“Lo ha cambiado todo”: cómo la guerra ha atravesado para siempre la vida de estos ucranianos
La guerra no solo se mide en kilómetros de frente o cifras de destrucción, también en las vidas que acaban desviadas de su curso para siempre. En Ucrania, desde la invasión rusa, el día a día se ha reconfigurado en torno a sirenas, refugios y decisiones impensables hace apenas unos años. Nos fijamos en aquellas elecciones tomadas en el contexto bélico o aquellas situaciones que podrían parecer temporales, pero que han acabado marcando cientos de miles de vidas para siempre.
Un técnico que instalaba fibra óptica ahora fabrica drones, una estudiante que, tras haber perdido para siempre la adolescencia imaginada, ansía la paz a cualquier precio para intentar recuperar la liviandad no disfrutada; una adolescente que vivió bajo ocupación rusa y ni la recuerda, porque entonces tenía nueve años y el miedo la protegió con olvido. Una mujer que visita una vez por semana la tumba de su marido, porque ya no le importa la vida.
Recopilamos las historias de ocho ucranianos que trazan el mapa personal de un país donde la vida no se detiene, pero tampoco transcurre igual.
La guerra acabó para Victoria
Victoria Goborova retira con cuidado la nieve que tapa el rostro de su marido. Viene a verlo “casi una vez por semana”, dice al pie de su tumba, en el cementerio número 18 de Járkov, donde ondean centenares de banderas azules y amarillas que diferencian las parcelas donde yacen soldados de las que contienen a los civiles. Un día antes del cuarto aniversario de la guerra, siete agujeros en la tierra congelada y siete familias destrozadas esperan entre flores a sus nuevos ocupantes.
Oleg Igoróvich nació en 1997 en un pueblo cercano a Kupianks, en la región de Járkov, una ciudad que ha cambiado de manos cuatro veces desde la invasión rusa de Ucrania. Fue allí donde murió en combate, en abril de 2025,meses antes de que las tropas de Kiev lograran retomar el control de este estratégico enclave, ahora reducido a escombros. “Antes me daban miedo los cementerios, pero ahora que está aquí mi persona más cercana, en cierto modo me da calma, algo de paz”, explica sin intentar contener unas lágrimas que no cambian su voz, como si se hubiera habituado a ellas.
“Paz, eso es lo que todos queremos”, asegura sobre las negociaciones entre Ucrania y Rusia con mediación de Estados Unidos. Aunque tiene poca fe, incluso poco interés. “Para mí la guerra terminó el día que mataron a mi marido”, reconoce. Solo hacía ocho meses que se habían casado cuando murió. Ahora, Victoria es oficialmente una de las incontables viudas para las que nada será igual en Ucrania aunque cesen las hostilidades. “Ya ha pasado un tiempo, pero sigue siendo difícil. Intentas seguir adelante con tu vida de alguna manera, pero me tengo que esforzar. Lo hago porque sé que él querría que me mantuviera fuerte”, confiesa.
“Ahora cobro la pensión correspondiente y tengo descuentos en servicios comunitarios. No puedo decir que las autoridades no me estén apoyando, aunque durante mucho tiempo intenté saber qué pasó exactamente. El comandante no lo cuenta todo. Solo sé que salió en una misión con una unidad distinta a la habitual, que fue herido por un proyectil y que murió desangrado cuando un dron FPV (vista en primera persona, por sus siglas en inglés) impactó contra el equipo que lo estaba evacuando”, recuerda la mujer. “Siempre me pregunto por qué tuvo que pasar así”, dice. Oleg había sobrevivido a medio año de ocupación rusa, había logrado desplazarse a Járkov con Victoria, pero volvía a menudo para cuidar de sus abuelos, a los que tuvo que evacuar cuando sus casas fueron destruidas. “Al final fue capturado y obligado a hacer el servicio militar en el frente. Su prioridad era tener días de permiso para venir a verme, por eso se ofrecía voluntario para todas las misiones, pero no sirvió ni un año”, concluye.
De instalador Internet a mejorar drones de guerra
Cuando Vlad instalaba el cableado de fibra óptica en las casas de Kiev, para instalar la conexión de Internet de la compañía telefónica en la que trabaja, nunca imaginó que su trabajo sería clave en una guerra. Mucho menos que esa guerra se produciría en su país y que el material con el que trabajaba desde hacía años iba a convertirse en una de las necesidades más urgentes en la línea de frente. Ni que él se ofrecería voluntario para alistarse en un batallón especializado en drones que se nutren de la tecnología de la que él tanto sabe. Pero Vlad aquí está, rodeado de ordenadores, pegado a los chips que dan vida a los drones en un sótano cubierto por redes militares, en una antigua vivienda de ubicación secreta, en la región de Jarkov.
