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Las mujeres no cuidan por definición

A las madres, el modelo patriarcal les impone el cuidado como tarea. Un cuidado que las excluye del espacio público, monopolizado por el hombre

Feminizar la política sería que las mujeres, que ahora dedican de media muchas más horas al trabajo en casa y la familia que los hombres, por lo menos empataran, no perdieran siempre

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Feminizar la política significa cuidar,  lo que hemos conocido por nuestras madres, dice Pablo Iglesias.

Las mujeres son cuidadoras, al parecer por vocación, por un fatalismo, un designio innato. Las mujeres se encargan de cuidar de los hijos cuando nacen y crecen; se encargan de cuidar a los mayores cuando envejecen o dejan de tener autonomía por sí mismos; cuidan a los enfermos de la familia. De ahí que 'enfermera' sea un concepto que parece que sólo puede ser femenino en su uso habitual.

Mientras, el hombre sale a la calle, antes cazaba, no tiene tiempo casi nunca para cuidar a los hijos, no suele encargarse del cuidado de los padres.

A las madres, el modelo patriarcal les impone el cuidado como tarea; el cuidado en la casa, doméstico, el cuidado de todo lo que ocurre dentro del domus, de la casa. Un cuidado que las excluye del espacio público, monopolizado por el hombre, al que jamás pondrían en su DNI como profesión: "sus labores", que es como se consignaba a las madres de mi generación cuando se les preguntaba por su trabajo en tiempos de Franco.

"Sus labores" elide decir que tiene un horario de casi 24 horas, sin fines de semana libres, sin retribución, con el reconocimiento , a veces, de un pellizco en la mejilla y un discurso del tipo "reina de mi hogar y madre de mis hijos" (son palabras textuales de los años sesenta y setenta). Un horario de cuidados que las excluía, y las excluye todavía en gran medida, del espacio público por imposibilidad material, por no tener tiempo físico y mental.

Como ese trabajo rutinario, reiterativo, agotador, no valorado, dado por hecho, de cuidadora de la casa, de la comida y de todos los ocupantes de la casa no está retribuido ni reconocido, se le otorga una virtud simbólica, una especie de propina, que tiene que subrayar los valores abnegados de las madres, de las mujeres que deben ser madres, máquinas de parir y de cuidar. No te digo ya el mérito de todo esto si las madres lo sufren en silencio y con una sonrisa cuando llega el marido.

Este papel de las mujeres como cuidadoras era propio de cuando "amar" era "soportar", en los tiempos de la dictadura, cuando mandaba un esquema de valores al parecer vigente en tantos discursos políticos hoy en día.

La ley de Dependencia, uno de los textos legislativo más progresista que se ha hecho en la historia democrática de España –de la otra, ni hablo– se articula sobre la idea de corresponsabilizar al Estado en los cuidados de quienes lo necesitan.
Se trataba con esta ley de romper ese monocultivo forzado de los cuidados de los dependientes por parte de las mujeres. No se plantea la conciliación en esos cuidados, se legisló para que esos cuidados fueran realizados por un profesional, especializado y retribuido. La conciliación de esos cuidados debía hacerse con contribución del Estado, con los impuestos de todos.

Debe haber una corresponsabilidad de esos cuidados en el ámbito privado, pero, sobre todo, esos cuidados no pueden ser exclusivos de las mujeres, deben correr a cuenta del Estado, por ley.

El cuidado no es algo vocacionalmente femenino, intrínsecamente propio de las mujeres, nuestras madres, algo que viene dado por naturaleza; es algo impuesto a las mujeres y luego vestido como virtud.

Lo feminista sería plantear que los hombres tenemos que incorporarnos a cuidado, para que las mujeres se incorporen a lo público.

En este punto conviene recordar que buena parte de las agresiones que los hombres infligen a las mujeres tienen que ver con los trabajos en la casa. Esa llamada violencia excesiva que practican los hombres contra las mujeres y que tiene que ver muchas veces con un reparto de tareas que el hombre se niega a asumir. Los hombres que golpean en la cabeza a las mujeres con el móvil, con el mando de la tele, el paraguas, con lo que tienen a mano en la casa, para dejar claro que allí mandan ellos y que ellas no pueden llevarles la contraria, ni disputar su poder, ni llamarles a cuidar también.

A las mujeres feministas, las que defienden la igualdad –¡repitámoslo!– les está cayendo la del pulpo últimamente. El alcalde de Alcorcón –este tío llevaría la banderita con el aguilucho en el reloj si le hubiera cogido a tiempo–, dice que las feministas son amargadas, frustradas, rabiosas, fracasadas como personas.

Asistimos a una reacción contra el discurso de igualdad y progreso que ha representado el feminismo durante años, un discurso que tilda, sin anestesia, a las feministas como "feminazis" –también en algunos comentarios de este mismo periódico se puede leer ese insulto. Terrible palabra que a veces es asumida por mujeres que entienden que luchar por su derechos es una antigualla, que asumen el desprestigio de su causa. Pura batalla de ideas, pura conservación de estatus por tantos hombres.

Feminizar la política no es , desde luego, traer al bebé al Congreso. Algo elitista, inalcanzable para la inmensa mayoría de mujeres que acaban de parir y tienen trabajo, aquel gesto fue denunciado por las feministas y por las madres que tienen que volver al trabajo al poco de parir.

Feminizar la política sería que las mujeres, que ahora dedican como media muchas más horas al trabajo en casa, al hogar y la familia, que los hombres, por lo menos empataran, no perdieran siempre.

No se puede decir, gratis, como sostiene Iglesias, que hay una mujer que le excita hasta el punto de darle latigazos hasta que sangre, que le ofrece a Andrea Levy su despacho para…, y que comenta lo precioso que es el abrigo de una periodista que le pregunta. Eso es machismo.

Tampoco Alberto Garzón puede hablar de "cacería" para referirse a los medios de comunicación que critican a Iglesias por sus declaraciones machistas; se puede aludir al falso, cansino, recurso de "sacar de contexto" su palabras. Atacar a la SER como deporte podemista. Resultan reiterativos y empobrecedores estas agresiones, máxime si unen a las anterior respuestas ante la irregularidad, éticamente impresentable, incoherente respecto de su propio discurso, de Ramón Espinar y el pelotazo de su piso. Otra vez el linchamiento del periodista, que lo mismo es una "hiena" que "muerde", que responde a intereses espurios.

Lo que ha dicho Iglesias es machista y debería reconocerlo.

(Por cierto, enhorabuena a la facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, mantendrán los estudios de Filosofía que se querían cargar).

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