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Al supermercado con un carro de combate

La batalla contra el capitalismo comienza por cuestionar ese estilo de vida que nos impone la publicidad.

Existen alternativas al consumo tradicional: comprar en una cooperativa, participar en un banco de tiempo, pasarse a la banca ética o promover el consumo colaborativo.

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© Silvana Martins

© Silvana Martins

Lo supo ver Carlos Marx hace un siglo y medio y lo llamó fetichismo de la mercancía.  Decía que, en el capitalismo, las mercancías aparecen envueltas en misterio, como si surgieran de la nada por arte del mercado, pero que, por detrás de cada mercancía, existen relaciones sociales, lazos personales, por invisibles que sean que, en tiempos de la globalización capitalista, unen a personas a un extremo y otro del globo. Eso es, precisamente, lo que nos hace cómplices de las consecuencias sociales, ambientales y culturales de cada fase de la cadena de producción de las mercancías que compramos.

Lo que hoy está en juego es una revolución cultural: la batalla contra el capitalismo comienza por cuestionar ese estilo de vida que nos impone la publicidad. Porque la publicidad no nos vende sólo un producto,  nos vende un estilo de vida, y nos hace creer que los demás nos valorarán por lo que tenemos y no por lo que somos; que debemos responder a un determinado canon de belleza, por imposible que sea; que son sanos alimentos que no lo son y  que está bien que se los demos a nuestros hijos; que un día de tristeza se arregla visitando un centro comercial o que el malestar físico o emocional se resuelve con una pastilla y no con un estilo de vida más saludable. El problema no es técnico, es político. Es esa creencia que nos inculca el capitalismo de que el egoísmo -como la ambición- es una virtud, pues una mano invisible convertirá ese egoísmo individual en bienestar colectivo.

Por eso el consumo puede convertirse en un acto político . Debemos ser conscientes de lo que representa el consumo y dejar de ver una mercancía como un fetiche. Es preciso entender  que, ese vestido que compré a un precio irrisorio,  fue cosido por una trabajadora en Camboya o Bangladesh en condiciones de explotación análogas a la esclavitud, o que el smartphone que no necesito y que la industria me impele a comprar -obsolescencia programada o percibida - está manchado de la sangre de las guerras del coltán. El consumo crítico y responsable nos conciencia y también nos mueve a la acción. Nos ayuda a entender que hay otras opciones, que podemos vivir mejor con menos y que existen alternativas que estamos ayudando a construir con nuestros gestos cotidianos, por ejemplo, comprando en una cooperativa, intercambiando en un banco de tiempo, pasándonos a la banca ética o promoviendo el consumo colaborativo. En definitiva, se trata de entender que no todas las necesidades humanas deben resolverse comprando objetos materiales y acumulándolos como propiedad exclusiva.

En muchos casos, no se trata de inventar innovadoras soluciones tecnológicas, sino de volver a lo que ya sabíamos hacer bien; recuperar formas de resolver las necesidades humanas que no pasan por comprar y acumular cosas materiales, sino por compartir, por estimular la imaginación, por entender que son muchas las necesidades humanas que no se resuelven con cosas, sino con vivencias, con afectos, con creatividad. Y comprender que los seres humanos no pueden ser felices en una sociedad que promueve la competencia por encima de la cooperación y la solidaridad.

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