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27S: Imaginar Catalunya desde la democracia

En una de las obras más célebres sobre el nacionalismo, el historiador y politólogo irlandés Benedict Anderson definió la nación como una "comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana".

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Pablo Iglesias llama a la izquierda a "quitarse de encima" a Mas y Rajoy

Pablo Iglesias llama a la izquierda a "quitarse de encima" a Mas y Rajoy.

En Podemos no tenemos dudas sobre la consideración de Catalunya como nación. Existe una clara imaginación compartida por la mayor parte de la ciudadanía catalana que se reconoce como una comunidad política soberana. Y así lo expresa el 80% de catalanes que quiere poder ejercer el derecho a decidir su futuro. Ahora bien, siguiendo la definición de Anderson, cabría reflexionar sobre lo que entendemos por limitación y por soberanía al hablar de Catalunya en el actual contexto político. Cuando el intelectual irlandés hacía referencia al carácter "limitado" de las "comunidades imaginadas" se refería a la imposibilidad de que estas se imaginaran con dimensiones universales y a la necesidad constitutiva de toda nación de la existencia de fronteras finitas más allá de las que se encuentran otras naciones.

Comenzando por el carácter "limitado" de Catalunya, es cierto que allende las fronteras catalanas hay otro país que permite la imaginación de Catalunya como nación diferenciada, pero esto no tiene por qué significar la imposibilidad de un proyecto de país común en beneficio de la gente si hay voluntad de reconocimiento, escucha y respeto mutuos. Es lo que desde Podemos planteamos. Al otro lado del Ebro (y en esta tierra en la que nace) existe una formación política dispuesta a escuchar y a establecer los mecanismos legales necesarios para que el pueblo catalán ejerza su soberanía y decida mediante un referéndum el tipo de relación jurídica que desea con el resto del Estado. Somos una fuerza convencida del carácter plurinacional de España y del derecho a decidir de sus diferentes países. Esto, a la vez, inquieta a y nos diferencia de los partidos del Régimen del 78, incapaces de actuar con responsabilidad estableciendo cauces legales por los que dirimir el conflicto catalán para evitar el nivel de enquistamiento hasta el que ha llegado.

Un nivel de tensión propiciado por las élites catalanas –representadas en la figura de Artur Mas- y las españolas –con el Gobierno de Mariano Rajoy al frente- que, al tiempo que es beneficioso para sus intereses particulares, perjudica los de las mayorías sociales catalanas y españolas. Esto es, su actuación en este conflicto evidencia la clara contradicción entre la búsqueda de sus beneficios privados y el interés general de cada una de las dos naciones -que no es otro sino el de sus gentes. Por eso cada cual compite por sacar una bandera más grande, para intentar tapar esta contradicción que cada día se presenta de forma más clara.

Al tiempo que el tono del enfrentamiento entre  Mas y el Gobierno español sigue in crescendo, las políticas de desmantelamiento del Estado del bienestar basadas en los mismos recortes, reformas laborales pactadas por ambos, privatizaciones, corrupción y obediencia a la Troika continúan uniéndolos en su forma de gobernar contra los intereses de la ciudadanía. Por el lado del Gobierno español, su postura inmovilista haciendo oídos sordos a la voluntad de la ciudadanía catalana de ser escuchada la justifican erigiéndose como los guardianes de la Constitución. Resulta insultante que los protagonistas más destacados en la ruptura del pacto social en lo concerniente al derecho a la vivienda, a la sanidad o a la educación sean quienes pretendan establecerse como defensores de la legalidad vigente. Entendida esta, además, como tablas sagradas inmutables al margen de las dinámicas sociales existentes a las que, en democracia, el marco legal debe de adaptarse.

La soberanía no tiene que ver con el tamaño de la bandera en la que te envuelvas sino con el blindaje de los servicios públicos y los derechos sociales y con el protagonismo ciudadano y la transparencia como motores de la vida política.

Mientras, Artur Mas ha sido bastante más hábil que el Gobierno español al entender el nuevo momento político en el que vivimos. Escondido en una lista sin siglas partidistas, arrastra tras de sí a otras formaciones y referentes de la sociedad civil catalana tan dispares ideológicamente a él como Lluis Llach o Romeva. Así mismo, intenta convertir estas elecciones en un plebiscito entre el "sí" y el "no" como forma de evitar tener que hablar de su proyecto de país para la Catalunya del futuro. Y continúa envuelto en la estelada tratando de capitalizar la "imaginación de su comunidad" con el objetivo de esconder su gestión política durante estos años al frente del Gobierno catalán, asolada por casos de corrupción y campeona en recortes de derechos y servicios públicos.

Ahora bien, existe un tercer bloque, al que Mas calificó como el del "Sí Se Puede", cuya apuesta primordial para Catalunya es construir una nación imaginándola desde la democracia. Representado en una candidatura, Catalunya Sí Que Es Pot, que considera que el carácter necesariamente limitado para la imaginación de Catalunya como nación no implica su desconexión del resto del Estado en el marco de un nuevo ciclo político caracterizado por la oportunidad de superar el Régimen del 78 en clave democrática. Al contrario, entiende que para que la imaginación de la nueva Catalunya no se convierta en la misma pesadilla austericida que la España de Rajoy, son necesarias millones de manos en toda España dispuestas a imaginar diversas colectividades nacionales y a trabajar en común con el respeto a la decisión de cada una de ellas y la defensa de los derechos sociales como nexo de unión.

Una alternativa que entiende que en estas elecciones lo que fundamentalmente está en juego es qué proyecto de país triunfe en Catalunya. Si la continuación del proyecto de Mas basado en la destrucción de los servicios públicos, en los recortes en derechos fundamentales y en el saqueo del 3% o un nuevo proyecto de país construido por y para las clases populares catalanas fundamentado en la pata de la definición de Anderson que nos faltaba por desarrollar: la soberanía. Que no tiene que ver con el tamaño de la bandera en la que te envuelvas sino con el blindaje de los servicios públicos y los derechos sociales y con el protagonismo ciudadano y la transparencia como motores de la vida política. Es decir, con la defensa de los intereses del pueblo, que es quien constituye la nación.

Catalunya se imagina ya a sí misma como una comunidad política inherentemente limitada y soberana. Pero en juego está el sentido de esa imaginación colectiva. O se desarrolla en clave democrática junto con el resto de naciones y pueblos de España para superar el Régimen del 78 mediante un proceso constituyente en el que discutamos sobre todo y blindemos los elementos que de verdad constituyen la soberanía o la desarrollan aquellos que hoy aparecen enfrentados tras gigantes banderas a pesar de que durante décadas no han tenido problema en traspasar los límites de su país con tal de asegurar que sus intereses particulares se impusieran a los de sus nación. Vaciando para ello de contenido la soberanía de la que tanto se les llena la boca.

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