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Fútbol, egoísmo y vocación

La obsesión de medir la productividad para individualizar la recompensa genera una tendencia burocrática que reduce al absurdo el funcionamiento de las instituciones públicas, que son colectivas y necesitan de la colaboración, de la transversalidad, de la autonomía y de la generosidad de sus trabajadores para operar adecuadamente

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La consulta sobre la sanidad madrileña cierra con más de un millón de votos

Consulta popular sobre la sanidad madrileña. / Efe

Vivimos atrapados en un proyecto de desintegración social porque personas que son egoístas nos han convencido de que el egoísmo está bien y, por esa razón, debemos premiarles. Como afirman los postulados de la economía neoclásica, los salarios altos atraen a los mejores y, en consecuencia, políticos y gerentes deberían recibir mayores sueldos con el propósito de que los servicios públicos funcionasen mejor. Del mismo modo, sería necesario introducir los incentivos propios del mercado dentro de la administración pública para lograr una mayor eficiencia que redundaría en el bienestar colectivo. Se trata de verdades científicas difícilmente refutables como demuestra la contribución realizada a la sociedad por la banca, sector que, por sus altas remuneraciones, ha sabido atraer a la parte más virtuosa y competente de nuestra sociedad.

Por lo tanto, las elevadísimas retribuciones se han ido extendiendo en distintos sectores económicos de forma equilibrada a la contribución que hacían al conjunto de la población. Esto, por ejemplo, explica que los jugadores de fútbol hayan disfrutado de salarios millonarios, porque los consumidores así lo demandaban. Además, los mismos futbolistas exigían nóminas más cuantiosas, porque se dedicaron al fútbol para ganar mucho dinero. El hecho de que en su infancia les gustase el fútbol y se les diese bien ha sido secundario en su decisión racional. Ellos optaron por el fútbol porque podían ganar muchísimo más dinero con sus pies que como corredores de bolsa. Esta lógica impecable es la razón por la que todo el entorno institucional del fútbol ha alentado a los jugadores en esa dirección y ha aplaudido la firma de contratos astronómicos que estaban santificados por las leyes de la oferta y la demanda. En esta función, la Hacienda Pública ha interpretado el papel de invitado de piedra en el mejor de los casos.

Todo esto nos llevaría a sentenciar que los futbolistas juegan al fútbol por dinero y esto, incluso, podría ayudarnos a explicar el bajo rendimiento de algunos equipos de primera división. Esos equipos cuyos deportistas no golpean al balón como se esperaba de la inversión que se hizo por ellos y cuyos seguidores tienden a culpar al entrenador por no saber dirigir el vestuario. La explicación científica sería que, si un jugador ha llegado al máximo profesional de su carrera y sabe que en el futuro no podrá ganar más dinero en otro club, no hay razón para que se esfuerce. De hecho, si el sector vive una recesión, los salarios se deciden a la baja por un exceso de la oferta de mano de obra. Por todo esto, por mucho que se esforzasen, no habría muchas probabilidades de que el año siguiente incrementasen su nómina. En ese caso, desde un punto de vista racional, no tendría sentido sudar la camiseta. La única opción viable sería maximizar las rentas actuales mediante el mínimo esfuerzo posible, ya que las rentas futuras serán indefectiblemente menores pese a todos los sacrificios realizados.

Como es obvio, el amor propio, el orgullo profesional, la ética, la dignidad, el respeto hacia la afición o el espíritu de superación serían valores que deberían obligarles a dar lo mejor de ellos mismos en cada partido, independientemente de cualquier otra consideración de carácter material. Pero es un poco ridículo esperar que se comportasen de ese modo ante un público, ante una sociedad, que antes aplaudía y defendía el egoísmo y los salarios altos para los mejores. Ya reciben un sueldo marcado por el mercado acorde a su calidad y, por eso mismo, no deben demostrar nada, porque tanto ganas tanto eres. Es absurdo pasar de envidiar su forma de vida a exigirles otro modo de vida.

Por otro lado, el fútbol es un deporte de equipo y, por mucho que uno se empeñe en entregarse completamente al colectivo, si tus compañeros no te respaldan de poco sirve. Si la mayoría de jugadores van a la suyo y todo el entorno social que rodea al equipo premia ese comportamiento, aquellos jugadores cuya motivación principal es la pasión terminarán quemados. Sentirán que su esfuerzo es estéril e incluso razón de mofa y burla. Llegados a ese punto, es muy difícil lograr un cambio de dinámica interna, de volver a convencer o recordar a tus compañeros que no están ahí por el dinero, sino porque decidieron que el fútbol fuese su vida. Hubo un momento en que todos olvidamos que, por amor propio o por reconocimiento social, estamos obligados a dar lo mejor de nosotros mismos una vez nos calzamos las botas. Ni tan siquiera se trata de marcar goles, se trata de ser ejemplar ante las personas que demuestran su apoyo y confianza en ti.

Todo esto debería ayudarnos a visualizar que las escuelas, los hospitales, las comisarías o las universidades son servicios públicos que funcionan como equipos ante sus espectadores. Sus trabajadores optaron por esas profesiones por vocación, no para maximizar sus salarios. Si se pretende introducir los incentivos por productividad, fijar los salarios mediante la libre concurrencia de factores, monetarizar la prestación de servicios o cualquier otro diseño propio de la economía de mercado, se están desenfocando cuestiones fundamentales y al mismo tiempo se está distorsionando su dinámica interna. El lucro no puede ser la motivación del director de una escuela, porque su objetivo es servir a la ciudadanía, no satisfacer al consumidor. De hecho, no se pueden aplicar a los servicios públicos unos sistemas de medición de la eficiencia que provienen de una concepción antropológica que niega el altruismo o la misma vocación de servicio público en el ser humano.

Es pernicioso pretender lograr una correcta y óptima gestión de los bienes públicos mediante la aplicación de doctrinas que afirman la imposibilidad de tomar decisiones colectivas de forma racional porque son matemáticamente inconsistentes. Si se parte del hecho que las únicas decisiones racionales posibles son las individuales, es imposible construir una dinámica de equipo que funcione. Un grupo de gente yendo a lo suyo no es un equipo, por mucho que el jefe sepa premiar y castigar el esfuerzo individual. La obsesión taylorista de medir la productividad para individualizar la recompensa genera una tendencia burocrática que reduce al absurdo el funcionamiento de las instituciones públicas, que son colectivas y necesitan de la colaboración, de la transversalidad, de la autonomía y de la generosidad de sus trabajadores para operar adecuadamente. Se trabaja para alguien, para una sociedad que dota de sentido ese esfuerzo y esa vocación, una sociedad que es la única que puede otorgar valor a ese trabajo, un valor anclado en principios éticos de ciudadanía y no en la productividad del trabajo. Por el contrario, si la misma sociedad es indiferente o apática hacia sus escuelas u hospitales, porque ha aceptado como propio el credo del individualismo egoísta maximizador del propio placer, no tiene ningún sentido desempeñar ese trabajo. La vocación es imposible porque no hay función social, no hay servicio público. Simplemente, no hay sociedad.

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