eldiario.es

Menú

Un Nobel de consolación para las Primaveras Árabes

Podría decirse que el premio Nobel de la Paz de este año ha pasado en cierta medida desapercibido para la opinión pública, a pesar de que su presencia en los medios todavía colea. ¿Corresponde este silencio a un sentimiento general de aprobación, alejado de la polémica de entregas anteriores? ¿Quiénes integran el Cuarteto de Diálogo Nacional tunecino, por qué merecían ganar este galardón y lo más importante, es realmente un premio a la Paz y por la Paz?

- PUBLICIDAD -
El cuarteto tunecino defiende la fórmula del diálogo para el resto de países árabes

El Cuarteto, formado por la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT) -el sindicato mayoritario del país-, por la Unión Tunecina de Industria, Comercio y Artesanado (la patronal UTICA) y por representantes de la Liga Tunecina por los Derechos Humanos (LTDH) y de la Unión Nacional de Abogados, es una iniciativa de mediación nacida en 2013 a la que muchos atribuyen el mérito de haber evitado in extremis que Túnez se sumiera en el caos. Tras la caída del gobierno constituyente que dirigió el país después de la huída del dictador Ben Ali, y en un contexto de fuerte crisis económica y política, con diversos líderes de izquierdas asesinados y grupos salafistas violentos amenazando la estabilidad del país, el Cuarteto de Diálogo evitó el colapso total del sistema político tunecino.

El jurado noruego que entregó el galardón de este año justificaba su fallo apelando a la contribución de esta iniciativa nacional “en la construcción de una democracia plural en Túnez tras la Revolución de los Jazmines de 2011, creando un contexto de diálogo entre ciudadanos, partidos políticos y las instituciones” que aseguró el carácter pacífico y democrático de las elecciones del pasado año y el apoyo social al proceso constitucional.

Un premio a la prevención y al diálogo

Aunque, este año, el fallo no tiene la carga emotiva y la incuestionabilidad que en su día tuvieron premios como el de Betty Williams y Maired Corrigan-Maguire, miembros de la organización Women for Peace en Irlanda del Norte, encaja bien en la descripción que Alfred Nobel imaginaba para sus candidatos. Como dejó escrito el químico e ingeniero sueco en su testamento, el Nobel de la Paz se otorga a “la persona (o institución, cabría añadir) que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz" y, en ese sentido, la idoneidad del galardón despierta pocas suspicacias. Sobre todo en lo que se refiere al compromiso con un proceso de paz y a la voluntad de resolver un conflicto.

No está de más tener en cuenta, pues nos ayuda a valorar la decisión del jurado en su contexto, que los demás nominados eran la cancillera alemana Angela Merkel, el Papa Francisco y el secretario de Estado norteamericano John Kerry, junto con su homólogo iraní Mohammad Javad Zarif. Sin duda, pues, uno de los aspectos más positivos de la resolución de este Nobel 2015, es que se premia no la acción política y el diálogo en altas esferas, sino a una experiencia de mediación nacida en el seno de la sociedad civil. Es, por lo tanto, un reconocimiento al trabajo de base y a la contribución de las iniciativas políticas, sociales y culturales a los procesos de transición y paz, a menudo muy insuficientemente valoradas. Así, Ingeborg Breines, co-presidenta deI International Peace Bureau (IPB), del que forma parte el Centre Delàs d'Estudis per la Pau, celebraba la decisión recordando que “los procesos de democratización en momentos de conflicto intenso son una forma clave de prevención de la violencia”.  

Este último detalle encierra, precisamente, buena parte de la trascendencia del premio de este año. Si navegamos por el listado de los Nobel de la Paz anteriores, lo cierto es que no abundan los que lo obtuvieron por su trabajo de prevención en el convulso estadio que precede a una ruptura social. La visibilidad de los procesos sociales y políticos de base que tejen lazos entre comunidades divididas y tienden puentes entre sectores aparentemente irreconciliables, queda eclipsada a menudo por una perspectiva excesivamente estatocéntrica, demasiado concentrada en las acciones estatales e institucionales, incluso supranacionales, de pacificación y resolución. Precisamente esta centralidad de los estados como principales “actores hacedores de paz” se ha visto reflejada en repetidas ediciones de los Nobel, a veces en gestos tan cuestionables como el premio a Barack Obama, a la Unión Europea o a Henry Kissinger i Le Duc Tho por los acuerdos que pusieron punto y final a la guerra de Vietnam.

¿A todos los tunecinos?

La bloguera y activista tunecina por los Derechos Humanos Lina Ben Mhenni, distinguida con el MacBride Peace Award que otorga IPB, se congratulaba -poco después de que se conociera el veredicto de este año- que el Nobel al Cuarteto de Diálogo era un reconocimiento “del esfuerzo de los tunecinos de dotar de sentido su revolución, de los sacrificios de los mártires y los heridos y un reconocimiento al pueblo de Túnez en general”. Sin embargo, para buena parte de quienes participaron de ese levantamiento popular de magnífico aroma, el premio legitima su institucionalización. Más allá de haber derrocado a Ben Alí, lamentan, el paisaje económico del país es el mismo o incluso peor. Túnez aún presenta fuertes desigualdades entre su costa, donde vive la clase adinerada y donde se concentran el turismo y las inversiones, y las regiones mineras del interior, con un empresariado clientelista todavía muy vinculado -también por lazos familiares- al antiguo régimen. Una situación que se ha agravado por la fuerte crisis económica que azota el país, con una tasa de paro juvenil cercana al 50%, falta de expectativas de futuro, un sector turístico en caída libre a causa de atentados como el del pasado marzo en el museo del Bardo y unos partidos que no han implementado hasta hoy medidas sociales efectivas.

El desencanto postrevolucionario de muchos jóvenes tunecinos coincide con el que muestra su misma generación en otros países que formaron parte de las llamadas “primaveras árabes”. El rescate de las instituciones políticas evitó que el país avanzase hacia un destino incierto, pero acabó de enterrar una revuelta que iba mucho más allá del objetivo común de derrocar al dictador.

De hecho, hay quién acusa al jurado del prestigioso galardón de actuar prisionero de la actualidad, de las modas y de las preocupaciones e intereses de la opinión internacional, como el director editorial de la revista Jeune Afrique, Marwane Ben Yahmed. Este premio Nobel podría leerse, pues, no tanto como un reconocimiento a una iniciativa de paz, como en clave de apoyo de la comunidad internacional a Túnez en su lucha por conservar la estabilidad de su recién nacida democracia. Un encargo difícil en un contexto de creciente actividad y peligrosidad de grupos salafistas violentos, cuyos últimos ataques han sido dirigidos a una de las mayores fuentes de ingresos del país: el turismo.

Se premia, pues, a ese ejemplo de islamismo moderado con un fuerte componente laicista que siempre fue el pequeño país norteafricano, a pesar de haber vivido bajo regímenes personalistas prácticamente desde su independencia. Un premio de consolación, en cierto modo, a ese final que la comunidad internacional hubiera querido o buscaba para el resto de las primaveras árabes -estados fuertes, regidos por democracias formales y el imperio de la ley- y que solo fue posible en Túnez.

- PUBLICIDAD -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha