de los tres entendía. ¡Es un clásico!, le dijo la madre. ¡Alimentará tu espíritu!, le dijo el padre. ¡Te apuntaremos a la Escuela Oficial de Idiomas mañana mismo!, volvió a decir entusiásticamente la madre, ante los ojos húmedos de la hija, que se retorcía por el dolor uterino, repitiéndose todo el rato para sus adentros: y a mí qué, y a mí qué, y a mí qué. Así, antes de descubrir la sonoridad de la palabra endometrio; antes de entender del todo el significado del color marrón de aquel flujo; y antes, incluso, de haberse atrevido a introducir el primer támpax de su vida por su vagina, un profesor viejo, con un bigote blanco muy poblado, tonteó con ella todas las tardes de martes después de enseñarle a conjugar el verbo être, ¡pero tú sobre todo deberías aprender a conjugar el verbo aimer, bonica, porque eso me parece que lo vas a hacer mucho si sigues así de precoz y así de arrebatadora!

Más que encontrarse cerca de estar enamorada, en el albor de sus catorce años ella sintió que la vida era más bien tonta, una cosa ridícula. Papá y mamá habían empezado a preocuparse de que ya no le apeteciera hablar con sus amigas de la urbanización, o de que el dinerillo de la paga mensual ya no fuese destinado a revistas musicales, chucherías o cacaos labiales de mil sabores, sino a cuadernos negros de tapa dura en los que comenzó a escribir sobre sus más profundos pesares. Le preguntaban qué te pasa cariño, con lo feliz que tú eras, pero ella se encogía de hombros y no respondía nada; bajaba la mirada a su ejemplar de El mito de Sísifo y se dejaba llevar por las palabras de ese autor que ellos mismos le habían obligado a leer desde niña. Con quince años, dejó de hablar. La jefa de estudios de su instituto bilingüe hacía llegar notas de advertencia a casa, recomendando a los progenitores que mandaran a su hija a terapia, cosa que hicieron sin grandes resultados: ¿cómo te sientes?, preguntaba una psicoanalista en un despacho que, de acuerdo con lo que ella escribió más tarde en su diario, “olía a jazmines mustios y a heces de Lacan”. Pero ese diario fue un consuelo para toda la familia. Por un lado, ella lo rellenaba de comentarios mordaces y medio suicidas: “¿No es acaso mejor dejar de hablar que dejar de comer?”. Por el otro, sus padres lo revisaban cuando ella se marchaba a clase, y hacían la vista gorda a los ataques contra sus “lamentables Padres Progres de Provincias, votantes del PSOE y faltos de talento”, hasta que un día encontraron un poema que les sugirió que, definitivamente, algo comenzaba a ir muy mal. El hecho de que estuviera escrito en francés les resultó aún más alarmante, ¿acaso ella sabía que sus padres cotilleaban sus cuadernos y por eso ocultaba sus sentimientos con el cerrojo aún más impenetrable de la lengua? Decidieron utilizar Google Translator: “Poema sobre leer La mujer rota, de Simone de Beauvoir, y querer morir: El epitafio de mis ojos / no habla sino de larvas y de moscas. / Chocando mis dedos contra la tierra / descubro que el silencio ya no existe. / Porque he huido entre piedras resplandecientes / y el miedo a las olas./ Porque he borrado el azul / de esta idea desnuda. / Porque he decepcionado, dices, / pintando oscuridad a un corazón que aguarda”.

Por su cumpleaños número dieciséis dejó una nota manuscrita en la mesa del comedor, en la que suplicaba a sus padres que le dejaran ponerse un piercing en el ombligo; para hacerse los tontos, y como medida cautelar ante la amenaza escrita de las autolesiones, decidieron reunir algunos ahorros y llevarla de viaje a París por la Semana Santa. Durante los preparativos del viaje, Mamá compró todo tipo de mapas y guías turísticas en la librería del barrio, y luego pidió a una vecina que le prestara unas pocas pastillas de esas tan buenas contra la ansiedad, pues aquella sería su primera vez montando en avión, y estaba de los nervios. Por su parte, papá estudió en secreto algunas palabras básicas del francés, y hasta se intentó leer la versión original de El conde de Montecristo que había regalado a su hija las navidades pasadas, aunque sin demasiado éxito y con la mala suerte de que sus páginas transcurrieran en Marsella y no en la capital.

