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Sostener la mirada a los náufragos

El repunte de pateras a Andalucía, a los 30 años de la primera, llega en plena ola neofascista europea. Y revela, con sólo asomarse a los puertos de rescate, que con los migrantes, son los derechos humanos los que están naufragando.

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Ochenta migrantes rescatados este viernes 6 de julio. María Iglesias / Tarifa (Cádiz)

Semanas y meses oyendo, en el matinal de radio, el parte de rescate de migrantes en el Estrecho de Gibraltar. El borboteo del café, mezclado con el recuento de hombres, mujeres, menores, magrebíes o subsaharianos. Supervivientes y ahogados. Lo vengo escuchando, con altibajos, desde que recuerdo. La primera patera con muertos llegó a Andalucía hace 30 años. Tanto tiempo y víctimas que el drama que se ha normalizado. Se nos ha convertido en rutina, hasta cansina. Pero en 2016, bomberos andaluces fueron a rescatar a huidos de la guerra siria, en Lesbos, y yo, tras ellos. En la noche oscura del Egeo opuesto a mi Mediterráneo, vi con mis ojos el espanto que lleva tres décadas junto a las playas gaditanas, atlánticas, de mi infancia, donde ahora, llevo a mis hijos a disfrutar del mar.

Las informaciones dicen que en junio, las costas andaluzas han recibido a  más migrantes que Italia, Malta y Grecia juntas. Las noticias alertan de que Italia cierra sus puertos a las ONGs y, vía su fascista vicepresidente Salvini, también a buques militares europeos. Ha empezado por los 106 salvados por la patrullera irlandesa Samuel Beckett: 93 hombres, 11 menores y dos mujeres, una embarazada. Austria, con su gobierno del derechista canciller Kurz en coalición con la extrema derecha, ha asumido la presidencia europea, de julio a diciembre, anunciando el endurecimiento de la política migratoria, el blindaje de las fronteras exteriores, la  reactivación de las internas y cuestionando el derecho de asilo en la UE.

“Va a ser un verano caliente”, es la frase coincidente de fuentes campogibraltareñas, desde periodistas, a rescatadores, ONGs, guardias civiles y policías. Al fin, recorro, en coche, los 65 kilómetros que debí hacer años atrás, desde mi pueblo paterno a Tarifa, y otros 20 a Algeciras. Vergonzosamente tarde. Lo sé y lo asumo. No resta un ápice a lo impactante.

El tráfico de pateras, no es línea regular de ferry. Por eso les cobran 600€ en vez de 60€ por billete y el trayecto tarda, en vez de una hora, tiempo indefinido, si no acaban hundidos. Por eso, puede que cuando la periodista vaya, con su portátil, cámara, y permisos, no vea nada. Pero ha habido suerte. Para ella. La Salvamar Arcturus, de Tarifa, aparece a media mañana con ochenta rescatados. Desafortunados, ellos, sin embargo. Porque, pese a salvar la vida, en este punto criminal por su oleaje, viento, las corrientes hijas de mar y océano, y el tráfico constante de inmensos mercantes, al no llegar clandestinamente a costa, sino interceptados, y no ser subsaharianos, sino marroquíes, serán repatriados de forma más rápida y automática. Ya se delatan, al bordear la bocana: “Spain good, Marruecos no good!”.

Con Marruecos, a diferencia de otros países africanos, hay acuerdos de deportación. Es para España y Andalucía “vecino, socio y amigo prioritario”. He oído el mantra en decenas de bocas de nuestros mandatarios. Fue lo que le dijo, este enero, la diputada andaluza del PSOE, Ángeles Ferriz, al padre de Nasser Zefzafi, cuando vino al Parlamento autonómico a implorar ayuda para él y los cientos de activistas encarcelados del Hirak, ese movimiento pro derechos humanos en el Rif, que nació tras la trituración de un vendedor de pescado en el camión de basura del que recuperaba el que le requisó la policía. Hace dos semanas la justicia marroquí condenó a 53 de ellos, a 300 años de cárcel. A Zefzafi y otros le han caído 20 años. A muchos 15 y 10. 

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Efectivo de la Guardia Civil custodia a los migrantes desembarcados. María Iglesias / Tarifa (Cádiz)

“Hay más furgones de lo habitual porque los marroquíes se revuelven más”, advierten fotógrafos. “Hoy aquí”, clama en francés un chaval entre los desembarcados, en un poyete, vigilados. “Mañana Marruecos”, sigue. “Pero en siete días otra vez aquí. Hasta conseguirlo o morir. Porque allí no se puede vivir”.

El alférez de la Guardia Civil, me había dicho antes que no, que no les hablara. Así que me mantuve cerca, pero callada. “Periodistas”, nos interpeló, entonces, un señor mayor. “¿Qué miráis? ¿Por qué hacéis fotos o grabáis? No somos animales. ¿Por qué no contáis la verdad? Venimos del Rif, han condenado a quienes nos defendían. Mirad lo que nos hace allí la policía”, y cogiendo del codo a un joven, le levanta para enseñarnos un tajo en su muslo. “Lo sé, lo sabemos”, le respondo en francés. “He escrito de eso”. Pero el alférez, desde lejos, me grita que silencio.

Así que miradas nada más. Suyas y mías, queriéndonos comunicar. Igual que por la tarde, en el inmenso puerto de Algeciras, al que a las cinco y media llega, el Luz de Mar, con otros 80. Yo diría que marroquíes, muchos menores, entre ellos, tres chicas. Algunos aplauden, hacen la "V" de victoria y, con las manos, un corazón de afecto a España. “¡Marruecos no!”.

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Jóvenes rescatados en el Luz de Mar hacen gestos de victoria y afecto a España. María Iglesias / Algeciras (Cádiz)

 

A esas horas, no obstante, el alcalde de mi ciudad, Sevilla, el también socialista Juan Espadas participa, justo en Chefchaouen, en el I Foro de Ciudades Intermedias, “para impulsar un desarrollo sostenible local, nacional e internacional y cumplir con los objetivos de la ONU entre ellos la lucha contra la pobreza y el cambio climático”. Un encuentro político como paralelo, ajeno, a la realidad que estoy viviendo.

Voluntarios de Cruz Roja, y efectivos de cuerpos y fuerzas de seguridad, insuficientes y cansados de lidiar, en primera línea, con las consecuencias de la funesta política exterior europea. Representada, aquí, por un sobredimensionado equipo de Frontex dedicado a fotografiar chalecos salvavidas, restos de pateras y anotar informes –además de sobresalir en lo borde-.

Más un equipo de Salvamento Marítimo asombroso. No ya el puesto de control que, desde luego, sorprende técnicamente frente a la situación en el Egeo, sino el equipo humano, que atiende los avisos y sobre todo los que salen a rescatar. Marinos que dependen del Ministerio de Fomento, porque su tarea tendría que ser actuar ante contingencias fortuitas en mercantes, ferrys de turistas o veleros de recreo. No de Exteriores, ni Interior porque lo suyo no es la gestión de la migración. Sin embargo, ahí llevan, día a día, guardia a guardia, 30 años que se escribe rápido. Con mucha más entrega y corazón que personal, salario y descanso. “El color naranja yo…”, “Pues yo, los guantes de fregar... O cualquier látex… Me huele a cadáver”.

Es muy difícil sostener la mirada a los náufragos. Y a quienes los rescatan. Que te miran, compartiendo la certeza de que, colectivamente, también nosotros estamos naufragando.

 

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