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Contra la ciudad antisocial: ¿Sabemos qué tipo de urbanismo queremos?

Han pasado casi diez años desde el estallido de la burbuja inmobiliaria y parece que todavía no hemos sido capaces de empezar a definir la ciudad ni el urbanismo que sí queremos

Aquí, algunas ideas para lo que puede ser un urbanismo del que podamos sentirnos orgullosos

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Vista de Madrid y su "boina" desde Vallecas. Foto: gaelx | Flickr

Vista de Madrid y su "boina" desde Vallecas. Foto: gaelx | Flickr

Un texto de Guillermo Acero Caballero, Jon Aguirre Such, Jorge Arévalo Martín, Pilar Díaz Rodríguez e Iñaki Romero Fernández de Larrea

¿Te imaginas poder vivir siempre a 10 minutos andando del trabajo? ¿Y a otros 10 minutos de un polideportivo con piscina pública? ¿Que en ese intervalo de tiempo puedas ir a comprar el pan donde María, la fruta donde Paco, la carne donde Isabel y la verdura donde Mario? ¿Que por las calles se puede pasear tranquilamente sin temor a que te atropellen? ¿Incluso que puedas sentarte en un banco bajo la sombra de un árbol a leer un libro sin tener que soportar el ruido y los humos que generan los coches? Y que al otro lado de la acera donde está el nuevo centro cultural del barrio... ¡Haya un parque con juegos infantiles donde puedas llevar a tus hijos o tus nietas, tus sobrinos o tus hermanas!

Sin embargo, abres los ojos y lo que ves desde la ventana de tu casa es algo muy distinto. Las ciudades en las que vivimos se han convertido en espacios hostiles para sus habitantes. No obstante, hoy en día nos encontramos ante la oportunidad de replantear la manera en la que seguir construyendo nuestras ciudades.

Han pasado casi diez años desde el estallido de la burbuja inmobiliaria y parece que todavía no hemos sido capaces de empezar a definir la ciudad ni el urbanismo que queremos. Hemos heredado una ciudad antisocial incapaz de solventar las profundas desigualdades históricas entre el centro y la periferia. Y todo ello porque la “favorable” coyuntura económica de la pasada “década prodigiosa” (de la Ley del Suelo de 1998 al pinchazo del 2008) estuvo ligada en nuestro territorio a la especulación inmobiliaria y al crecimiento urbano ilimitado; en vez de a resolver los acuciantes problemas que han persistido en nuestras ciudades desde mediados del siglo pasado.

Lamentablemente todavía no hemos sido capaces de impulsar una estrategia que nos permita transformar de raíz (radicalmente) el proyecto de ciudad gestado en las últimas décadas hacia un escenario realmente sostenible ambiental, social y económicamente.

Sobre el escenario de crisis y sus consecuencias se ha escrito mucho y variado, pero a través de este artículo queremos dirigir la mirada hacia aquello que como urbanistas debemos replantearnos y que será clave para determinar cómo queremos vivir: el modelo de ciudad.

Breves claves para el cambio

Los crecientes niveles de contaminación se han demostrado recientemente como uno de los principales factores de riesgo para la salud de las personas, según la OMS. Ante esto, la reducción de los desplazamientos motorizados y la apuesta decidida por una movilidad peatonal y ciclista en coordinación con un buen sistema de transporte público es la única alternativa posible. Solo así reduciremos los alarmantes niveles de contaminación de nuestras ciudades y combatiremos el cambio climático. Pero para lograrlo es imprescindible una voluntad política firme y un fuerte respaldo de los colectivos más sensibilizados para ejercer las labores pedagógicas y de concienciación necesarias.

En lo que a reducir los desplazamientos en la ciudad se refiere, es necesario acompañar las políticas de movilidad urbana sostenible con la redistribución de la actividad económica de forma racional en los diferentes barrios que la componen. Generando así nuevas oportunidades basadas en las redes de apoyo mutuo que se han gestado en los últimos años y en la recuperación de actividades productivas de diversa índole: desde la agroecológica a las industrias poco contaminantes de fuerte base tecnológica e innovadora, pasando por el comercio de proximidad o actividades socioculturales que fomenten la creatividad y la cohesión social. Se trata, por tanto, de crear nuevas oportunidades en los barrios desfavorecidos generando salarios y condiciones laborales dignas (más allá del empleo precario).