Poco ilusionada a juzgar por sus expresiones, aunque sorprendentemente complacida en su interior, la hija exigió que el día exacto de su cumpleaños lo pasaran visitando los cementerios de París en los que se encontraban los cadáveres de sus escritores preferidos. Ante aquella petición tan extraña, los padres lamentaron no haber negociado mejor la primera súplica del piercing, pero prefirieron pensar en que tal vez el hecho de ver la decadencia de la muerte con sus propios ojos apaciguaría su obsesión con poner fin a su propia vida.

El viaje empezó peor de lo esperado. La adolescente había olvidado su cuaderno negro en casa, cosa de la que no se dio cuenta hasta llegar a su asiento del avión. Quería bajarse. Tenía que bajarse. Pataleaba e imploraba que la dejaran salir de allí, pero los sobrecargos trataron de disuadirla con palabras amables que ella odió. Forzada entonces a desvelar su terror inconfesado, mamá abrió el bolso y desplegó en la palma de su mano un saquito azul lleno de pastillas. ¡Son buenas, nos calmarán!, dijo temblando. ¡Al llegar a París te compraremos todos los cuadernos que quieras!, remató el padre, mientras su hija se tragaba sin pensárselo un par de ansiolíticos blancos que la dejaron tranquilísima durante el resto de la jornada. Con el ánimo anestesiado pero feliz, la chica reía, conversaba y compartía impresiones del entramado urbanístico parisino como si llevara toda la vida hablando con tanta naturalidad y alegría con sus padres. Sin tener que mediar palabra, ellos se miraron fijamente y firmaron un acuerdo mental, según el cual aquella medicación sería el elixir con el que salvarían a su niña de una vida negra. Al día siguiente, desde un apartahotel en el corazón de Saint Georges, festejaron los dieciséis años con cruasanes y salieron pronto de casa para visitar el cementerio de Montparnasse. ¡Esto sí es una ciudad!, dijo la madre. ¡Dentro de unos años deberías estudiar aquí relaciones internacionales!, se animó el padre. ¡Nuestra niña de Erasmus!, dijo la madre. ¡Claro que sí!, dijo ella, con el efecto del primer ansiolítico dándole ánimos a su pequeño corazón gótico, mientras zarandeaba con la mano el cuaderno floreado que le acababa de comprar papá en una librería-papelería encantadora.

La verdad es que el cementerio era bonito. Lleno de turistas españoles y portugueses, pero bonito. Lleno de mujeres jóvenes haciéndose fotos junto a la lápida besada de Simone de Beauvoir, pero bonito. Lleno de estudiantes mordiendo bolígrafos BIC, que luego posarían como tributo sobre la tumba de Marguerite Duras, pero bonito. Ella conocía todos esos nombres. Había leído esos libros y hasta se había masturbado un poquito leyendo las novelas pseudoeróticas de uno de los protagonistas de aquellas tumbas: Pierre Louÿs. Sus padres estaban tan obsesionados con que ella conociera a la perfección la lengua más digna y elegante del continente, que no reparaban en el contenido a veces un poco cerdo de alguno de esos libros de bolsillo que ya encargaba sola y que devoraba desde los doce. Aunque pensaba cada vez más en el cuerpo, sobre todo en el de otras mujeres, escribir sobre su propia angustia sexual no era algo que le gustase del todo, de manera que sus cuadernos negros estaban a salvo de sus íntimas perversiones y de la mirada cotilla de los progenitores.

Caminando sola por aquel cementerio, en un momento en el que se despistó sobre qué camino habían tomado sus padres; extasiada por el olor de los árboles, ebria de ansiolíticos y con el cuaderno nuevo entre los brazos, bien apretado contra su pecho, pensó en que quizás aquella nueva alegría que le habían traído París y el cumpleaños era la excusa para empezar a escribir sobre lo que más le ardía por dentro desde que tenía uso de razón lector; sobre ese fuego que siempre había sentido dentro de sí, pero que ella había preferido acallar coleccionando tantos libros tristes.

Apareció entonces ante sus ojos: una lápida negra, negra y limpia, negra y dura como las tapas de sus diarios. Una lápida brillante. Parecía que alguien hubiera pasado toda la mañana puliéndola para que brillara tanto como la obsidiana. Ella había leído sobre la obsidiana. En el revistero del salón, mamá coleccionaba folletos esotéricos llenos de fotografías de minerales y piedras luminosas. Había leído sobre “el espejo del alma”, sobre esa roca purificadora, protectora de males enérgicos, que potenciaba el amor propio. Lo que no había leído era a la autora cuyos restos reposaban bajo aquella tumba sobria pero majestuosa, misteriosa, llena de esperanza sobre la que no tuvo reparo en abalanzarse. chica, imaginando lo imposible: un cadáver aún caliente, tal vez muy bello, con el que besarse. No había visto nunca una fotografía de Susan Sontag, pero sabía que sería hermosa. Retorciéndose contra la lápida por un dolor repentino e intenso en el bajo vientre, y llamando la atención de los turistas, pero también de sus padres, que ya la buscaban un poco desesperados, y que se la encontraron allí repantigada, con las piernas abiertas sobre la tumba, y una mancha de sangre emergiéndole poco a poco de la parte inferior de la entrepierna del pantalón vaquero. ¡Estás desangrándote, hija mía!, dijo el padre, avergonzado. ¡¿No se te ha ocurrido ponerte un tampón antes de salir del apartamento?!, gritó la madre. ¡Ahora vamos a tener que volver en taxi!, alarmó el padre. La hija, mientras tanto, reía y pronunciaba una y otra vez el nombre de Sontag, pensando entre retortijones que quizá nunca en toda su vida había sido tan feliz. Empezó a besar la lápida, a rozar su pubis contra la falsa obsidiana. La sangre continuaba empapando el pantalón y su madre, escandalizada, fue corriendo hasta ella para frotarle con violencia la zona de la ingle con unas toallitas húmedas que llevaba en el bolso, un gesto que terminó por excitar todavía más a la hija, en trance ahora, y agitada por un estremecimiento que horrorizó a un pequeño grupo de espectadores que ya hacían corrillo.

Volvieron al apartahotel en taxi y sin mediar palabra. Como en España aún era la hora de la siesta, forzaron a la hija a echarse una. La madre sacó del bolso su saquito mágico, y además del ansiolítico puso sobre la mesa del salón uno de sus somníferos naturales. La chica tocó los restos de miga de cruasán que todavía poblaban el mantel desde la mañana, fingió que se metía los medicamentos en la boca y se encerró en su cuarto, bostezando. Mamá y papá respiraron hondo y cuando comprobaron que la adolescente estaba dormida decidieron dejarla allí mientras salían a mirar los alrededores de Saint George, dando un paseíto corto hasta el Moulin Rouge. Al escuchar la puerta cerrarse, ella salió de la cama de un salto, se cambió de pantalón, agarró el otro par de llaves del apartamento y se fue en busca de una librería. ¿Susan Sontag? ¿Tiene algo usted de Susan Sontag? Por favor, necesito a Susan. Susan, Susan, Susan Sontag. Claro que tenían a Sontag. En la cubierta de uno de los volúmenes, lucía el rostro de una mujer. ¿Es ella? Sí, respondió el librero. Y entonces la adolescente agarró el volumen y salió de la librería corriendo, sin que a los dependientes les diera tiempo a reaccionar. “Renaître”, decía el título. Así es como se sentía ella misma: renacida. Corrió todo lo que pudo con el libro escondido bajo la camiseta y metiéndose entre callejuelas concurridas, para asegurarse de que nadie la seguía. Caminó un poco más hasta el apartamento y se alegró al ver que sus padres aún no habían llegado. Con la lucecilla del cuarto alumbrando las páginas de aquel tesoro, se dio cuenta de que se trataba de una traducción al francés de los diarios de adolescencia de una filósofa y narradora yanqui, que por alguna razón acabó cayendo muerta en ese cementerio de París. Como toda hija de funcionarios con aspiraciones intelectuales y vergüenza de clase, pensaba que sus padres la habían llevado por el buen camino, pero desde una dirección equivocada. “¿Cómo puedo ayudarme, volverme cruel?”, decía uno de los fragmentos de aquel diario, en el que Sontag tenía más o menos la misma edad que ella.

