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'Su mejor historia': la historia contada por las mujeres

Es saludable, y hasta democráticamente inspirador, que podamos encontrar en la cartelera películas dirigidas por mujeres y en las que por tanto sea fácil descubrir la mirada que suele faltar en los productos culturales

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Imagen de la película 'Su mejor historia', de Lone Scherfig

Imagen de la película 'Su mejor historia', de Lone Scherfig.

En un mundo como el cinematográfico, prácticamente monopolizado por los varones, y en el que por tanto imperan los relatos androcéntricos y los esquemas narrativos en los que las mujeres apenas son personajes accesorios y siempre articulados en función de sus compañeros heroicos, cada día se hace más necesario, urgente diría yo, contar con otras miradas. Las de aquellas a las que la cultura, al menos la mayoritaria y comercial, sigue relegando al papel de musas y difícilmente encuentran acomodo en los espacios que el patriarcado reserva a los genios masculinos.

Solo de esa manera se podrán ir construyendo otro tipo de relatos y por tanto de imaginarios colectivos que superen al fin los esquemas más rancios del patriarcado. Para ello, insisto, es necesario que cada vez haya más mujeres contando historias, ofreciéndonos su visión de la vida, aportándonos esa otra mitad que falta en la pantalla.  Porque solo cuando la cultura deje de legitimar las estructuras jerárquicas del sistema sexo/género será posible avanzar de verdad hacia una efectiva igualdad. Mientras que sigan fallando los resortes culturales –y por tanto, educativos y socializadores– las leyes, las políticas y los planes de igualdad lograrán resultados tibios, que además serán fácilmente derogables por la fuerza incontrolable de lo que nos entra por los ojos y a través de las emociones.

Por todo ello, es tan saludable, y hasta democráticamente inspirador, que podamos encontrar en la cartelera películas dirigidas por mujeres y en las que por tanto sea fácil descubrir la mirada que suele faltar en los productos culturales. Esa experiencia es la que como espectador he tenido al ver la última película de la directora británica Lone Scherfig, cuyo título ha sido traducido al español como Su mejor historia. A Scherfig se deben títulos tan distintos e interesantes como Italiano para principiantes (2000), Wilbur se quiere suicidar (2002) y, sobre todo, la deliciosa An education (2009), en la que lograba dar una vuelta de tuerca al amor romántico.

En su última película la directora adapta una novela escrita por una mujer – Their finest hour and a half, de Lissa Evans– y nos cuenta una historia que está basada en la real de la guionista galesa Diana Morgan, que trabajó en los míticos estudios Ealing durante los años 40. Por lo tanto, nos encontramos con mujeres que cuentan historias de mujeres en un contexto, como el del mundo del cine, donde si todavía hoy sufren discriminaciones de tipo horizontal y vertical no digamos en los años 40, en los que difícilmente podían superar el nivel de floreros o secretarias.

En Su mejor historia, que es también un canto de amor de su directora al cine, vemos cómo la protagonista, interpretada de manera brillante por Gemma Arterton, cree que ha sido contratada como secretaria por el Ministerio de Propaganda británico cuando realmente lo que quieren de ella es que dé credibilidad a los diálogos de mujeres que habitualmente eran concebidos como si las mismas fueran seres de racionalidad limitada y fuertemente estereotipados. Catrin Cole, que así se llama la protagonista, se verá inmersa en la escritura del guión de una película que, en plena segunda guerra mundial, pretende elevar la moral de la población en unos momentos tan difíciles.

Más allá de lo bien contado que está el rodaje de la película propagandística, y del medido tono de comedia que tienen las relaciones entre los personajes de la historia, lo más interesante de esta cuidada película es cómo se nos muestra a un personaje femenino empoderado, que es capaz de liberarse incluso de las ataduras afectivas que en un determinado momento pueden llegar a encadenarla y que, sobre todo, se mueve en un mundo de hombres donde tan complicado era para una mujer, y me temo que todavía lo es, ser reconocida sin prejuicios sexistas y desde la equivalencia de méritos con sus colegas varones.

No se trata de una película a la que podamos calificar de manera rotunda como feminista, pero sí que en ella la directora nos ofrece perspectivas que no suelen ser habituales cuando las historias están en manos masculinas. En este sentido, cabe señalar la mirada crítica y hasta irónica que realiza sobre los héroes masculinos de la pantalla, las reivindicaciones de un mayor protagonismo de los personajes femeninos en historias en las que habitualmente ellas no eran las heroínas o la complicidad con una protagonista que en medio de un contexto tan brutal –la sociedad de los años 40 atravesada por los horrores de la guerra– lucha por ser ella misma, por ser la dueña de su destino y por hacerse valer y reconocer por sus méritos y capacidades. Y por supuesto que hay historia de amor, pero una historia en la que vemos cómo ella intenta en todo momento mantener las riendas y a la que incluso vemos hasta cierto punto resistirse cuando no tiene muy claro si merece la pena entregarse a un hombre.

Su mejor historia, en mitad del páramo terrible en que se convierten las salas de cine en estos meses de verano, es una opción más que recomendable para reconciliarnos no solo con el cine bien hecho, artesanalmente impecable, sino también con otra manera de contar la vida. Con mujeres que ocupan el lugar central de la cartelera y de sus destinos. Con una mirada agudamente crítica sobre un mundo hecho por y para los hombres. Esos hombres que tantas guerras han provocado y provocan, en las que se ponen tantas medallas y de las que siempre han sido y son principales víctimas las mujeres. Las que quedaron viudas, las que perdieron sus hijos y maridos, las que tuvieron que volver a sus casas cuando los héroes volvieron a las fábricas, las que tuvieron que hacer malabarismos para sobrevivir en mitad de las bombas.  Esas que al fin, en películas como la de Lone Scherfig, ocupan su lugar debido en la memoria y en el imaginario que compartimos.

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