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La manera correcta de equivocarse

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

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Hasta hace unos días, no he alcanzado a comprender el alcance misterioso de una extraña frase que me dio a conocer el malogrado y excelente poeta Carlos Wamba. Apoyados en el quicio de una destilería sevillana, me contó algunas respuestas a sus exámenes de filosofía en el Instituto donde impartía clases de esa materia tan prescindible para los contables: “Pregunté a los alumnos sobre la duda cartesiana y uno de ellos me respondió: ´Según Descartes, el ser humano tiene dos formas de equivocarse, pero sólo una es la correcta´”.

Ahora, asistiendo despavorido a cómo puede gestionarse una misma crisis desde parámetros distintos, comprendo que, en efecto, podemos equivocarnos en una dirección o en otra, pero solo una puede ser aceptable. Aquí, en la extraña España de hoy, sólo asimilamos y bendecimos las equivocaciones de los nuestros y lapidamos las de nuestros contrarios: para Jorge Fernández Díaz el gran escándalo es que el Rey no reparta los despachos judiciales en Barcelona pero lo de su Kitchen es tan inocente como cuidar de un tamagochi o sembrar un bonsai. Sólo los equidistantes condenan unos errores y otros; pero a menudo lo hacen desde la insolencia de quien cree no cometerlos nunca cuando la equidistancia ya es, en sí misma, un imposible.

Quienes tenemos carnet de conducir, sabemos que un fallo te cuesta 50 euros y otro tres puntos de carnet o que directamente te lo retiren. Así, a lo que vamos, más allá de las banderías políticas y con lo que hoy sabemos, creo que unos y otras podemos colegir que no fue un buen negocio público el pelotazo privado de la sanidad. Que quizá tendríamos que haber hecho caso a nuestros clásicos y prever lo del pan para hoy y hambre para mañana. La Salud, la perla de la corona de nuestra democracia, resultó que la habíamos empeñado en el Monte de Piedad y la habíamos sustituido por un zarcillo de bisutería. Esa es una equivocación chunga y ahí podemos ser más equidistantes, ma non troppo: tanto PP como PSOE apostaron por esa vía, en mayor o menor medida, desde sus diferentes poderes institucionales, pero ese podio lo presidieron los conservadores y hay que reconocérselo: en cambiar las tarjetas de la sanidad pública por una tarjeta de crédito son unos auténticos campeones.

Pero hubo gente que los votaba. El pueblo es sabio, ya saben, pero a veces se distrae. Y no siempre se equivoca de una manera correcta. Tanto tiempo votando a quienes malbarataban los servicios públicos tiene su precio: ahora, ni siquiera podemos arreglarlo con un repelladito de contrataciones de sanitarios, aunque sean por horas.

Pero también están las equivocaciones legítimas: a comienzos de este mes y sin duda llevado por su entusiasmo por la ciencia y por las noticias amables, el consejero de Salud y Familias de la Junta de Andalucía, Jesús Aguirre, un auténtico discípulo de Rajoy al hablar por ejemplo de las familias y de las personas, según vivan o no vivan en la misma casa, aseguraba que la vacuna de Oxford iba a a estar lista para finales de noviembre y un mes después ya dispondríamos de 250.000 y 300.000 lotes. Al final, la investigación hizo un Fernando Alonso y aún no sabemos cuando llegaremos a la meta.

Andan las hordas fachas, desde el kilómetro 0 de esta masacre, reclamando la cabeza de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias, por su nefasta gestión de la crisis: hoy son Venezuela, mañana son Mengele. Aun faltan diez minutos para que les acusen de ser los bedeles del laboratorio de Wuhan, que rompieron las probetas donde estaban los murciélagos.  Sin embargo, esa misma tropa eleva a la categoría de Honoris Causa a Isabel Díaz Ayuso, por su celebrada estrategia para despistar al virus: hoy pido el desconfinamiento cuanto antes, mañana le reprocho al Gobierno que no haya tomado medidas más enérgicas cuando yo soy incapaz de tomarlas; hacen falta siete mil médicos que no hay, pero que me manden policías, militares y guardias civiles; nos hacemos un Vanity Fair con más banderas que en la ONU y al día siguiente estrenamos la Batalla del Jarama, barrio por barrio y zona confinada por zona restringida.

