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El acoso sexual no es exclusivo de Hollywood ni el caso Weinstein supone una excepción

Harvey Weinstein, el productor acusado de un historial de acoso sexual en Hollywood

Marta Borraz

Un espejo para la propia institución. En eso se convirtió este miércoles el debate que acogió el Parlamento Europeo sobre acoso sexual. Muchas intervenciones sirvieron para denunciar este tipo de comportamientos dentro de la propia Eurocámara después de que The Sunday Times publicara el pasado domingo un reportaje sobre “más de una docena” de casos de asistentes abusadas por eurodiputados. “Yo también fui víctima. Es doloroso ver que quien lo hizo sigue en su cargo”, dijo la eurodiputada sueca Linnéa Engström.

Un día antes de las denuncias, en el Parlamento Europeo el grupo Condé Nast decidía vetar al fotógrafo Terry Richardson en sus revistas, incluida Vogue, por acumular varias denuncias por acoso sexual en los últimos años. Y un día después, la actriz Leticia Dolera revelaba en eldiario.es los abusos sufridos en primera persona durante su carrera profesional. Al mismo tiempo, una de las figuras más poderosas del mundo del arte, Knight Landesman, dimitía como coeditor de la revista Artforum por las denuncias de nueve mujeres y el periodista norteamericano Mark Halperin recibía cinco acusaciones.

Hollywood ha ocupado titulares desde que a principios de mes comenzaran las primeras acusaciones contra el productor Harvey Weinstein. Un “secreto a voces” denunciado públicamente por casi 40 actrices que no queda solo reducido a este ámbito. El caso ha dado visibilidad al problema, pero lo de Weinstein no es un caso aislado ni la meca del cine, una excepción.

“Aunque a día de hoy pensemos que el abuso sexual es residual, es sistémico y sucede en todos los espacios relacionales: en el trabajo, en la calle, en casa, entre amigos, entre compañeros de trabajo. Pero el sistema patriarcal lo invisibiliza tanto que impide a las víctimas denunciarlo públicamente”, explica la doctora en estudios interdisciplinares de género Bárbara Tardón.

Los pocos casos que salen a la luz constituyen la punta de un iceberg, pero el acoso más allá de Hollywood ha dejado denuncias en innumerables ámbitos y campañas como la reciente #MeToo (Yo también), lanzada por la actriz Alyssa Milano, han desatado olas de testimonios de mujeres de todo el mundo. Entre ellas, la gimnasta olímpica McKayla Maroney, que denunció abusos sexuales por parte del médico del equipo estadounidense, actualmente en prisión provisional.

Lo aislado es la denuncia

Ana (nombre ficticio) asegura que “es algo estructural y se da en todas partes. Lo sufrimos las mujeres a diario. Decir que no pasa en todos los estamentos, instituciones y ámbitos, es ignorar la realidad”. Ana es una de las mujeres que sufrió abuso sexual por parte de Santiago Romero, catedrático de la Universidad de Sevilla condenado a siete años de cárcel hace algo menos de un año. “Lo que pasó en esta universidad no es un caso aislado, lo que es aislado es la denuncia”, esgrime.

Para Patsilí Toledo, integrante del grupo de investigación Antígona de la Universidad Autónoma de Barcelona, el acoso sexual “es un elemento más dentro del continuo de violencias que viven las mujeres y no se puede separar de la sociedad sexista y patriarcal en la que vivimos, ni de la violencia en el seno de la pareja, ni del acoso en las empresas, ni de las agresiones en las fiestas, ni del acoso callejero”, enumera la experta.

El poder define cualquier tipo de violencia sexual, pero los agresores lo utilizan de una u otra manera dependiendo del contexto. “En el laboral hay una dependencia económica y el abusador lo sabe, así que eso garantiza la impunidad. Por otro lado, para denunciar debe enfrentarse a las consecuencias dentro de la empresa”, comenta Toledo.

“En la mayoría de los casos el efecto es la pérdida de empleo o el cambio de horario, puesto o lugar de trabajo de la víctima. En vez de visibilizar, señalar y actuar contra el agresor”, explica Elena Blasco, secretaria confederal de Mujeres e Igualdad de Comisiones Obreras.

Efectos que vivió la exmilitar Zaida Cantera, que denunció su historia de acoso sexual por parte de un superior en el Ejército de Tierra en un programa de Salvados de 2015. Después de que el tribunal militar le diera la razón, la ahora diputada socialista tuvo que atravesar un calvario que le llevó a colgar el uniforme y fue sometida a una persecución dentro de la jerárquica estructura del Ejército. “Si yo fuera una víctima que no hubiera denunciado y viera el proceso posterior tan duro por el que hemos tenido que pasar, me lo pensaría”, dice Ana.

En la política y en el periodismo

A pesar de la revictimización que suele seguir a la denuncia, el silencio sobre la violencia sexual comienza lentamente a romperse. La industria de la moda también está desvelando casos con el hashtag #MyJobShouldNotIncludeAbuse ('Mi trabajo no debería incluir abuso') y hace unos días el Senado de California anunció una investigación sobre las acusaciones de acoso sexual desveladas por un grupo de mujeres que trabajan en el Capitolio de ese Estado de Estados Unidos.

En la política española Ada Colau desveló el año pasado un episodio de acoso sexual en un evento “del mundo judicial” cuando ya era alcaldesa y la coordinadora general de Podemos Andalucía Teresa Rodríguez denunció a un empresario por un “acto de contenido claramente sexista”, según la Fiscalía, por el que fue a declarar este pasado lunes. También decenas de políticas francesas denunciaron el año pasado de manera genérica el acoso sexual en la política gala.

Un año antes, 40 periodistas francesas de diferentes medios publicaron un manifiesto para desenmascarar este tipo de comportamientos perpetrados por los representantes públicos a los que cubren. Después, varias trabajadoras de medios de comunicación españolas hicieron lo mismo en un reportaje de la revista Pikara Magazine titulado Lo que las periodistas callan. También ocurre en el laboratorio, tal y como denunció una científica en la revista Nature en 2016, o incluso en Mercamadrid.

Una sociedad que no cuestione

Tardón celebra que “cada vez se habla más de ello”, pero al mismo tiempo afirma que “aún queda mucho que desenterrar” y lamenta que “el cambio no puede venir solo de las mujeres que denuncian”. La experta reivindica “una estructura que las acompañe, las crea y que favorezca la denuncia, no que las cuestione”.

Así es como se sienten muchas víctimas de violencia sexual cuando alzan la voz. Ana, la profesora que denunció junto a otras dos compañeras al catedrático de Sevilla, lo explica de esta manera: “Es duro, prolongado en el tiempo, no tienes garantías, sabes que te van a criticar, a cuestionar, que en cierto modo la víctima tiene que demostrar que dice la verdad, que se le presume que está mintiendo desde el principio”.

El relato de la investigadora demuestra que tras la denuncia no hay un sistema que apoye a las víctimas, al contrario. “Nos decían que queríamos conseguir algo con ello, y sin embargo, lo que hemos hecho es perder. Hemos perdido gente que considerábamos amigos, compañeros, nuestras carreras profesionales, nuestra intimidad, tenemos problemas de relaciones sociales, hemos perdido dinero con tratamientos psicológicos y abogados, hemos perdido salud”.

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