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9-N, un simulacro con mensaje

Una parte muy significativa de la sociedad catalana participa en una manifestación que, en lugar de concentrarse en el centro de Barcelona, se extiende a las puertas de los 942 ‘colegios electorales’ repartidos por toda Catalunya

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Catalunya vive una movilización del calibre de las tres últimas Diadas del 11 de Setembre. Esta vez con el simbolismo de las urnas. Una parte muy significativa de la sociedad catalana participa en una manifestación que, en lugar de concentrarse en el centro de Barcelona, se extiende a las puertas de los 942 ‘colegios electorales’ repartidos por toda Catalunya. Es decir, miles y miles de imágenes de ciudadanos guardando cola ante las urnas para denunciar, precisamente, que el Estado español no les permite votar. Una vez más, los promotores del llamado ‘nou 9-N’ aspiran a lograr una gigantesca muestra de reivindicación cívica. Y, a tenor de los precedentes, todo indica que lo conseguirán.

¿Y después qué? Artur Mas dirá que ha cumplido su promesa de sacar las urnas a la calle, aunque nada tienen que ver con las prometidas. Mariano Rajoy hará saber que primero fue duro al suspenderlo todo y que después fue magnánimo al mirar hacia otro lado y permitir el simulacro ideado por el Govern de la Generalitat. Los partidos y las entidades soberanistas experimentarán, posiblemente, una sensación agridulce. Por una parte, se sentirán fortalecidos por haber demostrado una vez más su extraordinario poder de convocatoria, por haber lanzado un potente mensaje a la comunidad internacional. Pero también saben que todas estas energías estaban destinadas a una consulta de verdad, con garantías democráticas y reconocimiento exterior. Una consulta en la que participaran todos los ciudadanos y no sólo quienes optan por la independencia. Que no fuera el resultado de la ‘astucia’ del President.

Después del 9-N, todo seguirá pendiente en Catalunya. El referéndum, ya sin eufemismos. Una propuesta creíble por parte de las grandes fuerzas políticas españolas para quienes aún creen en un futuro compartido con España. Quedará pendiente, también, decidir a quién corresponde el liderazgo del proceso soberanista; la regeneración democrática que Catalunya, como España, necesita; la pluralidad imprescindible para que en Catalunya se escuchen todas las voces en igualdad de condiciones. Y el modelo de país que queremos construir, más allá del ‘Sí, sí’ o el ‘Sí, no’. Y, por encima de todo, continuará un Gobierno central incapaz de ofrecer una alternativa política dialogada para millones de ciudadanos que de forma civilizada expresan una y otra vez su voluntad. Por todo ello, el futuro de Catalunya y de España pasa por el cambio de las mayorías políticas. Este es el mensaje del 9-N.

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