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Quién hablará por nosotros cuando estemos presos

El caso de los títeres ha mostrado la escasa altura democrática de nuestra clase política, la vieja y gran parte de la nueva

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La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. EFE

En un país con una Ley Mordaza en vigor contra la libertad de expresión, donde alrededor de 300 personas siguen encausadas por ejercer su derecho a huelga y se encarcela como terroristas a dos titiriteros por una obra de ficción, hemos de empezar a pensar detenidamente sobre quién hablará por nosotros cuando estemos presos.

El caso de los títeres ha mostrado la escasa altura democrática de nuestra clase política, la vieja y gran parte de la nueva. Una vez más, el contraste con la respuesta de la sociedad civil más activa y comprometida en la defensa de las libertades ha sido revelador. Desde ahí se ha logrado el cambio de la Fiscalía que, finalmente, ha llevado a la excarcelación con medidas cautelares de los titiriteros Alfonso Lázaro y Raúl García. Hay mucho que reflexionar al respecto.

Salvo Ada Colau, alcaldesa de Barcelona y líder de En Comú Podem, y Alberto Garzón, con comunicado de Unidad Popular-Izquierda Unida incluido, ninguno de los principales partidos con representación en el Congreso condenó de manera rápida y contundente el atropello perpetrado por la Fiscalía y el juez Ismael Moreno. Y eso que estábamos ante una escalada contra las libertades arbitraria y surrealista, propia de una novela de Kafka o de los años más negros del estalinismo.

Albert Rivera, líder de Ciudadanos, pronunció unas peligrosas declaraciones abogando por la despolitización de la cultura y apoyando firmemente una decisión, la de encarcelar a los titiriteros, indigna de un sistema que se pretende democrático. El portavoz del PSOE, Antonio Hernando, sostuvo el día después de las detenciones su conformidad con la decisión judicial. Lo decía mostrando la tradicional incapacidad de los socialistas por mantener discurso propio y hacer frente a la propaganda neocon.

En el PP, Esperanza Aguirre se lanzó desde el primer momento a la yugular del asunto, sin importarle las consecuencias sobre la vida de dos personas. Se han atrevido incluso a denunciar a Celia Mayer, concejala de Cultura, como "colaboradora de enaltecer el terrorismo". Todo lo que sea torpedear políticamente a sus adversarios y poner una cortina de humo sobre el derrumbe judicial de su partido está permitido.

Lo que no resultaba en principio esperable era que la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, y parte de su equipo, junto a diversos dirigentes de Podemos, participasen en esas primeras horas siquiera tangencialmente de este desprecio por la verdad de los hechos y la libertad de los dos titiriteros.

Tan solo la presión popular en las redes sociales, con gran actividad de personas procedentes del 15M, las excepciones mencionadas entre los partidos, el posicionamiento de contados artistas y una batería de certeros artículos en la prensa digital más independiente, lograron que el progresismo patrio fuera girando de la desorientación y el abandono inicial a los titiriteros a su defensa más o menos cerrada. Todo un caso de estudio.

Las horas inmediatas a un acontecimiento crítico suelen ser cruciales para marcar la posición, fijar los argumentos y también para imprimir el cariz que tome la historia los siguientes días.

En el caso de los titiriteros, el Ayuntamiento enseguida les denunció por incumplimiento de contrato dejándoles literalmente al pie de los caballos. Hemos sabido después que la tibieza en la respuesta posterior no fue responsabilidad de todo el gobierno municipal, sino de aquel sector más cercano al oficialismo de Podemos. El último comunicado crítico de Ganemos Madrid, su socio en la coalición de Ahora Madrid, parece confirmar esta hipótesis.

Una dirigente de peso en Podemos como es Carolina Bescansa salió la noche del mismo sábado en un programa de máxima audiencia para arremeter duramente contra los detenidos y anunciar que todo se estaba resolviendo adecuadamente. Estas declaraciones se complementaban con las del "responsable de discurso" de este partido, Jorge Moruno, quien antes de que se encarcelase a los chicos, en esas horas cruciales, cargaba contra ellos y lo que denominaba "la izquierda Twitter" ¡por su irresponsabilidad política! De fondo latía una concepción no precisamente democrática del arte, así como una terrible indiferencia por la suerte de quienes serían inmediatamente represaliados. Postura de la que finalmente, tras numerosas críticas, en días posteriores se retractó.

Importantes fueron el gesto de Juan Diego Botto en los Goya, esa misma noche, y su posterior artículo. Que una personalidad relevante del mundo de la cultura, respetado por movimientos sociales y políticos de izquierdas, se pronunciase así en una gala seguida por millones de personas en televisión, empujó finalmente a Pablo Iglesias a cambiar el discurso de Podemos, primero de forma moderada, el lunes ya más claramente. A partir de aquí, el giro hacia la posición marcada por su líder ha sido la tónica de la formación morada. Hay que destacar en cualquier caso que desde sectores críticos de Podemos, Anticapitalistas incluido, se presionó desde el primer momento para cambiar la posición oficial sobre la detención.

El estupor de la prensa extranjera por las detenciones ha resultado asimismo fundamental para la liberación. Añadamos a esto que desde el martes ya podíamos escuchar a los locutores de los principales programas de radio del país llevándose las manos a la cabeza por el "escándalo" mientras el Ayuntamiento de Madrid empezaba a modificar lentamente su posición.

Poco a poco se fue logrando, por tanto, que escandalizarse por la encarcelación fuera mainstream, pero de cara al futuro hemos de recordar que en sus inicios esta posición fue marginal. A día de hoy, cuando tenemos reciente una campaña electoral dominada por los llamamientos de PSOE y Podemos a movilizar lo que llamaban "voto útil", quizá sea interesante preguntarse cómo de útil ha resultado este voto durante esta crisis de libertades.

Somos seres políticos. Tenemos capacidad de acción política y lo hemos vuelto a demostrar. Las redes sociales y el periodismo digital independiente siguen siendo potentes aliados a la hora de confrontar las mentiras e injusticias de los poderosos. Hay capacidad de autoorganizarse, como lo muestran las concentraciones y otras acciones que se han llevado a cabo por todo el país en repulsa por el encarcelamiento de los titiriteros.

Ante un acontecimiento político imprevisto la mejor brújula para no naufragar, democráticamente hablando, es tener los principios claros y el coraje para aplicarlos. Si careces de ello, más vale que te vuelvas a tu casa a jugar al rol o a ver Juego de Tronos. Porque en la vida pública harás mucho daño.

Estaba claro desde el principio que los dos titiriteros no eran terroristas sueltos en el madrileño barrio de Tetuán para reclutar niños. El dar bola a semejante fantasía por miedo a la derecha, el no saber confrontar adecuadamente de manera firme ese discurso por mantenerte en la transversalidad, por intereses de partido o estratégicos de cara a conservar votos, mientras dos personas con nombre y apellidos, con sus vidas y sus familias detrás, van a prisión injustamente es gravísimo.

Cuatro serían ahora, a mi entender, los siguientes objetivos:

  El inmediato de conseguir el sobreseimiento de la causa en la que se les pide hasta siete años de cárcel, enlazándolo con la denuncia de otros casos parecidos;

  Dar forma a una campaña por la derogación del delito de enaltecimiento del terrorismo y por el cierre de la innecesaria Audiencia Nacional;

  Impedir que la derecha erosione la coalición que gobierna la ciudad de Madrid, sin que esto sea incompatible con darnos la libertad de criticar lo que no nos ha gustado de su actuación;

  El más ambicioso de tomar impulso, a raíz de lo sucedido, para reforzar los movimientos sociales y políticos una vez que se ha vuelto a demostrar las limitaciones de la última vía institucional.

Para avanzar en esta cuarta meta se necesita que volvamos a tener confianza en lo crucial que resulta hacer política democráticamente, repartiendo poderes, sin anteponer la táctica a los principios y sin entregarse a élites salvadoras. Lo hemos comprobado esta semana de manera clara: corremos el peligro de que nadie hable por nosotros cuando estemos presos.

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