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Contra la pena de muerte, #modoOn

El 30 de noviembre de 1786 se encendió una luz en el mundo que hoy, más de doscientos años después, brilla aún con más fuerza. Ese día, Pedro Leopoldo de Lorena, Gran Duque de la Toscana, firmó la abolición de la pena de muerte, lo que convertía al Ducado de Toscana en el primer estado que renunciaba a la pena capital en el mundo. En este artículo recordamos por qué cada año se iluminan edificios como el Coliseo de Roma, el Atomium de Bruselas o la Catedral de Barcelona.

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La jornada de "Ciudades por la Vida" en Toronto, Canadá, en 2008 © Florin Zamfirescu

La jornada de "Ciudades por la Vida" en Toronto, Canadá, en 2008 © Florin Zamfirescu

Si bien existen datos sobre otros estados donde la pena de muerte fue objeto de discusión y anulación, como por ejemplo en la antigua Grecia o China y Japón, (estos dos últimos, dos de los países más preocupantes en cuanto al uso de la pena capital hoy en día), la realidad es que los cimientos de la abolición llegaron de la mano de un jurista milanés, Cesare Beccaria, que en su ensayo Dei Delitti e delle penne (De los delitos y las penas), establecía la injusticia y el carácter de tortura de la pena de muerte. Influenciado por este libro, Leopoldo de Lorena, decidió abolir este castigo en el Código Penal del Ducado de Toscana y ordenar la destrucción de todos los utensilios utilizados para llevar a cabo las ejecuciones.

En Madrid, iluminación del Palacio Real en 2012 © Roberto Gil

En Madrid, iluminación del Palacio Real en 2012 © Roberto Gil

La iniciativa del Gran Duque de Toscana tuvo su continuidad en la Italia contemporánea. En el año 2002, en Roma, nace la Coalición Mundial Contra la Pena de Muerte, a instancias de la Comunitá de Sant'Egidio y con la participación de organizaciones como Juntos Contra la Pena de Muerte o Amnistía Internacional y con un objetivo común: lograr que la pena de muerte quede reducida a los libros de historia.

Ese año 2002 la Comunitá de Sant'Egidio lanzó una iniciativa para movilizar a la sociedad contra esta violación de los derechos humanos: La jornada de Ciudades por la Vida, que consistía en iluminar edificios como muestra del rechazo a la pena de muerte. Aquel año se iluminó el Coliseo, en Roma, el Atomiun en Bruselas o la Catedral de Barcelona; así hasta 80 ciudades. Al año siguiente la cifra se dobló y once años después la iniciativa cuenta con más de 1.600 ciudades en todo el mundo que esta noche se unen para mostrar su oposición al homicidio, a sangre fría y premeditado de un ser humano a manos del estado y en nombre de la justicia.

En España, la Jornada de Ciudades por la Vida lleva varios años
reuniendo a cientos de activistas en torno a los edificios más representativos de sus ciudades. No podemos olvidar que Barcelona fue una de las primeras ciudades por la vida del mundo. En Madrid, edificios como el Congreso de los Diputados, el Palacio Real o el Palacio de Correos, actual ayuntamiento, han prestado sus fachadas para mostrar lo inhumano de la pena de muerte. En los últimos diez años se han declarado Ciudades por la Vida capitales de provincia como Málaga, Bilbao, Sevilla, Santiago de Compostela, Oviedo, Santa Cruz de Tenerife o Logroño, entre otras. Además, esta Jornada no se desarrolla solo en grandes ciudades; pequeños municipios de Galicia (Baiona, Betanzos...), Asturias (Lena, Cangas de Onís, Vegadeo...) o Cataluña (Molins de Rei, Cerdanyola, etc.), también salen hoy a la calle para encender una luz en favor de un mundo libre de ejecuciones. Este año serán más de 30.

El acto de Ciudades por la Vida en Murcia © AI

El acto de Ciudades por la Vida en Murcia © AI

Han pasado más de dos siglos desde la abolición en el Ducado de Toscana. Año tras año hemos contemplado como cada vez eran más los países que renunciaban a matar en nombre del Estado. Hoy día son 140, dos tercios del mundo, los que han abandonado el uso de la pena capital, bien en la ley, bien en la práctica. Sin embargo, no podemos bajar la guardia: en los últimos años, varios países han reanudado las ejecuciones o manifestado su intención de reanudarlas. Países como Gambia, India, Indonesia, Kuwait, Nigeria, Pakistán y, recientemente, Vietnam. Parecen buscar en la pena capital una supuesta solución a la delincuencia y al crimen.

Pero la realidad es muy distinta: no existe ni una sola prueba fehaciente de que la pena de muerte sea un factor disuasorio. Sin embargo, existen estudios que demuestran que allí donde se ha introducido la pena de muerte, la criminalidad no solo no disminuye, sino que aumenta. Además, hay claros ejemplos de que es discriminatoria y a menudo se utiliza de forma desproporcionada contra personas económicamente desfavorecidas, minorías y miembros de comunidades raciales, étnicas o religiosas.

El dolor físico causado por la acción de matar a un ser humano no puede cuantificarse, ni tampoco el sufrimiento mental de saber de antemano que se va a morir a manos del Estado. Hay muchas más, pero simplemente esta razón es suficiente para oponernos, hoy y siempre, a la pena de muerte. La verdadera solución pasa por abordar de una manera efectiva los problemas del sistema de justicia, la celebración de juicios justos, emprender mejoras en educación y el pleno respeto a los derechos humanos. Porque siempre es mejor encender una luz que maldecir la oscuridad, este 30 de noviembre volveremos a iluminar nuestras ciudades para apagar las ejecuciones.

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