De la Tintoretta a la reina “tapada”: los tesoros de la desconocida biblioteca del marqués que fundó el Museo del Greco
Todos los museos tienen su propia biblioteca. La fusión entre los libros y el arte es histórica, necesaria y a veces algo misteriosa. El Museo del Greco de Toledo, de titularidad estatal, no es una excepción, y además, alberga una de esas bibliotecas casi desconocidas, recónditas, eclipsadas por la pinacoteca dedicada al pintor cretense y por la recreación anexa de que la fue su casa en esta ciudad.
Pero no fue ese el deseo del fundador de este museo. Quiso libros desde el principio. El marqués Benigno Mariano Pedro Casto de la Vega-Inclán y Flaquer, militar y político español fue uno de los máximos artífices e impulsores del desarrollo del turismo en España. Promovió innumerables proyectos culturales de finalidad pública. Y cuando puso sus ojos en Toledo, emergió también su faceta como pintor, además de arqueólogo, poeta y articulista.
Uno de sus sueños se cumplió en 1911 cuando abrió sus puertas en Toledo el Museo del Greco. Fue un éxito total. Pero, con el tiempo, en paralelo al esplendor de este espacio y a la ficticia casa del pintor, fue adquiriendo libros y más libros, que con el tiempo conforman la hoy denominada ‘Biblioteca del Marqués’ con más de un millar de ejemplares que van del siglo XVI al siglo XX.
Actualmente, es una de las instalaciones menos conocidas pese a que guarda auténticos tesoros. Con motivo del Día del Libro, este medio ha podido conocerla en detalle de la mano de su bibliotecario, Israel Marín. Cuenta que en sus inicios, el marqués la concibió como una biblioteca privada, personal, al estilo de las que tenían los ateneos de diferentes ciudades a principios del siglo XX. Significa que solo podían usarla personas de su círculo más allegado, sobre todo intelectuales, con los que tenía relación y amistad.
Hoy en día, hay una parte que es pública y está en exposición permanente y en unos meses, el Museo confía en poder exponer más fondos. “Sobre todo interesará a investigadores, estudiantes y gente interesada en temáticas concretas”. Esto es así porque se trata de una biblioteca especializada en temáticas muy variadas: desde El Quijote, la historia de Toledo, la historia del arte, la figura de El Greco, hasta la pintura, pasando también por la botánica, diversas ingenierías y la arquitectura.
Una curiosidad: no hay novelas. Está concebida desde sus inicios con fondos de carácter enciclopédico, colecciones en varios volúmenes, pero también ejemplares únicos. “Es muy técnica, como son casi todas las bibliotecas de los museos, que sirven para prestar un servicio documental a la institución”, explica Marín.
El libro más antiguo es del año 1595, el 'Xenophontis Opera Omnia', editado por Filippo Giunta en Florencia en 1516, que contiene las obras completas del autor griego Jenofonte, y que fue donado por la Biblioteca Nacional y está en una sala de exposición permanente.
Hasta la arquitectura de la biblioteca tiene historia. El marqués de la Vega-Inclán encargó que los muebles de la misma se hicieran a imitación de la del Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Hoy en día está dispuesta de manera diferente a sus orígenes, de forma que en su sala principal están los volúmenes en exposición pero también cuadros. “De esta manera, ha pasado a ser como una pieza de museo más”.
Como estamos en el Museo del Greco, ¿qué nos cuentan sobre el pintor algunos de sus ejemplares? “Hablan principalmente de su figura, de su obra. Hay catálogos de las primeras exposiciones que se hicieron sobre él, y también mucha bibliografía que se relaciona con su formación, con su paso por Italia y con su origen cretense”. Del total de los fondos, un 20% son de esta temática.
Pero hay un libro muy especial. Una conferencia sobre su pintura que realizó en 1912 un estudiante de ingeniería llamado Carlos G. Espresati, cuyo profesor quería que sus alumnos “trabajaran también su vena artística y creativa”. A raíz de ello el autor escribió una conferencia “muy apasionada, llena de mociones” sobre el pintor.
Se trata de lo que se denomina “literatura gris”, aquella de la que hay muy pocos ejemplares. De hecho, el que tiene esta biblioteca es único, encuadernado con mylar, material transparente que se utiliza principalmente para proteger libros y documentos para su conservación.
