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Patrimonio del alma

Como dices, no hay una ley del aborto perfecta, y puestos a elegir, y a pesar del mal uso que se le pueda dar (en la minoría de casos, imagino), está claro que la decisión debe pasar (y pasará) por la madre, y que la prohibición no reducirá la práctica de los abortos, sinosólo su control estadístico. La postura de Pinker, por lo demás, no aborda por qué un feto empieza a ser humano al nacer, si en ese primer momento(digamos, semanas o meses) tampoco pueden amar o pensar (y antes de nacer también pueden sufrir). No es más que un umbral consensuado...aunque, de nuevo,no podemos hacer mucho más que consensuar eso (igual que la edad para votar o la tasa máxima de alcohol al conducir). Un saludo. Lamotta.

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También me ha interesado mucho el excelente artículo de Raúl Gay que comenta, aunque estoy de acuerdo con usted, señor oseñora Lamotta: a mí lo que dice el tal Pinker me parece algo esotérico, pero sobre todo irrelevante. Decir que alguien puede quitar la vida a otro siempre que no haya alma, o “animación”, como él dice; y afirmar que es sólo esa “animación” lo que obliga a respetar la vida de otro, me parece una salida de pata de banco, porque entonces, según la ocurrencia de Pinker, un adulto, pongamos un electricista de cincuenta años que se encuentre en estado vegetativo, tampoco sería una persona, y su falta de “animación” permitiría acabar con su vida sin demasiado respeto. ¿Y quién es el único titular del derecho a decidir sobre la vida de ese electricista de cincuenta años? Pues su madre, naturalmente, no faltaba más, ya que, como dice usted, "la decisión debe pasar (y pasará) por la madre".

O tal vez el señor Pinker es másreligioso de lo que afirma y cree que una vez “animada”, el alma es inmortal (o eviterna, en la jerga técnica, pues eviterno es lo "que, habiendo comenzado en el tiempo, no tendrá fin; como los ángeles y las almas racionales”, según el diccionario académico).Y el alma ya nos enseñó el alcalde de Zalamea que sólo es de Dios.

Ni pies ni cabeza tiene tampoco, como usted dice,   la idea de que el parto da tanta “animación” que un feto se convierte en persona en un pispás. Tan persona o tan poco persona era antes como después y, si le parece a Pinker asesinato ahogar a un recién nacido, no lo será menos ahogarle cinco minutos antes de que nazca.

En realidad, la verdadera diferencia es que antes formaba parte del cuerpo de la madre y ahora es independiente.

¿Puede hacer lo que quiera una mujer con su cuerpo, si está embarazada?

Esta pregunta sitúa el debate en el terreno que, a mi modo de ver, le pertenece: el de la moral y no el de la ética. Aunque tengan la misma etimología, podríamos distinguir entre la ética, que es categórica y permanente (o al menos mucho más duradera), y la moral, que es convencional y muy variable, y pertenece al ámbito de usos y costumbres aceptables en un tiempo y lugar.

La sensibilidad moral de ciertas culturas considera saludable la pena de muerte y prohíbe la sodomía, por muy bárbaro que nos parezca a nosotros. O un ejemplo que viene más al caso: mi madre tuvo cinco hijos sin dejar en ningún momento de fumar como una coracha, pues en aquella época, la moral vigente no consideraba que hiciera nada censurable.

Mi punto de vista es que debe rechazarse el tratamiento del aborto como un asunto ético (lo que suele desembocar en el fundamentalismo), y circunscribirlo al ambito moral, de usos y costumbres. En el terreno moral, el aborto es aceptado hoy en día mayoritariamente, así que la ley debería reflejar ese consenso, en lugar de atender al sentido moral (tan particular) de los católicos.

Cuando se legalizó el matrimonio homosexual, a mí me pareció muy bien, pero insuficiente: ¿por qué no se pueden casar también cuatro o cinco personas? Lo de que el matrimonio sea cosa de dos es tan arbitrario como que sea cosa de hombre y mujer. Sin embargo, la moral vigente no aprueba (todavía) las sociedades conyugales de más de dos miembros. Demos tiempo al tiempo.

Las cuestiones morales tampoco dependen de la ciencia, por mucho que los nuevos conocimientos contribuyan a crear una sensibilidad moral distinta. Ni las sotanas ni las batas blancas tienen la última palabra. Dependen del consenso, coincido con usted, y en el caso del aborto salta a la vista que ya existe un consenso: una simple ley de plazos refleja la conciencia moral mayoritaria en nuestra sociedad, por mucho que los católicos levanten más la voz.


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