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Elecciones en Chile: Triunfo de la centro-izquierda y la encrucijada de la centro-derecha

"Ninguna de mis reformas es una amenaza al sector privado", dice Bachelet

Cristóbal Rovira Kaltwasser

Tal y como lo pronosticaban las encuestas, Michelle Bachelet ha ganado las elecciones presidenciales en Chile. Se trata de una líder política con experiencia, miembro del Partido Socialista y Presidente de la República entre los años 2006 y 2010. Su regreso al poder implica el retorno de la coalición de partidos de centro-izquierda que ha gobernado Chile desde la recuperación de la democracia en 1990 hasta el triunfo de Sebastián Piñera y la centro-derecha en el año 2010. Si bien es cierto que Piñera deja un buen balance económico (durante su administración el país ha crecido a tasas anuales cercanas al 5 por ciento y el desempleo ha bajado hasta aproximadamente un 6 por ciento), el electorado tiene una pésima imagen del gobierno. En otras palabras, el desempeño económico del país no ha ido de la mano con los índices de aprobación de la administración de turno.

Evelyn Matthei, la principal candidata de la centro-derecha, obtuvo un magro 25.03 por ciento en la primera vuelta y un 37.83 por ciento en la segunda vuelta. Por el contrario, Michelle Bachelet, la principal candidata de la centro-izquierda, consiguió un 46.7 por ciento en la primera vuelta y una clara mayoría con un 62.16 por ciento en la segunda vuelta. Al mismo tiempo, en las elecciones parlamentarias que se realizaron de forma simultánea con la primera vuelta presidencial, la coalición de partidos que apoya a Bachelet logró un muy buen resultado electoral tanto en la cámara de diputados con en la de senadores. Todo indica que el nuevo gobierno tendrá la mayoría suficiente en el parlamento para llevar adelante una reforma tributaria y educacional. Ambas reformas son parte medular de las promesas electorales de Bachelet.

¿Cómo se explica la rotunda derrota de la centro-derecha chilena? ¿Por qué la buena conducción económica del actual gobierno no facilitó un buen resultado electoral de los partidos de centro-derecha? Varios han culpado el mal manejo comunicacional de Sebastián Piñera y otros han denunciado las divisiones al interior de la centro-derecha. Aun cuando estas interpretaciones no son falsas, el mayor problema de los partidos de centro-derecha es programático. Se trata de partidos políticos que no han sabido adaptarse al Chile democrático y que ofrecen posturas alejadas de las ideas e intereses del electorado. A estas alturas, es un anacronismo defender a rajatabla el sistema neoliberal impuesto por Pinochet y seguir oponiéndose a la demandas ciudadanas tanto por una sociedad más justa como por una mejor democracia.

Estamos hablando sobre un país que refleja de forma ejemplar que el crecimiento económico no va necesariamente de la mano con una mejor distribución del ingreso. No es casualidad que la ciudadanía viene demandando desde hace un buen tiempo que debe haber límites a la acción del mercado y que el Estado debe jugar un rol importante para combatir la desigualdad. Tal como reflejan los datos de las encuestas del Latinobarómetro, la mayoría de los ciudadanos son de la opinión que la economía de mercado no es el único sistema con el que Chile puede llegar a ser desarrollado. A su vez, estos datos indican que el electorado chileno crecientemente aprueba la idea de que la educación básica, la salud y el sistema de pensiones deben estar mayoritariamente en manos del Estado. Finalmente, cabe destacar que mientras en el año 1998 aproximadamente un 50 por ciento de los votantes chilenos opinaban que las privatizaciones de empresas estatales han sido beneficiosas para el país, hoy tan solo un 20 por ciento de la población chilena comparte esta idea.