El mayor tesoro de la biblioteca es su único manuscrito, del siglo XVI. Ya existía la imprenta, pero está realizado a mano y encuadernado en pergamino. Llamado ‘Papeles sueltos’ y de autor desconocido, aborda la cuestión de la “pureza de sangre”. “Por entonces era de lo más normal que las personas que querían acceder a cargos públicos demostraran que no tenían ancestros judeoconversos y islámicos. El libro aborda toda esta cuestión”, detalla.
Resultan igualmente muy significativas tanto las fichas de búsquedas y catalogación más antiguas como otros ejemplares del siglo XVI: entre ellos uno de Gutiérrez de los Ríos, encuadernado ya en el siglo XX en el que establece las diferencias entre las artes liberales y las artes mecánicas, centrado principalmente en el dibujo.
Y pasando al siglo XVII, el bibliotecario se detiene un libro que recopila autores italianos del Véneto. Su mayor curiosidad es que está incluida la pintora Marietta Robusti, hija de Jacopo Comin, Tintoretto. Conocida como la Tintoretta, se encuentra dibujada en lo que Israel Marín destaca como un intento de “sacarla de la oscuridad” pese a que en esos tiempos no estaba bien visto que las mujeres destacaran por su creatividad artística.
Del siglo XVIII, la 'Biblioteca del Marqués' alberga igualmente seis volúmenes dedicados a los reyes y reinas de España, elaborado por Manuel Rodríguez. De uno de ellos destaca el dibujo de Juana de Castilla, retratada junto a su esposo Felipe el Hermoso, por entonces regente. Pese a que la monarca aparece en un segundo término casi “tapada”, enarbola la corona de reina.
Avanzando de nuevo un siglo, Israel Marín extrae una iconografía del Quijote del siglo XIX, obra de Francisco López de Fabra. De la misma destaca, aparte de sus dibujos, el cambio en la tipografía, derivado de que los libros, por entonces, dejaron de ser “bienes de lujo” debido a que se extendió la alfabetización. Eso hizo que muchos de ellos perdieran calidad en sus páginas y encuadernaciones, pero también permitió que aumentaran los lectores y lectoras de todo el mundo.
La última incorporación a la biblioteca es un libro de 1908 del historiador del arte y pedagogo Manuel Bartolomé Cossío. Trata sobre la figura de El Greco y es “relativamente importante” porque supone la base fundacional del propio museo. Está formado por dos volúmenes: el primero es su biografía y el segundo un estudio sobre su obra.
Otra curiosidad que va más allá de los libros es que el marqués adquirió muchos de los ejemplares a través de la biblioteca de Cánovas del Castillo y Vallejo, sobrino de Antonio Cánovas del Castillo, político conservador de la época de la Restauración. Heredó la biblioteca de su tío y la conservó. Después la adquirió su actual dueño, pero muchos de ellos llevan el sello originario de esa biblioteca.
Este legado del marqués es sobre todo la huella del foco que puso en Toledo. Como “aventurero cultural”, a principios del siglo XX se percató de que la figura de El Greco se empezaba a revalorizar. Tras la mencionada publicación en 1908 del sobre el pintor que publicó Manuel Bartolomé Cossío, se decidió a impulsar la restauración de la casa del pintor en Toledo.
Del museo a la “recreación” de la casa de El Greco
El marqués compró un conjunto de propiedades compuesto por un solar en el cual había bóvedas derruidas y una casa construida hacía poco tiempo; a todo ello le añadió una finca anexa. La obra se ejecutó bajo la inspiración del marqués y la ejecución técnica del arquitecto Eladio Laredo. Se componía de casa y jardín, cerrados por una tapia y varias construcciones de servicio.
La casa adquirió pronto mucha popularidad, a pesar de su discutido rigor histórico y de situarse cerca de donde vivió el artista, pero no exactamente en el mismo solar.
Asimismo, en 1907 el marqués expuso al Congreso de los Diputados su propósito de ceder un edificio para museo, independiente de la casa. La Cámara lo aceptó y el marqués llevó a cabo las obras partiendo de un antiguo palacio renacentista como base.
Terminadas las obras del Museo, y formalizada la aceptación por el Estado del mismo, el 27 de abril de 1910 se constituyó el patronato encargado de su gestión, compuesto por personalidades del arte, la cultura y la política, y el 12 de junio de 1911 abrió al público.
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