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Palabras cacahuete

Uno toma las palabras que quiere que creen la realidad, las vacía de su contenido original, las repite con el nuevo hasta la saciedad y ¡chas!, se produce el efecto deseado: sustituir lo obvio por un cacahuete.

Rajoy tiende su mano para un pacto, pero duda de que el PSOE asuma su coste

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en el Casino de Madrid. / Efe

Anda el PP tirándonos palabras a los españoles como quien echa cacahuetes a un mono encerrado en una jaula.

Lo mismo nos tira un papeles apócrifos de Bárcenas, que no se podrá demostrar que no es inocente, que nos hace tragar con una ley de desindexación de la economía española, que encubra más recortes a las pensiones, o nos avisa para que no nos dejemos cegar por la devastadora cifra del paro. Nos lanza indemnización simulada, diferida, fragmentada, quiere que mastiquemos que no hay impuestos el viernes y nos entretiene con que se trata de un recargo temporal de solidaridad y no de una subida de impuestos que se queda a vivir.

Nos dice que no es que haya más gente sin trabajo que nunca, es que el paro flexiona (no quiero pensar la que se puede armar cuando el paro empiece a hacer abdominales). 

Sabiendo que las palabras describen la realidad, pero, sobre todo, la crean, el PP, así en el Gobierno como en el partido, presididos ambos por Mariano I, el Ausente, nos alimenta con palabras cacahuete con la idea de que aplaudamos con las manos homínidas y celebremos como se ríen al vernos atraparlos y llevárnoslos a la boca.

Tienen un saco que es posible que les dure hasta el final de la legislatura pues, comentan en su tramoya, casi textualmente: tranquilos, que pase lo que pase, aquí estaremos cuatro años, que para eso tenemos mayoría absoluta.

El Ausente ha dicho que no ha cumplido sus promesas electorales, pero sí con su deber, frase que debería ahorrarnos cualquier otro análisis sobre la catadura moral del sujeto, y pide paciencia en medio del destrozo, cuando en realidad piensa como su diputada: “Que se jodan”.

También nos ha explicado que la culpa de que no haya cumplido sus promesas la tiene la realidad, de ahí, quizás, su afán por construirnos otra a base de sus palabras estranguladas.

En tiempos de Franco, los obreros eran productores y los sindicalistas clandestinos, enlaces. El 1º de Mayo era la fiesta de San José Artesano, y cuando un policía disparaba al aire siempre le daba a un manifestante que corría por la terrenal calzada. España era una unidad de destino en lo universal, antes muerta que sencilla(mente) roja o rota.

Ya decía el filólogo alemán Victor Klemperer, judío y comunista, que las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico. Se refería Klemperer al uso persistente de la palabra fanático como sinónimo de heroico o virtuoso en la neolengua que se inventaron en Alemania hace casi un siglo

Uno toma las palabras que quiere que creen la realidad, las vacía de su contenido original, las repite con el nuevo hasta la saciedad y ¡chas!, se produce el efecto deseado: sustituir lo obvio por un cacahuete.

Nos pide el Ausente paciencia, que viene de sufrir, soportar, aguantar.

¿Aguantaremos los españoles sufriendo hasta el final de esta insoportable la legislatura?

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