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Muere José Emilio Pacheco, la humildad de México

El premio Cervantes 2009 sigue la estela de su amigo, el escritor argentino Juan Gelman, y nos dejan un notable vacío en las letras latinoamericanas

Pacheco estaba ingresado desde el sábado tras sufrir una caída provocada por una pila de libros

Su columna en la revista Proceso, Inventario, sirvió de vademecum para la sociedad mexicana 

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Muere el escritor mexicano José Emilio Pacheco

Muere el escritor mexicano José Emilio Pacheco

Decían de él que era el poeta mexicano más humilde y sencillo, pese a todos los reconocimientos que ensalzaban su carrera. Y esto quedó patente en la recogida del premio Cervantes en 2009 que recalcaba su puesto en limbo de los escritores latinoamericanos. "Si ni siquiera soy uno de los mejores de mi barrio. ¿No ven que soy vecino de Juan Gelman?", decía de su amigo y venerado ejemplo en el Paraninfo de la universidad de Alcalá de Henares. Ambos vivían en la colonia de la Condesa y ambos la dejaban vacía de talento en este triste mes de enero.

Poeta, ensayista, narrador, periodista y traductor, sus textos de estilo liviano han servido de reflejo para una sociedad que nadaba entre recuerdos, ríos y montañas. Un paradójico sentimiento de amor-odio hacia su patria, México, que plasmaba a la perfección en uno de sus poemas,  Alta traición: No amo mi patria/ Su fulgor abstracto es inasible/ Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos, cierta gente, puertos, bosques de pinos, fortalezas, una ciudad deshecha, gris, monstruosa, varias figuras de su historia, montañas -y tres o cuatro ríos.

"Se fue tranquilo, se fue en paz", ha anunciado su hija, Laura Emilia Pacheco. El poeta fallecía a los 74 años víctima de una parada cardiaca. Su existencia y sus últimos días estuvieron estrechamente ligados al escritor argentino. Juan Gelman se iba el 15 de enero y dejaba un vacío entre sus compañeros de pluma. Precisamente la última colaboración de Pacheco en prensa fue un sentido homenaje en su columna,  Inventario, cuyas líneas aprovechamos para despedirle también a él: "Su existencia estremecida por todas las tempestades tuvo la recompensa de hallar algo que ya casi no existe: un final feliz. Murió sereno, sin dolor, en su lecho, en su casa, rodeado por los seres que más amó en la vida".

El tropezón del destino

El lenguaje conformaba su profesión, su pasatiempo y su razón de ser. En especial el castellano, como admitió en el atril del Cervantes. "La lengua en la que nací constituye mi única riqueza", dijo José Emilio Pacheco aquel 2009. Cuatro años después, como si de una broma macabra del destino se tratase, esa lengua y esas obras que él tanto amaba provocaban su caída más nefasta. El sábado ingresaba de urgencia en un hospital del sur de México D.F. tras haber tropezado con una pila de libros. 

"Ese día se acostó después de escribir y ya no despertó", señalaron los familiares que le acompañaron hasta el último momento. Como también lo hicieron su cuaderno, su pluma y su talento. Talento que modeló un interesante legado que va desde traducciones de grandes autores ingleses como Tennesse Williams o T. S. Eliot, hasta novelas como  Morirás lejos El principio del placer o  Las batallas en el desierto; y por supuesto poesía:  Miro a la tierra, Siglo pasado y  Como la lluvia, entre muchas otras obras,

Objeto de culto juvenil

Su estilo tuvo tal aceptación porque no se deshacía en florituras, al igual que tampoco fue un orador muy redicho. Como decía Elena Poniatowska  en una columna en El País, era un objeto de culto juvenil. La  última premio Cervantes le describía así: "No hace frases solemnes, no excluye a los otros, los estudiantes lo rodean, las muchachas se enamoriscan de él, no fabrica una capilla, no trata de apantallar con su presencia, sus comentarios son caseros: ‘Creí que iba a perder el tren’, ‘no encontré taxi’…".

Una de las anécdotas que quedarán para los anales de la historia, y que reflejaban la campechanía del escritor, tuvo lugar también en aquella ceremonia del 2009. Al cervantino se le cayeron los pantalones cuando entraba en el claustro de la universidad de Alcalá. Más que la anécdota en sí, lo reseñable es la actitud de Pacheco, quien admitió sonriente que no estaba acostumbrado a vestir de pingüino y que había subestimado la importancia de unos buenos tirantes.

Aparte del Premio Cervantes, el escritor había recibido el Premio Nacional de Periodismo por Divulgación Cultural en 1980, el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso en 2001, el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo en 2003 y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2009, entre otros galardones.

José Emilio Pacheco será despedido este lunes en el Colegio Nacional de México. Con su adiós pone el broche de oro a un brillante grupo literario de cuentistas conocida como la Generación de los años cincuenta, en la que se encuentran estandartes latinoamericanos como Carlos Monsiváis, Eduardo Lizalde, Sergio Pitol, Juan Vicente Melo, Vicente Leñero, Sergio Galindo o Salvador Elizondo.

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