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Barcelona, capital de la República

Ya en los años finales pero tranquilos del Imperio romano era la arquitectura y no la política lo que definía la condición y función de la ciudad, tal y como a menudo ha ocurrido hasta la fecha

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Barcelona, capital de la república / Il·lustració: POL RIUS

Ilustración: POL RIUS

Los romanos del siglo IV conocían Barcelona como «la ciudad coronada». No porque tuviera rey, ni fuera capital de un reino, sino por las 74 torres que fortalecían la impresionante muralla de aquella pequeña Barcino. Por ello, vista desde el plano, el Monte Jovis o desde el mar, la ciudad daba toda la impresión de ser una corona gigantesca de piedra clara.

Como puede deducirse, ya en aquellos años finales pero tranquilos del Imperio romano era la arquitectura y no la política lo que definía la condición y función de la ciudad, tal y como a menudo ha ocurrido hasta la fecha.

Cuentan ahora los arqueólogos que esta desaforada muralla, construida sin ninguna amenaza militar cercana, tal vez fue una temprana forma de complacencia barcelonesa, de pijerismo togado. Barcelona no era la capital, lo era Tarraco. Y esta no tenía muralla alguna, confiada como estaba de su protección en las fuerzas y cuerpos de seguridad del Imperio romano. El consulado, la fiscalía y todo el aparato burocrático, indisoluble y unitario, eran más sólidos que las piedras barcelonesas.

Finalmente, esa muralla inútil hizo de Barcino una ciudad refugio mientras el estado romano, como la canela en un macchiato, se deshacía ante los godos.

Metáfora muy barcelonesa, ¿no les parece? Eternamente lejos del poder formal, la ciudad siempre ha sabido encontrar en las formas (estéticas, sociales, arquitectónicas) su poder de resistencia y su empuje.

Cuando los socialistas llegan al gobierno de la ciudad, vuelven a confiar, como patricios de buena familia que eran, en el poder de las formas. Desmovilizan políticamente a los barrios y a la gente y la activan «lúdicamente». Ponen guapa la ciudad expulsando de la vista pública lo feo y poco «internacional», y en lugar de una revuelta, nos proponen unos «Juegos». La ciudad coronada es un espectáculo, vacío de poder pero lleno de banalidad.

Y al otro lado de la plaza, Convergència. Los pujolistas no ganaron nunca la ciudad, no porque el suyo fuera un catalanismo rural, de comarcas. O al menos no sólo por eso. El pujolismo era un catalanismo conformista. De cabeza gacha. De ir tirando y no levantar mucho revuelo. Un catalanismo que aceptaba la derrota y pedía clemencia a los nuevos/viejos vencedores. Y eso, esta ciudad nunca ha sabido hacerlo bien.

El pujolismo, pues, mató al catalanismo de Barcelona ofreciéndole como único imaginario de país un ferrusolismo ñoño. Una catalanidad de resistencia. Irritantemente victimista y tacaña. Pujol no supo enamorar nunca a Barcelona, temeroso, supongo, de la potencia libertaria que siempre brota cuando se deja hacer a esta extraña ciudad.

El castigo de quedar entre estas dos banalidades han sido 30 años de cosmopaletismo. Nueva York, París, Barcelona... ya ves.

El cosmopolitismo es el brazo ideológico de la globalización capitalista. El cosmopolita es siempre un neolib. Un cosmopolita es lo contrario de un demócrata. Y, por lo tanto, una ciudad cosmopolita, global, como se dice ahora, es obligatoriamente enemiga de su propia gente.

No se trata de ningún juego de palabras, ni de ninguna manía teórica. Fijaos en Barcelona. Banal, ridícula, igual a la parodia de sí misma. Postal, anuncio, smart, vibrante nighlife, hub, bussines friendly, capitalista. Desactivada.

Y ahora, el Nuevo Provincianismo. Para superar la dialéctica entre pujolismo-calçotada / socialismo-vernissage, encontramos multitud de ofertas. En la del capitalismo financiero, la del modelo Dubai, no entro por ser absolutamente intolerable. Pero una de las que más pereza me dan viene del provincialismo de izquierdas. Aquella que dice que Barcelona es la capital de una de las cincuenta provincias de una España superconstituyente y renovada que −dicen− está por venir. El diseño es el de los romanos. El poder, el dinero, la Agencia Tributaria, el CNI y el hard power en general, que se queden en Madrid, porque ahora mandarán unas entidades benéficas y clementes que nos guiarán paternalmente. Y Barcelona y las otras tres provincias de la comunidad autónoma podremos volver al habitual soft power mediterráneo del diseño, la cultura, la gastronomía, el rollo social y el catalán abierto (y poco molesto).

