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La íntima banalidad de Renoir

Ninfa

J.M. Costa

El impresionismo fue el primer estilo de la burguesía triunfante y ya asentada. Mientras David o Delacroix pintaban intensas escenas de violencia, abnegación y heroísmo revolucionarios, tras el paradójico imperio de Napoleón III (1808-1873) las cosas estaban claras: el viejo régimen ya no regresaría y un nuevo orden había logrado la hegemonía política además de la económica.

Los impresionistas, cada cual con sus matices, reflejan un estado de cosas optimista y plácido, aunque los incipientes obreros hubieran amenazado con una Comuna (1871) que sucedió poco antes de la puesta de largo del impresionismo en 1874 pero ya solo era el recuerdo de una pesadilla populachera. Para el impresionismo no es que no existieran los trabajadores. Es que apenas existía el trabajo.

Cuando se dice que el impresionismo es el primer estilo de la burguesía establecida en el poder hay que matizar. Fue el estilo que creó y consumió la alta burguesía. Monet, Sisley, Pissarro, Morisot, Degas o Caillebotte eran hijos de potentados. La nueva aristocracia. Solo Auguste Renoir (1841-1919) procedía de otro estrato de esa misma clase, la pequeña burguesía. Su padre no era un banquero, un empresario o un terrateniente, sino un humilde sastre casado con una costurera y una familia de siete hijos.

Es imposible que esta diferencia social no influyera sobre Renoir. Muy pocos de sus compañeros de estilo como Sisley, cuya familia se arruinó, necesitaron trabajar para ganarse la vida mientras que él hubo tuvo que hacerlo decorando cerámicas o cortinas desde los 13 años.

La exposición de Renoir en el Thyssen, comisariada por su director Guillermo Solana, apenas contiene dos o tres de las obras emblemáticas de Renoir porque su propósito es otro, mostrar su intimidad, sus figuras post-impresionistas. Que es lo que hizo Renoir durante la mayor parte de su medio siglo de vida artística.

En la web se han recopilado imágenes de nada menos que 1.736 obras del pintor (hay unas 4.000). Lo que se deduce al echarle una ojeada es el equivalente de algo que en música, cine o literatura, se llamaría un one hit wonder. Alguien que escribe, graba o rueda una maravilla y luego desaparece del mapa. Renoir no desapareció del mapa, de hecho se hizo rico, pero su producción en las últimas décadas, el peso de esta exposición, equivale a su práctica desaparición como pintor de interés.

Pocos temas para mucha obra

Las obras impresionistas de Renoir que conocemos de memoria y siguen reproduciéndose en cascada a través de los tiempos, pertenecen a algo más de un decenio, aproximadamente entre 1869 y mediados de 1880. No llegan a cien las comúnmente conocidas, que tampoco está mal. El resto son la sucesión de unos pocos motivos recreados ad nauseam. Cabezas y bustos de mujeres, paisajes desvaídos, retratos de niños, algunos bodegones y jarrones y diferentes tipos de desnudos femeninos, destacando las bañistas.

Son muy pocos temas para tanta obra y tanto tiempo, 35 años. Sobre todo porque cada uno de ellos tampoco admite grandes variaciones y Renoir no tiene el menor empacho en repetir las fórmulas con ligeros matices. Eso sí, trabajó hasta el día de su muerte, con las manos paralizadas por una artritis reumatoide.

Los pocos cuadros grupales de Renoir (El molino de la GaletteEl molino de la Galette, El almuerzo de los canoistasEl almuerzo de los canoistas…) se encuentran entre los más representativos de la sociedad impresionista. En sentido literal, jóvenes con posibles bañándose, remando o bailando en lugares que incluso había visitado el segundo emperador Napoleón. Pero también en lo estilístico. Son cuadros técnicamente tan sólidos como radicales en su momento y Renoir capta maravillosamente la vibración de la luz y del movimiento en ella, cosa esta última que pocos impresionistas buscaron.

Pero olvidemos esos cuadros sociológicos porque aquí apenas están representados por El paseo, de 1870, Después del almuerzo de 1879 y un Baños en el Sena (La Grenouillère) de 1869, que no es el más conocido de la serie, pero si el intento impresionista más temprano. Hay un precioso paisaje cercano, Mujer con sombrilla en un jardín (1875) y un par de buenos retratos del histórico marchante Paul Durand Ruel.

