eldiario.es

Menú

eldiarionorte Cantabria eldiarionorte Cantabria

Currículos

La verdad tiene un alto valor escatológico en todos los sentidos de la palabra, es decir, lo mismo cuando se refiere a la trascendencia que cuando subvierte el marasmo de las cloacas. Pero, a estas alturas, entre los conceptos opuestos media una proximidad inquietante.

- PUBLICIDAD -
Andrea Mantegna. “Niños jugando con máscaras” (detalle). 1495

Andrea Mantegna. “Niños jugando con máscaras” (detalle). 1495

Debe de ser coincidencia que en poco tiempo hayamos descubierto que dos representantes políticas publicaron falsedades en sus currículos.

Una de ellas, directora de un “observatorio”, cargo de designación, ha dimitido. La otra, alcaldesa, cargo electo aunque en sustitución del que fue cabeza de lista, se niega a hacerlo pese a los requerimientos de la oposición. Son de partidos diferentes, pero aliados en lo fundamental, o sea, igualmente fundamentalistas en la sustitución de la política por las apariencias, y creo que, si se hubieran cambiado los papeles, las actitudes hubieran sido las mismas, determinadas por la importancia de los puestos que ocupan y la dimensión de la debilidad mostrada. Además, parece ser que ambos repentinos descubrimientos de informaciones falsas que, como aquella carta robada del relato de Poe, estaban a la vista de todos (¿cuánto tiempo llevaban expuestos los currículos sin que nadie decidiera hacer caso de ellos?), proceden de maniobras internas de esas entidades donde otros conceptos relacionados con la verdad (el respeto a la discrepancia, el juego limpio...) son consideraciones extremadamente relativizadas.

Para los que somos el vulgo, por mucho que opinemos y hagamos literatura con esas cosas, un “observatorio” es algo difícil de identificar salvo quizá cuando asoma a los medios haciendo propaganda, mientras que una alcaldía nos parece que se ocupa de la gestión de una ciudad. Es probable que en ambos casos estemos equivocados, pero es lo que hay: el electorado no damos más de nosotros mismos y "ellos" prefieren dárnoslo todo elaborado y de fácil digestión.

La verdad tiene un alto valor escatológico en todos los sentidos de la palabra, es decir, lo mismo cuando se refiere a la trascendencia que cuando subvierte el marasmo de las cloacas. Hay que admitir que la etimología y los diccionarios, en estos asuntos, se muestran despiadados. Pero, a estas alturas, después de que los filósofos levantaran un muro de lenguaje alrededor de la lógica para luego derruirlo con la práctica, entre los conceptos opuestos media una proximidad inquietante. Entre la verdad y la mentira están las máscaras, muchas veces indefinibles, pero sólidamente asentadas como un puente que las une: incluso cuando se hacen descaradas, su invitación al juego, a la evasión, nos hace estimarlas más que a la cruda realidad. La máscara, por estrambótica que sea, soluciona la contradicción del mismo modo que las consignas del doblepensar (palabra viajera desde la dictadura de aquel desarticulado 1984 hasta la democracia formal) hacen soportable la coexistencia imposible de la guerra y la paz, equilibrio que sirve para mantener la pobreza y la riqueza en un limbo de igualdad que autoriza al portavoz de turno a decir que todo va bien, valga la parte bien cebada por el todo.

El intento de prestigiarse con estudios no realizados (con la misma desfachatez con que suelen afirmar que sus méritos de acción políticos son indiscutibles y negar sus fracasos) es uno más de esos factores de indignación y debate que espanta el espanto de la política real a partir del jaleo apriorístico de los militantes y votantes.

Cuando alguien dice que una sociedad de desigualdades crecientes posee una economía boyante (valorando sólo el cálculo de la minoría rica), que se hace lo que se puede contra la miseria, la guerra, el machismo, el racismo, etc., sabiendo que no es cierto, no hace falta verificar un diploma para pedir la dimisión por la falacia porque la jodida realidad no se acepta en el marco del discurso y porque se acepta el marco (ahí está la clave, bien aplicada por los medios) sin discursos en contra.

Pedir la dimisión por la pretensión de tener un título no obtenido quizá no esté de más, pero me temo que encierra el peligro de hacer ritual fútil toda recusación. ¿La mentira del currículo es un fenómeno supraelectoral que obliga a ceder el puesto sin esperar el juicio de las urnas? El aumento del paro o la deuda pública, ¿no merecen el mismo trato para los que aseguraron tener soluciones?

El juego de la simétrica suplantación no deja de ser la prolongación de un mitin, una promesa más de las muchas afirmaciones en campaña que no se creen o en la que no se fijan ni los incondicionales. Hacer de ello una cuestión mayor es presentar la actitud general como excepcional   y asumir la limitación del terreno de controversia a lo casi anecdótico,incluso con consecuencias y dimisiones que probablemente tengan doble fondo. Lo cual, por supuesto, alimenta a los que están muy a gusto en el desarreglo. Los directores de escena gozan entre bambalinas y cobran por ello, y los opositores, contaminados de ortodoxia, se apuntan al coro y siguen el ritmo.

Para colmo antiestético, los que amamos la ficción la vemos servir de instrumento sin ningún respeto por el viejo pacto lector (o espectador)-autor. Y con una lamentable falta de calidad. Los payasos no maquillan sus sonrisas grotescas sobre los rasgos solemnes del desamor, sino sobre los gestos mecánicos de los charlatanes. Así, es difícil que den pena o risa. La tragicomedia no cabe en los telediarios.

Otra cosa sería el mundo si por lo menos las mentiras las escribieran dignos herederos de Flaubert (experto en lugares comunes) o Joyce (harto de los límites de la expresión). Pero no: ellos decían verdades cuando mentían en sus currículos.

- PUBLICIDAD -
- Publicidad -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha