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LA CIUDAD OLVIDADA

Malva-rosa, el vecino abandonado de El Cabanyal

La amenaza latente de la ejecución del acceso norte y la dualización entre la zona del paseo y el corazón del barrio son dos problema a los que se enfrentan los vecinos

Con coletazos de los tiempos del narcotráfico, los vecinos reclaman más equipamientos e inversiones para frenar el deterioro y degradación de algunas partes del barrio

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Un descampado del barrio de la Malva-rosa abandonado

Un descampado del barrio de la Malva-rosa abandonado

Frente al “qué bonita está Valencia” pregonado por la exalcaldesa Rita Barberá (PP) durante la organización de todo tipo de eventos en la parte marítima de la ciudad, los barrios situados cerca de la costa padecieron el desprecio del Ayuntamiento. Aunque el foco se centrara en cómo la avaricia consentida de los señores del ladrillo podía poner fin al patrimonio histórico de El Cabanyal, sus vecinos del distrito de Poblats Marítims intentaban combatir un estigma extendido en la Valencia más periférica.

Si los barrios marítimos del sur experimentaron la expansión sin respeto del Puerto de Valencia, el norte no se quedó atrás. Allí se sitúa el barrio de la Malva-rosa. Con una población de 13.496 habitantes, el vecino norteño de El Cabanyal concentra, en menor o mayor grado, todos los problemas comunes de la periferia: fracaso escolar, paro elevado, inmigración, abandono, zonas degradadas, etc. Un barrio que ha evitado, de momento, actuaciones que amenazaban su progreso. Y que ha logrado salir de la marginalidad gracias a la lucha incansable de muchos de sus vecinos.

La maldición de la droga

El origen del barrio se remonta a 1865, año en que un botánico francés sembró en todos los campos que actualmente componen la Malva-rosa varias especies de flores. Según el libro 'Historia de la Malva-rosa. Nacida del agua' de Antonio Sanchis, entre ellas había una especie de geranio al que se le bautizó como malva-rosa. Y de ahí se quedó el nombre que hoy denomina al barrio. Nacido de la conjunción del mar y la huerta, fue una zona húmeda hasta que en la primera mitad del siglo XX se empezó a construir fincas dando lugar al barrio.

La ubicación de la papelera, la gente que buscaba vivienda tras la riada de 1957, el convertirse en residencia para los trabajadores de los astilleros y la oleada de inmigración proveniente de Andalucía, Castilla la Mancha o Extremadura consolidó el barrio. Un crecimiento que alcanzó su apogeo en la década de 1970. Diez años más tarde empezó la pesadilla del narcotráfico que azotó Valencia. Pero que como epicentro tuvo, entre otros lugares, la Malva-rosa.

“Era una cosa alarmante. Durante los años 80 empezó a haber tráfico de drogas y cierta inseguridad, que a decir verdad asustaba”, relata Pepe Barrio, vecino que se levantó contra aquella lacra que ha estigmatizado la Malva-rosa. “La presencia de conflictos era constante. Generaba mucha tensión. Era un problema muy acuciante”, comenta Vicente Roncalés, presidente de la asociación de vecinos Amics de la Malva. El foco se concentraba en las 'Casitas Rosas', unas viviendas sociales nacidas tras la riada que fueron posteriormente ocupadas por gente de etnia gitana y por traficantes. A ello, se unía la presencia de la prostitución.

“En 1991 la situación era desesperante. Ni el entonces presidente socialista de la Generalitat, Joan Lerma, ni la alcaldesa Rita Barberá nos hacían caso. Por eso, desde 17 de setiembre de 1991 hasta la misma fecha en 1992 estuvimos manifestándonos cada día en la zona de las cuatro esquinas”, comenta Barrio. “Aguantamos cargas policiales brutales. Pero al final conseguimos nuestro objetivo”. Aunque existe tráfico, “no tiene ni punto de comparación con entonces”, asegura Esther Concepción, de Amics de la Malva. Las Casitas Rosas siguen siendo un punto de venta.