En la subsiguiente sucesión de figuras, con el bienvenido aunque algo sorprendente descanso de una sala de paisajes, se puede percibir la evolución de Renoir. Desde un primer estilo muy en la añosa escuela de Barbizon (1825-1875) llega a un momento transicional clave, representado aquí por la Sra. Clémentine Valensi Stora (La argelina), de 1870. El cuadro es un híbrido. En el cuerpo y fondo, Renoir se libera del trazo preciso de Barbizon en pinceladas sueltas, más con la densidad de Delacroix que con la levedad de Velázquez. Es un primer intento de aplicar el impresionismo a las figuras, porque el rostro de la retratada permanece firmemente anclado en la definición anterior.

En apenas un par de años Renoir domina la nueva técnica impresionista y pinta sus lienzos emblemáticos. Pero así como Caillebotte, Degas y por supuesto Monet mantuvieron sus convicciones estéticas hasta el final de su obra, Renoir no lo hizo. Es cierto que para él la retina no lo era todo, que le gustaba tocar. Que le interesaban más las figuras que los paisajes. Y que necesitaba ganar dinero, como cualquier hijo de sastre.

Acabaría separándose del movimiento. No es qué involucionara por completo. Renoir buscaba una belleza que se vendiera bien y conservó, excepto en una corta etapa en la que parece imitar a Ingres o Rafael, un trazo suelto y suave. Incluso aunque durante sus últimos treinta años el dibujo adquiriera mayor importancia, el pincel sigue siendo fluido y colorista, más en gamas apasteladas de un mismo color dominante que en fuertes contrastes. Es el estilo preponderante en Renoir y si solo hubiera sido este, cabe dudar que hoy ocupara un lugar destacado en los libros de historia de la pintura.

Pintor de figuras

Lo que viene a Madrid, aparte de algún paisaje interesante, como el poco característico Paisaje de La Roche-Guyon (1887), que refleja una influencia tardía de su antiguo conocido Cezanne, muestra la nada convincente evolución de Renoir como pintor de figuras.

En el Thyssen faltan algunas de las más destacadas como Mlle. Irene Cahen, Niña con un bouquet de flores, En el verano, La Rêverie (Jeanne Samarie)La Rêverie (Jeanne Samarie), o alguno de las hermanas Lorelle, por mencionar algunas que podrían o deberían haber venido. Muy pocas de las que están figurarían en una exposición sobre Renoir verdaderamente antológica.

En vida del pintor podía ser diferente. Posiblemente estas figuras post-impresionistas, suaves, coloristas y en general rotundas, fueran tanto del gusto de los burgueses en ascenso como de la burguesía media profesional y funcionarial y acabaran calando en el pueblo llano. Son carne, valga la redundancia, de ilustración de calendario. En tono familiar (niños, niñas, mujeres vestidas) o picante (mujeres desnudas). Todo respetable, nada estridente y muy poco intelectual.

Puede que hoy conserven su atractivo, que haya a quien le gusten. El gusto es algo siempre respetable y subjetivo. Y ha de mencionarse que unos pocos de estos opulentos desnudos, modernas Venus de Willendorf, podían interesar a artistas como Matisse o Picasso.

Acerca de la sensualidad, un tema opinable: el catálogo está lleno de citas transmitidas por su hijo, el gran cineasta Jean Renoir. En una de ellas su padre explica que, cuando al pintar un desnudo le daban ganas de darle un cachete en el culo, ya estaba acabado el cuadro. Seguramente de ahí viene que el Thyssen haya instalado un cuadro táctil (texturado) con trinos de pájaros. Renoir estaría desencantado, es un paisaje, no hay culo que palmear.

Si atendemos a criterios de calidad y popularidad, esta exposición muestra sobre todo a un Renoir mediocre. Este hecho podría haberse disimulado un poco si hubieran venido mejores ejemplos de sus diferentes épocas, pero lamentablemente no es así. Faltan demasiados cuadros notables relacionados con el tema de la exposición (ni siquiera están las fundamentales Grandes Bañistas de Filadelfia (1887)), habiendo toda una sala dedicada al tema) y sobran muchos que a veces parecen pintados con desgana o reflejan al Renoir más formulario y comercial.

Hace un año, un (pequeño) grupo de activistas protestaron ante el museo de Bellas Artes de Boston exigiendo la retirada de los Renoirs del Museo por “sensiblero” y “terrorismo estético”. No es probable que en Neptuno se llegue a tanto, pero ganas dan.

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