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Lo de las bicis

La solución pasa por un cambio en la conceptualización de la educación, por la implantación innegociable de un primer principio que debe regir siempre: el respeto a los demás.

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Los accidentes con ciclistas se duplican en cinco años

EFE

Ellas eran dos, muy jovencitas, veinte años, primavera arriba o abajo. Una llevaba la voz cantante, era la que más hablaba, la que lo hacía en un tono más desagradablemente alto, como si quisiera que toda la cafetería se enterase de lo que salía por aquella boquita. Que ya eran ganas, oigan, con las barbaridades que brotaban. Tenía un mirar bovino, de apacible estolidez. Y luego movía la mandíbula también con ritmo de vaca pastando, así, haciendo mucho ruido, dejando ver en cada mordisco hasta la epiglotis, e impregnando todo el local con el olor dulzón, nauseabundo, de su muy repugnante chicle. Una joya, vamos. Y lo peor estaba por llegar.

Sucedió hará unas semanas. Yo estaba tranquilamente tomando un café a media tarde, ellas estaban tranquilamente jodiéndome el día. La televisión atronaba noticias de ciclistas atropellados, que es la moda. Y entonces el infraser habló, con tono aguardentoso y acento de gran ciudad. Y lo dijo textualmente, juro que no me lo invento. Que era culpa de las bicis, que si existían velódromos y parques a santo de qué tenían que salir a las carreteras. Que, ojo, ella tenía muy claro lo que escogería entre dar un golpe a su coche y atropellar a un ciclista. Pero que muy claro.

Yo soy de natural pacífico (ya me desahogo por aquí, como pueden apreciar) así que vencí mis deseos naturales para con aquel esperpento (jaleado por unos cuantos parroquianos, por cierto, que cuñadeaban con ligereza sobre el asunto) y me fui del lugar. Para no volver, claro. Pero se me quedó dentro, ya ven. Y venía a contarlo.

El que escribe es habitual de las bicis. De andar con ellas, digo. Uno de esos que llevan casco y ropa apretada como si fueran un grupo heavy ochentero. De la que sienta fatal si tienes talla de escritor. Así que, como comprenderán, las últimas semanas han venido jodidas. No por mí, sino por los que me rodean. Porque viendo los informativos parecía que en lugar de ir hasta Alisas a trepar echando las tripas, me fuese a una mina de coltán en el Congo. Ya saben, las modas en los medios.

Planteemos un par de datos básicos. En relación al número total de federados las cifras de siniestros con ciclistas en las carreteras llevan más de un lustro en claro descenso. Y este año apunta que se mantendrá la tendencia, aunque a ustedes les suene sorprendente. Evidentemente sigue habiendo accidentes (y los habrá) y sigue habiendo miserables homicidas (que es otra cosa diferente a la anterior), y cada pérdida es un drama, y el objetivo es la mortalidad cero y esos buenos deseos. Pero, hablando en abstracto, estamos mejor de cómo estábamos.

El “problema” es que ciertos medios (un abrazo a Pedro Piqueras, que puede transformar la elaboración de un caldo de pollo en un acto de maldad escalofriante gracias a su tono de voz…ríete tú de Vincent Price) han visto el filón de la moda, y nos van a in-formar durante algún tiempo de hasta el último accidente en el que esté implicado algún cicloturista (al menos hasta que surja otra tendencia similar, como las altas temperaturas, los perros asesinos, o los jugadores de rol enajenados). Ojo, esto no es malo en esencia (sí, me temo, en espíritu de cosificación de las noticias) porque ha permitido abrir un cierto debate a muchos niveles (la mayoría de ellos moviéndose entre lo pueril y lo puramente repugnante, como en la historia del principio) sobre la indefensión de las bicis en las carreteras.

He usado el término indefensión de forma deliberada, porque es lo que resulta. Pensemos que una bicicleta más un ciclista pesa unos cien kilos en total (si tienen talla escritor seguramente superarán esa media), mientras que los coches pesan por sí solos más de mil kilos. Si a eso le añadimos la diferencia de velocidad y el hecho de que el metal sea más resistente que la carne (normalmente, que los hay con cara de cemento armado) concluiremos que resulta sencillo adivinar cuál es la parte menos protegida en este “enfrentamiento”, ¿no?

