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Piedras y espejos

¿Por qué queremos tener tanto la razón? Quizá para reafirmar la vida propia, nuestro reino mental que, tendemos a pensar, es el centro alrededor del cual giran todas las cosas.

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Diálogo. | MARCOS DÍEZ

Diálogo. | MARCOS DÍEZ

Dialogar implica estar dispuesto a cambiar de opinión, dispuesto a dar la razón al otro si, tras el intercambio de información y argumentos, creemos que el otro la tiene. Para dialogar hay que saber que las ideas de uno pueden no ser las más acertadas ni corresponder con la verdad, quizá para dialogar sea necesario olvidarnos del concepto de verdad como un lugar único y excluyente en el que no hay cabida para nada más que no sea la propia verdad. Si uno no está dispuesto a cambiar de opinión en realidad no quiere dialogar sino informar al otro, convencerlo, vencerlo. ¿Por qué queremos tener tanto la razón? ¿Por qué esa necesidad de convencer a los demás? Tal vez para decirnos que no estamos equivocados, tal vez para convencer no a los demás sino a nosotros mismos, quizá para reafirmar la vida propia, nuestro reino mental que, tendemos que a pensar, es el centro alrededor del cual giran todas las cosas.

Una persona que está convencida de sus ideas y que no está dispuesta a ponerlas en entredicho es algo parecido a una piedra, una piedra arrogante y ensimismada en su propio yo. Las piedras dicen sin pensar lo que dicen y cuando escuchan no piensan en lo que escuchan sino en lo que van a decir cuando el otro termine de hablar. Dijo David Foster Wallace que el dogmatismo es una "certeza ciega, una cerrazón mental tan severa que aprisiona de un modo tal que el prisionero ni se da cuenta que está encerrado".

Una persona que se adapta siempre a las ideas de los otros es algo parecido a un espejo que devuelve siempre al otro lo que el otro quiere ver, que suele ser a sí mismo.

En el otro extremo de los que siempre quieren vencer y convencer están los que no se plantean el desacuerdo, ni siquiera intentan explicar y defender su punto de vista (si es que lo tienen) sino adaptarse constantemente, para ser aceptados, a los puntos de vista de los demás. Claro, que esto tampoco es un diálogo.  Una persona que se adapta siempre a las ideas de los otros es algo parecido a un espejo que devuelve siempre al otro lo que el otro quiere ver, que suele ser a sí mismo.  Cuando dos espejos dialogan ambos se asoman a una nada infinita. Las combinaciones son interesantes porque una piedra, por ejemplo, se convierte en un espejo cuando se habla a sí misma. Y un montón de piedras hablando no son más que una escombrera.

A veces nos comportamos como piedras y a veces como espejos. Y hay que hacer un esfuerzo terrible para salir del pensamiento inconsciente, automático, y de esas inercias que nos hacen creer que nuestras ideas son las buenas (sin habernos parado a pensar cómo son nuestras ideas y de dónde vienen) o de dar por buenas las ideas de los demás sin pararnos a pensar en ellas solo para poder sentirnos parte de algo. Sé de lo que hablo porque a veces me he comportado como una piedra arrogante y a veces como un espejo complaciente. Y otras veces, quizá las menos, he logrado liberarme de la piedra y la he arrojado contra el espejo en busca de una libertad que me permita, como dice Foster Wallace, "decidir conscientemente qué tiene y qué no tiene sentido, qué es lo que vale la pena venerar".

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