Indudablemente, este tipo de estrategias han de ir asociadas a programas de educación y formación que permitan a la población local integrarse en el mercado de trabajo con plenas garantías. Y aquí la colaboración entre el sector público y privado es vital: las empresas son las que mayormente deben generar empleo y que este sea de calidad. Máxime si tenemos en cuenta que el marco legislativo actual ha reducido a su mínima expresión la contratación pública.

En definitiva, de lo que se trata es de que este nuevo modelo de ciudad apunte a un nuevo modelo productivo y a una redistribución de las rentas que permita combatir el paro y la acuciante desigualdad y vulnerabilidad urbana de los barrios más desfavorecidos.

Paralelamente es imprescindible facilitar el acceso a la vivienda en régimen de alquiler,, con una oferta competitiva y acorde a los niveles de renta de la población. Una política pública de vivienda que incentive el alquiler social y regímenes de cesión de uso, ya existentes en algunas Comunidades Autónomas (en el País Vasco, por ejemplo), que fomente la creación de empleo a través de la rehabilitación y que favorezca la diversidad social, todos ellos elementos claves para reequilibrar nuestras ciudades.

Vinculado a esta cuestión, otro de los aspectos importantes es la búsqueda del aumento de la densidad de algunas áreas urbanas, que conlleva el aumento de la demanda y la sostenibilidad de los servicios y la actividad económica, y también implica un uso más eficiente de los recursos.

Todos estos cambios que se proponen tienen una influencia directa sobre el espacio público. Mejorar la accesibilidad, eliminar barreras arquitectónicas, desarrollar una infraestructura ciclista y peatonal que gane el terreno a los coches; atender al diseño de los elementos que lo componen y ofrecer oportunidades para que la ciudadanía juegue, se exprese y se relacione genera una ciudad de calles y plazas donde la gente quiera estar.

El último reto que se nos presenta es la propia gobernanza de la ciudad. La cual incide tanto en la participación ciudadana como en la gestión de la información. Hay que facilitar su acceso para fomentar una ciudadanía informada, activa y partícipe. Las nuevas tecnologías suponen una herramienta que debemos aprovechar para mejorar la experiencia en la ciudad, la eficiencia de los servicios públicos, reconocer problemáticas y necesidades, tomar decisiones y organizarse colectivamente. Sin olvidar, evidentemente, toda la esfera de participación social consolidada en los barrios desde hace décadas.

Además, la transparencia y la trazabilidad son elementos claves a la hora de definir espacios y cauces para la participación e implicación ciudadana. Han de generarse dinámicas que permitan nuevos marcos de corresponsabilidad que garanticen una gestión más democrática de la ciudad, así como conjugar los diferentes saberes (técnicos y cotidianos) a la hora de diseñar soluciones a las problemáticas urbanas.

La actual incapacidad económica y financiera de la Administración Pública para acometer los elevados costes que se requieren para el desarrollo de proyectos urbanos transformadores, así como su complejidad, obligan a todas las partes a sentarse y cooperar. Debemos fomentar una cultura de la corresponsabilidad en la transformación y el cuidado de las ciudades que integre tanto al sector público, a la ciudadanía y los agentes sociales como al sector privado.

En cualquier caso, diseñar de forma colaborativa un modelo de ciudad alternativo supone trabajar sobre la ciudad existente y aprovechar la regeneración de las áreas obsoletas para incorporar la visión de todos estos factores. La ciudad debe rehacerse desde el interior, poniendo en el centro a las personas y la ecología de nuestros entornos urbanos; comenzando por sus espacios, por los usos y finalmente por sus edificios.

Transformar el modelo de ciudad no es solo una cuestión formal: supone cambiar la manera en la que vivimos y nos relacionamos, la manera que consumimos y trabajamos. En definitiva, supone dirigir nuestra sociedad hacia un horizonte más democrático y ecológico. Sin duda un reto complejo, pero de la máxima importancia y relevancia. A fin de cuentas el futuro de la Humanidad y el Planeta está en juego y, como reza el mantra, las ciudades tendrán un papel decisivo en él.

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