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Catalunya y la cadena de errores

La paradoja es que la única esperanza de Catalunya en estos momentos está en el 20-D. Y posiblemente el independentismo contribuirá a desgastar los dos únicos partidos que proponen una salida negociada, Podemos e Izquierda Unida, y frustrar así la regeneración que necesita la democracia española

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En los dos debates de su frustrada investidura, Artur Mas ha descubierto que su victoria el 27-S era amarga, muy amarga. Tanto que ha provocado un bloqueo institucional. Con un Parlament capaz de aprobar una declaración que proclama la desobediencia de las leyes del Estado y el proceso hacia una República catalana y, a la vez, incapaz de elegir a un presidente para que lidere la independencia. Mientras, las fuerzas mayoritarias en España sólo ofrecen mano dura. Ni una sola alternativa creíble. Estos son siete eslabones de la cadena de errores que nos han llevado hasta aquí.

La responsabilidad del PP. Con la perspectiva del tiempo, es evidente que el máximo responsable de la desafección de casi la mitad de la población catalana respecto a España está en la incapacidad histórica de la derecha española de comprender las aspiraciones de Catalunya. El PP ha actuado como un partido nacionalista español, que tiene como uno de sus principales componentes el anticatalanismo. Cuando ha estado en el poder ha utilizado el Estado para mermar las capacidades de Catalunya. Cuando ha estado en la oposición, se ha servido de Catalunya para desgastar al PSOE. Tumbar el Estatut fue un inmenso error. Era la última oportunidad para renovar el pacto de la transición entre Catalunya y España. A partir de aquí la historia es conocida. Dos millones de catalanes creen que el Estado español no tiene solución y quieren irse. Muchos otros aún dudan y confían en el diálogo para encontrar un nuevo encaje de Catalunya en España. Pero cada vez son menos.

La ideología es importante: Los mundos que representan Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) y las Candidaturas de Unidad Popular (CUP) sólo comparten, y desde hace muy poco, la aspiración de la independencia. Antes, durante los veinte años de historia de la CUP, ni eso porque CDC apostaba por la vía autonomista y la colaboración con los gobiernos del Estado. Es más, en cientos de ciudades y pueblos de Catalunya los miembros de la CUP ejercían la principal oposición a los gobiernos municipales de Convergència. Eran quienes fiscalizaban los posibles casos de corrupción. Para la CUP, Artur Mas es una figura vinculada a las sombras de los Pujol y los múltiples casos abiertos en CDC. Simboliza el Gobierno de Felip Puig y su mano dura contra el 15-M y las mentiras del Caso Quintana, la mujer que perdió un ojo por el impacto de una bala de goma de los Mossos. Y era también el Gobierno de Boi Ruiz, el conseller de la sanidad privada que gestiona la sanidad pública. Pero la presión sobre la CUP no cesa.

ERC, silenciada. Cuando Esquerra Republicana de Catalunya aceptó ir en Junts pel Sí, nos preguntábamos ¿Por qué ERC pone su patrimonio de coherencia independentista y limpieza en la gestión pública al servicio de la estrategia de su gran rival? ¿Por qué renuncia a la posibilidad de liderar el camino hacia la soberanía? Cinco meses después, las preguntas siguen sin respuesta. Pero sus efectos son evidentes. ERC ha dejado de ser un actor político en el momento decisivo. Ahora descubre el error de haber diluido unas siglas que no estaban erosionadas ni por la corrupción ni por los recortes de la crisis. Ha perdido la voz y la capacidad de tener una estrategia propia en un momento de bloqueo institucional. Ahora, pese a la presión de CDC, ha decidido ir a las generales con lista propia con la esperanza de retomar la iniciativa. Si logra un mejor resultado que CDC lo puede hacer valer en Catalunya para, precisamente, liderar una salida política.

CDC, atrapada. En su intento de ganarse a las CUP, Artur Mas y Convergència estamparon la firma en una declaración que va más allá de lo que estaban dispuestos sus sectores más moderados. El malestar entre diversos consellers expresados en una reunión de Gobierno y filtrado por La Vanguardia evidencian esta creciente preocupación. Ahora Convergència se ve atrapada entre una declaración que, en el fondo y la forma, es más contundente de lo que deseaba y la negativa de las CUP a la investidura. Muchos convergentes no entienden por qué Mas cedió a la hora de redactar la declaración sin tener ligada la investidura. Esta tensión interna ahora tiene forma de estupor. Si Mas no logra la presidencia, la sorpresa puede convertirse en indignación.

Error de cálculo. Todos los pasos realizados por Artur Mas y la cúpula de CDC iban encaminados a salvar el poder pese a la sostenida decadencia del partido, desgastado por la gestión de la crisis y la corrupción. Hasta ahora la tan proclamada astucia del President había dado resultado. El momento estelar de esta estrategia fue aquella tarde del 13 de julio en el Palau de la Generalitat, cuando Artur Mas dijo a los partidos y a las entidades soberanistas que, o iban juntos, o no había elecciones. Fueron Junts pero no alcanzaron los escaños suficientes. Faltó uno. Con 63 diputados, únicamente hubiesen requerido la abstención de la CUP. Pero no fue así, y la tormenta que Junts pel Sí vislumbró la misma noche electoral está en su momento culminante. La ansiedad que refleja ahora el President demuestra que el objetivo era salvar el poder. La convocatoria de nuevas elecciones seria la prueba definitiva. El error final.

La tozuda pluralidad. El mayor éxito de Junts pel Sí fue instalar en el imaginario colectivo la existencia de un plebiscito el 27-S. Significaba una distorsión de la realidad porque en el supuesto ‘bloque del no’ se situaban fuerzas políticas que defienden el derecho a decidir (Catalunya Sí Que Es Pot), la confederación (Unió), el federalismo (PSC) y dos caras del estatus quo, Ciutadans y Partido Popular. Y la distorsión de la realidad afectaba también al bloque soberanista por la propia composición de Junts pel Sí, y por la CUP. Catalunya tiene una sociedad compleja y plural que el 27-S fue sometida a una simplificación mayúscula. Pero la pluralidad es tozuda. Y Catalunya es mucho más que los dos bloques que algunos pretenden. Aunque el riesgo de pérdida de calidad democrática es evidente. Un ejemplo. En este clima, el presidente de la Asamblea Nacional Catalana, Jordi Sánchez, se permite convocar una manifestación ante el Parlament para “reñir” a los diputados por no haber llegado a un acuerdo.

El factor 20-D. El pulso entre el soberanismo y el Gobierno central consistía en mover las piezas sin cometer errores. En no dar pasos en falso que pusieran en cuestión la legitimidad de cada una de las partes ante la comunidad internacional. Emprender el camino hacia la independencia sin el respaldo de una mayoría social deteriora la proyección exterior del Procés, ante los gobiernos y ante la prensa. Era el error que esperaba el Gobierno del PP. Y lo está rentabilizando a fondo. Mariano Rajoy ya tiene su gran argumento electoral. Ciudadanos también. El PSOE se ve obligado a sobreactuar en su defensa de la unidad. Y posiblemente el independentismo contribuirá a desgastar a los dos únicos partidos que proponen una salida negociada, Podemos e Izquierda Unida, y frustrar así la regeneración que precisa la democracia española. Y la paradoja es que la única esperanza de Catalunya en estos momentos está en el 20-D. En la posibilidad de un nuevo reparto de fuerzas políticas que permita una salida dialogada. Un pacto. Un reconocimiento mutuo. Una reconciliación, incluso.

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