Su procés a la madrileña está llamado a convertirse en el plato de moda en Casa Lucio. Sabíamos que Madrid era mucho Madrid, pero ahora, desde el ayusismo, Madrid es más que nada: cualquier día quedará en Zaragoza con el que sustituya a Quim Torra para intercambiarse banderines del 2 de Mayo y de la Diada.

Pablo Casado, aun cambiando de portavoces, no se sabe muy bien si ha pasado del magisterio de Aznar al de Calvo Sotelo pero sigue siendo más partidario del quítate tú para ponerme yo, que de echar una mano

El Madrid de Díaz Ayuso no es el de la gloria, sino el del rompeolas de todas las tormentas del Covid-19. Por mucho que mole la arrogancia de chotis de su presidenta, está incurriendo en un error gordo y no solo con la crisis del coronavirus. Es verdad que Madrid no es cualquier cosa. Es la plaza pública donde debería converger el resto del Estado y donde lo ha hecho históricamente: desde los polacos catalanes a los fiesteros del sur, esa ciudad ha sido tierra de nadie, porque es tierra de todos. A la manera que lo fue la Tánger internacional o, más pret-a-porter, el Nueva York, esa metrópolis donde cabe el mundo porque el mundo la hace más fuerte. Habrá que hacerle un himno nuevo a Madrid, quizá partiendo de aquella vieja idea de Víctor Manuel: aquí cabemos todos, o no cabe ni Dios.

Cómo no va a equivocarse un alcalde que se enfrenta a una pandemia desde los menguados recursos de las arcas consistoriales. Cómo no van a equivocarse Salvador Illa y Pedro Simón, si esta situación es más propia del Cuarto Milenio de Iker Jiménez que del Salud para Todos, porque no la hay. Cómo no van a equivocarse los que han estado preparado lotes de comida para indigentes, al mismo tiempo que planificando el negocio turístico para ver si vienen turistas, y no vinieron, buscando clavos ardiendo que no arden, cartas en la manga que no están; mientras que promulgan subvenciones para tapar agujeros e ingresos mínimos vitales. Me gustan más esos errores que cuando la crisis de 2011 el Gobierno del PP cuidó más de los máximos empresariales y a los otros les dedicó prácticamente la indiferencia del olvido. Sin embargo, todavía me pregunto por qué una maniobra financiera de tan dudoso calibre como la de Bankia hace salir de rositas a sus responsables y colocar una pancarta en un parlamento para al poco retirarla puede costar la inhabilitación política del presidente de la Generalitat.

Frente al griterío de los cayetanos del barrio de Salamanca, el Gobierno se ha equivocado mucho pero lo ha hecho, al menos, con buenos modales, como pidiendo perdón con la boca chica. ¿Cómo no equivocarse si no tenemos mapas que nos saquen realmente de la deriva del Covid y ha habido que elegir susto o muerte, depresión económica o mortandad, como no podía ser de otra manera? Al frente, Pablo Casado, aun cambiando de portavoces, no se sabe muy bien si ha pasado del magisterio de Aznar al de Calvo Sotelo pero sigue siendo más partidario del quítate tú para ponerme yo, que de echar una mano. Como la ecuación que acaba de enunciar Nuñez Feijóo, desde Galicia, es preferible más epidemiología y menos ideología en asuntos que tienen que ver con vivir o morir, como diría Brassens, por las ideas pero lentamente, de muerte natural y muy-muy tarde, a ser posible.

Quizá, tendremos que aceptar que los científicos se equivocan, pero los políticos también. Como se equivoca el pueblo, de tarde en tarde, cuando vota, por muy sabio que sea. Tal vez la única manera de equivocarse de manera correcta en esta crisis sería practicar más la suma y la multiplicación que la división y la resta. Pero para la matemática hace falta mucha humildad. Y algunos de nuestros responsables públicos lo único para lo que utilizan dicha herramienta es para contar votos o cuentas en B. Y, de filosofía, hace ya mucho tiempo que no hablamos.

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