“El enemigo utiliza una guerra electrónica muy fuerte que impiden volar a los drones regulares y, con fibra óptica, puedes atacar al enemigo fácilmente, sin problemas de conexión”, explica Vlad, técnico de fibra óptica en una compañía telefónica que en 2024 decidió incorporarse al batallón Taifoun, unidad de fuerzas especiales de Ucrania dedicados exclusivamente a sistemas de vehículos aéreos no tripulados. “Un amigo me dijo que este equipo necesitaba un experto en fibra óptica y decidí unirme”, explica.
Su trabajo, dice, no es muy diferente al realizado en la instalación de conexión a Internet en viviendas de Kiev. Lo que cambia es todo lo demás que gira a su alrededor. “Hago cosas parecidas a novel técnico y me gusta. Pero lo que más me afecta es que no puedo ver a mi familia tanto como me gustaría”, lamenta el militar.
María y la adolescencia robada
María atiende las peticiones de los clientes tras la barra de una conocida cafetería de Kiev. La joven, de 18 años, tenía solo 14 cuando la guerra empezó. Para ella la invasión rusa le ha arrebatado la adolescencia que empezaba a acariciar cuando, hace cuatro años, Rusia comenzó su operación especial sobre Ucrania. Los bombardeos, la incertidumbre y los rígidos toques de queda le pilló en una mala edad. Los últimos años de estudios los cursó en remoto: “Creo que afectó mucho mentalmente. Me volví más retraída, más callada, más encerrada en mí misma. No me comunicaba mucho con la gente durante esos primeros tiempos en los que apenas se podía salir”, explica la chica, estudiante de Comercio en la Universidad.
“Creo que me han robado algunos años felices, esos años en los que nada importa y solo quieres divertirte”, reflexiona la joven, que estudia por las mañanas on line y trabaja por las tardes.
Sobre las negociaciones de paz, la joven ansía el acuerdo que les devuelva las noches de sueño tranquilas, sin abruptos despertares ante las alertas ni peregrinajes a los refugios de madrugada. “Estoy cansada de pasar tanto tiempo en esos sótanos tan fríos”, dice María, que vive en una residencia para estudiantes en orilla izquierda del río Dnipro, una de las zonas más afectadas por los cortes de luz.
Olga, la profesora que quería volver al colegio
En la ciudad de Jarkov, los bombardeos rusos provocaron daños en los ventanales del colegio 'Liceo 17' donde Olga Nepluyeba impartía clases de español y alemán durante 35 años. Desde 2022, la dirección de la escuela decidió regresar a las clases online como vía para asegurar el avance académico de sus alumnos en condiciones de seguridad. “Funcionaba bien, pero ya eran muchos años sin vernos, sin tocarnos, sin que los niños se pudiesen comunicar con sus compañeros”, reflexiona Nepluyeba.
A las ganas del regreso a la presencialidad se sumaban las dificultades para conectarse debido a los frecuentes apagones o la necesidad de sus alumnos de desconectarse durante las clases para bajar a un refugio en caso de alarma antiaérea. En septiembre del año pasado, la escuela abrió esta nueva versión de sí misma. Ahora, las clases se han trasladado un sótano construido específicamente para levantar una escuela desde cero. Nepluyeba recorre sus pasillos con energía y orgullo. Ha seguido de cerca la evolución educativa de sus alumnos durante los años en los que muchos huyeron de Ucrania al inicio del conflicto. “Dábamos clases y estábamos todos repartidos, no era fácil. Y, los que se quedaban, no podían asistir muchas veces por los fallos de electricidad o las alarmas antiaéreas... Teníamos ganas de volver”, dice la maestra.
Ahora, la profesora ha vuelto a ver a sus alumnos en persona, abrazarlos y a enseñarles sin una pantalla como intermediario. “Lo necesitábamos”, dice la mujer en la sala de estudios excavada bajo tierra.
Harta de ser refugiada, Nina se alistó en el Ejército
Nina tenía 26 años cuando Rusia comenzó a atacar su país por tierra mar y aire el 24 de febrero de 2022. Los ataques la despertaron en la ciudad de Dnipro, donde vivía con su familia. Días después, la joven salió del país junto a su madre y sus hermanas, como lo hicieron cientos de miles de ucranianas en los primeros meses de la contienda. Se instalaron en Noruega, desde donde Nina solía trabajar en remoto como diseñadora digital. Su empleo on line le permitió viajar por distintos lugares.
Su Instagram muestra imágenes de paisajes paradisiacos durante los primeros años de la guerra hasta que el año pasado tomó la decisión de volver. “Sentía que no era mi lugar, necesitaba volver a mi país y hacer lo que pueda para ayudar”, explica la treintañera en una exposición de un conocido centro cultural de Járkov. Nina regresó a Ucrania y se alistó voluntariamente en el ejército como sanitaria militar. Tras meses de formaciones, ahora está destinada en uno de los centros médicos de “estabilización”, uno de los espacios bajo tierra donde los combatientes heridos son enviados para la primera atención sanitaria de urgencia cerca del frente, antes de ser derivados a un hospital oficial.
“Estoy viendo situaciones muy duras, cosas que nunca imaginé que iba a ver antes de la guerra, pero me había preparado mucho para ello”, añade la mujer. “Mi vida ha cambiado completamente”, añade. Sobre las negociaciones de paz, es tajante: “No creo que sirvan de nada. Estoy convencida de que esta guerra se acabará cuando uno de los dos la gane”, sostiene la militar, quien rechaza la posibilidad de que
Los niños que dejaron de serlo en la guerra
Acaba de salir de la escuela y Stanislav se ha introducido en un tren parado en un barrio de la orilla izquierda de la ciudad de Kiev. No va a viajar, solo acude a calentarse. Es uno de los lugares habilitados de emergencia en la región para paliar la crisis energética. El adolescente, de 14 años, solo tiene horas limitadas de luz al día y carece de calefacción. El frío de menos 14 grados que congelaba Kiev la semana pasada le empujó a hacer una parada junto a un amigo para templar sus cuerpos de camino a casa.
La invasión rusa empezó cuando solo tenía 10 años. Cuando se le pregunta cómo le ha afectado la guerra, dice que apenas percibe el impacto de la contienda en su vida pero está en un tren parado en medio de la nieve para calentar sus manos. Sus palabras evidencian que, más que no afectarle, percibe sus consecuencias como parte de su vida porque apenas conoce otra cosa. Ha crecido entre cortes de luz, sirenas antiaéreas y bombardeos en una ciudad que no es de las más azotadas por el conflicto. “Como he crecido cuando ya había aguerra, a mí no me afecta mucho. Veo que lo pasan peor mis padres, porque tienen más problemas de dinero, temen que mi padre sea llamado al frente y les veo sufrir mucho cada día”, explica el menor. “Quizá he tenido que crecer de repente”, añade el chaval, que en vez de hablar de sí mismo se preocupa por las consecuencias en la vida de sus familiares y de “los otros niños en las regiones más cercanas al frente”.
Masha tenía nueve años cuando las tropas rusas ocuparon su ciudad. Dice no recordar el mes que pasó encerrada en casa durante el inicio de la guerra. “Era una niña”, dice de lo ocurrido hace cuatro años. “Quizá es el shock”, añade sin darle mucha importancia. Un tiempo después, se trasladó con su familia a Kiev en busca de un lugar más tranquilo bajo control ucraniano. Tras la liberación de su ciudad, Balaklia, regresó a casa. Desde entonces se ha adaptado a la vida en guerra, pero está cansada de los constantes bombardeos de drones Sahed rusos que azotan su localidad y la despiertan por las noches.
Quiere que llegue la paz, dice, para estudiar de manera tradicional, sentados con el resto de su clase en un aula en la que poder encontrarse cada día con sus compañeros. De momento, sigue siguiendo on line las asignaturas, aunque por las tardes acude a una escuela subterránea creada por sus profesores tras la destrucción de su anterior colegio con el impacto de dos drones rusos el pasado mes de marzo. También desea el final de la guerra para sentir “más libertad”. “Me gustaría tener más libertad para ir a mis amigos, salir con ellos, hacer cosas, vivir experiencias... pero mis padres están muy preocupados por la guerra y tengo muchas restricciones”, lamenta la chica, de 15 años.
No se atreve a planear que querría ser de mayor. “Prefiero pensar a corto plazo, por ejemplo, en aprobar mis próximos exámenes”, dice entre risas.
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