Frente a esta realidad, la postura de la centro-derecha chilena ha oscilado entre la transformación a regañadientes y el atrincheramiento ideológico. Así, por ejemplo, líderes emblemáticos de la derecha del país han argumentado recientemente que la agenda de Bachelet busca establecer el socialismo en Chile. Ahora bien, cualquier observador sensato se da cuenta que el programa de la centro-izquierda chilena pretende corregir los excesos neoliberales y avanzar gradualmente hacia el establecimiento de aquellos derechos universales que son característicos de las sociedades europeas. Lo que muchos de la centro-derecha chilena etiquetan como “socialismo” no es otra cosa que un conjunto de políticas públicas que son demandadas por la ciudadanía y que han permitido a las naciones europeas compatibilizar prosperidad económica y equidad social.

A modo de referencia, cabe señalar que los datos del Banco Mundial muestran que Chile tiene un producto interno bruto según paridad de poder adquisitivo de 21.310 dólares per cápita (equivalente a 15.356 dólares per cápita según valores nominales). Portugal es el país más pobre de Europa Occidental y tiene un producto interno bruto según paridad de poder adquisitivo de 24.770 dólares per cápita (equivalente a 20.182 dólares per cápita según valores nominales). Dado que las perspectivas futuras del país son positivas, Chile no está muy lejos de alcanzar el mismo nivel de desarrollo económico que Portugal. No obstante, la desigualdad económica en Chile es muchísimo mayor que en Portugal. Evelyne Huber y John D. Stephens (“Democracy and the Left: Social Policy and Inequality in Latin America”, Chicago University Press, 2012) han demostrado que esta diferencia se explica por la implementación de distintos modelos de desarrollo: mientras en Chile se han llevado a cabo profundas reformas neoliberales, en Portugal se han instaurado en cierta medida reformas de corte social-democrático.

De tal manera, la centro-derecha chilena se encuentra en una encrucijada de proporciones. Por un lado, no faltan quienes insisten en oponerse a las demandas del electorado y argumentan que el malestar de la ciudadanía con el modelo de desarrollo es tan solo un fenómeno pasajero. Por otro lado, hay quienes vislumbran que ha llegado el momento de adaptarse a un nuevo escenario y corregir las falencias del modelo de libre mercado implementado por Pinochet. Si la centro-derecha chilena tiene la intención de subsistir y seguir siendo una fuerza electoral relevante, debería escuchar a quienes abogan por la adaptación y resistir a quienes patrocinan el atrincheramiento ideológico.

En América Latina abundan los ejemplos de partidos de centro-derecha que han desaparecido de la esfera política debido a su incapacidad para elaborar ofertas programáticas que representen a amplios sectores de la ciudadanía. El futuro de la centro-derecha chilena está en las manos de sus propios líderes para renovarse y no en su capacidad para seguir obteniendo acceso privilegiado a los recursos económicos de una elite que mira con nostalgia los años del autoritarismo de Pinochet. Seguir defendiendo el modelo de libre mercado a como dé lugar y seguir impidiendo reformas que buscan profundizar la democracia equivale a caminar hacia el despeñadero. Asimismo, la solución tampoco pasa por la irrupción de caudillos o tecnócratas que creen estar dotados del carisma o inteligencia suficiente para gobernar de forma individual sin tener que invertir energía en la construcción de partidos políticos.

Ahora bien, el derrumbamiento electoral de la centro-derecha y la absoluta hegemonía de la centro-izquierda no es un escenario deseable para Chile ni para América Latina. De hecho, los partidos que apoyan a Bachelet así como muchos otros partidos de centro-izquierda latinoamericanos muestran claros signos de nepotismo y una preocupante desconexión con la sociedad civil. Una democracia saludable requiere competencia entre partidos políticos con perfiles programáticos atractivos para el electorado. Al mismo tiempo, la construcción de democracias estables que sean capaces de progresar económicamente va de la mano con la existencia de partidos políticos de diversos colores, los cuales representan las ideas e intereses de la ciudadanía. La endémica inestabilidad de ciertas naciones latinoamericanas guarda directa relación con la ausencia de un sistema de partidos establecido. En resumen, la renovación de la centro-derecha chilena es un desafío no solo para sus propios líderes y seguidores, sino que también para la democracia chilena. Por el bien del país y del próximo gobierno de Bachelet, es de esperar que la centro-derecha esté abierta a la renovación y no caiga una vez más en el atrincheramiento ideológico.

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