Aunque el problema de la droga es menor, se sigue concentrado a muy pequeña escala en las Casitas Rosas

Aunque el problema de la droga es menor, se sigue concentrado a muy pequeña escala en las Casitas Rosas

La amenaza latente del Puerto

Pese a estar alejado del Puerto de Valencia, la Malva-rosa aún no respira tranquila por la amenaza latente de la autovía del acceso norte a las instalaciones portuarias. Si durante los últimos años del franquismo consiguió que en lugar de una carretera se hiciera un paseo marítimo, tras la llegada del PP a la Moncloa en 1995 y con el impulso del expresidente Francisco Camps se relanzó el proyecto. Con la consiguiente eliminación de la huerta que rodea el barrio, el primer tramo de la vía discurría junto a zonas urbanas y una escuela social. El segundo tramo consistiría en crear un túnel por debajo de los barrios de la Malva-rosa y el Cabanyal para el transporte de camiones.

“Es una aberración”, afirma lacónica Concepción. De hecho, las asociaciones de vecinos de Port Saplaya, Patacona, Amics de la Malva, Cabanyal y Nazaret reclamaron la sustitución del túnel por un bulevar. Con un coste de 800 millones de euros, el proyecto sigue parado por la crisis económica. “Es totalmente innecesario”, agrega Roncalés.

“En Poblados Marítimos existe la paradoja del urbanismo empresarial. Por un lado, grandes eventos y proyectos que alimentan la gentrificación y el turismo de élite. Y por otro, se aumenta la precariedad y se consolidan los estigmas barriales”, afirma Josepa Cucó, catedrática de Antropologia Social de la Universidad de Valencia, en una conferencia en 2014 sobre los poblados marítimos de Valencia. Una dualización que se muestra en la Malva-rosa con las inversiones destinadas a la zona del paseo marítimo, donde se concentra el turismo de ocio, y las del corazón del barrio, según los vecinos.

“Ninguneado por las instituciones”

Pese a sus amenazas particulares, la Malva-rosa cuenta con problemas propios de los barrios ubicados en la periferia. El nivel de estudios superiores se sitúa, según el texto citado de Cucó, en el 7%; la tasa de paro está por encima de la media -según Amics de la Malva-; existen bolsas de pobreza importante; y “el comercio se encuentra bastante hundido”, según Roncalés.

Pese a que cuenta con una tasa de inmigración del 36% -por encima de la media de la ciudad- desde las asociaciones vecinales aseguran que “no hay problemas de convivencia”. Tampoco con los inquilinos de las 'Casitas Rosas'. La zona donde se ubican estas edificaciones es la más degradada del barrio. Aunque las calles de alrededor tampoco están en buen estado. La suciedad y el abandono de ciertos solares que deberían ser plazas, como sus nombres indican, son otras de las quejas de los vecinos.

A estos problemas se une que el amianto de los colegios no está retirado totalmente. Los vecinos han recogido firmas y han encabezado manifestaciones y protestas para exigir la retirada total del fibrocemento en el CEIP Blasco Ibañez. FAPA ha creado una comisión con sindicatos, EUPV y plataformas vecinales para reclamar también que se corrija esta irregularidad en todos los centros educativos de Valencia afectados.

“Somos un barrio ninguneado por las instituciones”, denuncia Roncalés. Para romper con ello, se reclama el aumento de las frecuencias y la ampliación del horario del tranvía; el acondicionamiento de los descampados y mejorar la limpieza; la llegada del carril bici desde la Universitat Politècnica de Valencia; el uso público de la dársena por la plataforma el Litoral per al Poble; la construcción de una biblioteca y mejora de los colegios; y poder gozar de un local para las entidades del barrio.

“Hemos estado olvidados por ser periferia y por nuestra condición de pequeña rusia”, expresa Barrio. La lucha de los vecinos de la Malva-rosa ha roto “ con el estigma que había en Valencia cuando se decía: soy de la Malva”, según el texto de Cucó. La pelota para que la Malva-rosa deje de formar parte del paisaje de la ciudad olvidada está en el tejado del gobierno local de Joan Ribó.

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