Capital de la república

Yo veo Barcelona con otras esperanzas, no lo escondo. La que quiero es la Barcelona republicana. La siempre soñada y siempre reprimida. Republicana y capital, no provincia.

El plan sería expulsar los restos de nacionalismo que aún tenemos, expulsar también, de forma grosera si es necesario, el cosmopolitismo blando y el globalismo mafioso, y devolver a Barcelona su verdadero espíritu: el internacionalismo, que es lo opuesto a ambos discursos. Ultralocalizar la ciudad significa, obviamente, abrirla al mundo, pero desde ella misma. O dicho de otro modo: confiar en su gente. Ningún plan global, ningún diseño. Ningún branding, ningún posicionamiento corporativo de la marca. Autoorganización, barrios, poder de la gente. Espero vivir en una Barcelona ingobernable, es decir, aquella que no se pueda parcelar, que no nos la puedan encorsetar, una ciudad inefable.

Y claro, para conseguir la potencia, para desatar el muelle que Barcelona ha ido comprimiendo con el peso de tantos años de tonterías, sería bueno que viniéramos de un proceso revolucionario. Es decir, la fundación, constitución y defensa de la República. Las fuerzas de las ciudades se desatan con apretones colectivos. Sueños con un alto grado de certeza.

Para un indepe como yo, todo esto tendrá sentido si la ciudad se convierte en capital de la República. Una capitalidad que nos hará dejar de mirar a la meseta castellana para mirar cara a cara al país y al mar y al sur.

Ciudad descoronada. No más coronas donde esconder la falta de poder político. Ni las coronas borbónicas ni las metropolitanas. La capital de la República tiene la oportunidad de trazar nuevas rutas con el territorio. Y nuevas rutas hacia un imaginario que nos acerque más a Alejandría que en Miami.

Muchos indepes del sector bussines friendly consideran la capitalidad de la república como una buena oportunidad económica en el sentido más llano y pesetero. Que si el puerto, las conexiones ferroviarias, la innovación... Otros, más culturetas, sueñan que la capitalidad convertirá la indómita Barcelona en una especie de Ben Plantada rebosante de catalanidad de esa de toda la vida. Es decir, orgánica y babosa con el poder.

Pero a mí me parece que el hecho decisivo, uno de los motivos centrales por los que la independencia será increíblemente benéfica para la ciudad, se halla en un lugar al que no estamos mirando. La República, por su propia naturaleza constituyente, convertirá en ciudadanos a todos aquellos recién llegados que ahora sobreviven rebuscando como pueden, amparados tras precarios NIEs y padrones municipales. Haremos ciudadanos de los sin papeles, de los medio empapelados, de los residentes y de todos a quien el represivo e imperial Reino de España ha mantenido apartados y bajo sospecha. Los que sólo están para mantener la familia, los que huyen, los cansados de huir, los minoritarios, los indígenas y los jubilados ricos. Todos ciudadanos. Solamente residían en Barcelona, ahora serán responsables políticos (tal vez por primera vez en su vida) del futuro de la ciudad.

Y con el gesto, Barcelona recibirá un chaparrón de nueva ciudadanía. Y eso hará, pensad en ello, de Barcelona un extraordinario, irrepetible y apasionante laboratorio. Mientras que en Europa, desde Estocolmo hasta París, el racismo y el odio se extienden, la nueva República y su capital llevarán a la luz las fuerzas y los acentos de aquellos vecinos escondidos y a menudo humillados por el régimen borbónico.

¿Cosmopolitismo, decíais? ¡Ciudadanía de todas partes! ¿Poner Barcelona en el mapa? ¡Poner todos los mapas en Barcelona!

¿Catalanidad miedosa y en peligro? ¡Catalanidad valiente y mutante!

La ciudad coronada necesita la República para derribar (una vez más) sus murallas. Murallas que separan los que son de aquí de los que están aquí. Las que separan los que llevan la ciudad y los que se lo llevan todo, de esta ciudad.

Barcelona: ¡o República o provincia!

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