“Pues no solo estoy leyendo este libro, sino creándolo yo misma, y esta experiencia única y descomunal ha purgado mi mente de gran parte de la confusión y la esterilidad que la han atascado todos estos horribles meses”, anotó la filósofa en una entrada de unos meses después, refiriéndose a una lectura que había hecho de André Gide. Le resultó imposible no sentir una identificación profunda, rodeada de un sentimiento casi místico, quisiera lo que quisiera decir eso. Si de pronto era así de fácil identificarse con un libro, si resultaba así de sencillo verse a una misma en la vida de otra persona, entonces la existencia no era tan absurda como pensaba, o tal vez es que lo era más que nunca. Estaba enamorada de Susan. Estaba profundamente consternada por la belleza de su escritura y de su rostro. Necesitaba más.

Mamá y papá llegaron con bolsas para una cena de picoteo. Se excusaron por la tardanza, visiblemente achispados. Ella hizo todo lo posible para estar tranquila, y hasta se atrevió a improvisar algún chiste sobre la menstruación, las tumbas y el precio de los taxis de París. ¿Queréis que corte más queso?, preguntó hacia el final de la cena, y, aunque con el estómago lleno, sus padres progres de provincias asintieron, encantados con la imagen servicial de la niña. ¿Puedo echarme media copa de vino para brindar con vosotros? Ellos volvieron a asentir. ¡Media copita es buena para la salud!, dijo papá. ¡Así se va formando su gusto en vinos!, dijo mamá con las mejillas encendidas. Mientras cortaba un poquito más de queso, la hija sacó el somnífero natural del bolsillo, abrió la cápsula con esmero, y roció unos polvitos en la copa de su madre y otros cuantos más en la de su padre. ¡Por ti, cariño mío!, dijo mamá. ¡Por mis dos mujeres favoritas!, dijo papá. A las nueve y media de la noche, sentados en el sofá y sin que les hubiera dado tiempo a ponerse los pijamas, se quedaron dormidos.

“¡Estoy enamorada de enamorarme!”, escribió Susan Sontag en Renacida, haciendo referencia a su bisexualidad y a su carácter profundamente enamoradizo. Si el folleto que había guardado entre las páginas del cuaderno floreado estaba en lo cierto, el cementerio de Montparnasse no cerraba hasta las once, de manera que, si se daba prisa, podría colarse un rato antes de la hora, y pasar la noche junto a su nueva diosa de obsidiana. En el bolsillo derecho, los euros que le había sacado a papá y una copia de las llaves del apartahotel; en el bolsillo izquierdo, el saquito de medicamentos que le había sacado a mamá, y un bolígrafo; entre los brazos, su ejemplar de Renacida; en el pecho, un nervio profundo. “¡Estoy enamorada de enamorarme!”, releyó una vez más, antes de colarse en el cementerio y esconderse entre unos arbustos a la espera de que todo hubiese quedado en silencio. Debía haber pasado poco más de media hora cuando se decidió a emerger de entre las hojas para buscar a oscuras la lápida negra. ¡Estoy enamorada de enamorarme!, decía, y se tomaba una pildorita natural. ¡Estoy enamorada de enamorarme!, decía, y se tomaba una pastilla redonda. ¡Estoy enamorada de enamorarme!, decía, y volvía a empezar el ritual, hasta que consiguió acabar con el contenido de la bolsa.

Por fin frente a la tumba de Susan Sontag, o al menos frente a alguna tumba que se le parecía mucho, porque ni la luz ni el mareo le dejaban estar segura de eso, la adolescente pensó en sus padres y pensó en sus escritores preferidos, y se preguntó que cómo era posible amar todavía más a los muertos que a los vivos. Te amo, Susan Sontag, dijo, acurrucándose sobre la lápida negra. Te amo como nunca he querido a nadie, ni siquiera a mí misma, volvió a decir, aunque esta vez trabándose un poquito la lengua, más bien para sus adentros. Le habría venido bien un ibuprofeno para todo ese dolor, pero ya daba igual. Su vida como mujer era luminosa.

Etiquetas
stats