Ahora bien, ¿cómo acabar con los accidentes que se producen en carretera? En principio hay que señalar que nunca se va a terminar del todo con ellos, porque las desgracias ocurren, y hasta los más cuidadosos pueden desencadenar en un momento dado la tragedia. Es más, ni siquiera voy a hablar específicamente de los criminales que cogen el coche sábados y domingos por la mañana borrachos o drogados, porque eso no es un problema específico para los ciclistas. Quiero decir, si la indeseable de Valencia (esa que atropelló de frente a un grupo de ciclistas, en mitad de una recta, invadiendo el carril contrario, que iba mamada y dio positivo por consumo de cocaína) se hubiese cruzado con una pareja que paseaba al perro, o con un autobús del Imserso el resultado hubiera sido idéntico. Lo que intento explicar es que ese tipo de gente (cabrones homicidas) no amenazan solo mi salida dominguera con la bici, sino la adecuada convivencia en sociedad. Y en estos casos sí que las consecuencias penales y administrativas (retirada de carnet por un período de tiempo ridículamente corto en proporción al daño causado) parecen demasiado leves si tenemos en cuenta los actos que pueden desencadenar. Seguramente al calor del ruido mediático se proceda a una revisión del Código Penal y del Código de Circulación para agravar tales penas, porque aquí funcionamos así. Seguramente, como todo lo hecho de forma apresurada y tribunera, buscando el aplauso fácil, sea poner un parche sin resolver el problema. Pero al menos tendremos el parche…

No, yo de lo que venía a escribir era de la convivencia en carretera entre el conductor “normal” (es decir, el que no va drogado ni bebido…hay que joderse que tengamos que aclarar estas cosas) y el ciclista. Y aquí lo que subyace es un problema de educación. Ojo, en Cantabria por lo general tenemos un cierto respeto, no es el sitio más peligroso en este sentido. Pero hay problemas, claro. Los derivados de quienes no entienden que las bicis estaban allí, en la carretera, antes que los coches. Que tienen tanto derecho como ellos a circular por las vías asfaltadas. Quienes pasan rozando (sin dejar el, aun escaso, metro y medio de distancia entre auto y ciclista) porque llegan tarde a…bueno, a donde vaya esa gente (seguramente no a una biblioteca). Quienes abroncan a los ciclistas cuando van de dos en dos (permitido) o cuando adelantan en vías urbanas por la derecha (permitido) o cuando circulan por la carretera teniendo al lado un carril bici (permitido) o cuando ruedan por la calzada en lugar de por el arcén si éste presenta deficiencias de conservación (permitido). Ya les digo, es un problema de educación, ni siquiera de educación vial, sino de educación cívica. Y de abuso de poder, si se permite la expresión, porque jamás vi a ningún coche adelantar rozando a un tractor (que normalmente va más lento que las bicis). Será por miedo a la hostia, supongo. Y en cambio con el cicloturista no ocurre lo mismo.

Inciso: también hay cicloturistas imbéciles que no respetan a los demás, que van, por ejemplo, hablando con el móvil en marcha (lo juro, les he visto), para quienes no existen los semáforos, ni las señales, ni las limitaciones. Gilipollas los hay en todos los gremios, y los míos me suelen doler incluso más que los otros, por lo de la familiaridad. Pero hoy venía a contar otra cosa.

Lo solución, desde mi punto de vista, no es segregar, no es limitar, no es endurecer. O no solo. La solución, la última, la única, pasa por un cambio en la conceptualización de la educación, por la implantación innegociable de un primer principio que debe regir siempre: el respeto a los demás. Y eso no se consigue (solo) en las leyes, ni (solo) en las autoescuelas, ni (solo) en el colegio, ni (solo) en la familia), ni (solo) en los medios de comunicación. Es algo que marca una tendencia como sociedad. Es labor de todos.

Ya otro día, si quieren, les hablo de la inutilidad de los “carriles-bici” (falsos carriles-bici) que estamos construyendo por acá, y cómo su uso va creando más problemas, concretos y potenciales, de los que quiere resolver.

Ah. Ojalá a la simpática del principio se le atragantase el chicle. O le echasen laxante en el gintonic.

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