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Retrocediendo en el tiempo...

Vista de una manifestación a favor de aborto, el 24 de junio de 2022, en Nueva York. EFE/Justin Lane

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De pequeña fui, sin saberlo, una progre convencida: sostenía una fe –ahora sé que infundada- en que los procesos históricos servían para abrir y avanzar cada vez a mejor paso. Cuando fuera grande -soñaba- las mujeres estaríamos completamente liberadas de tanta imposición vendida en frascos de belleza y virtud; las posturas xenófobas serían una cosa del pasado tan vergonzante como la expulsión de los judíos en 1492 o la persecución de los gitanos de 1749; a las niñas y a los niños no se les pegaría ni se abusaría de ellos; las enfermedades raras estarían todas investigadísimas y erradicadas; no habría guerras, vestiríamos hules metalizados y por fin podríamos encender la luz de casa dando un par de enérgicas palmadas. En mi idea del porvenir no cabía la involución.

Obviamente, me he comido una pared. Ahora, que ya es el futuro, reconozco que mi error es más grande del que jamás podría imaginarme. Ni en mis peores previsiones cabía la probabilidad de que, en el lejano 2022, el Tribunal Supremo de Estados Unidos revocaría la sentencia histórica de 1973 que garantizaba el derecho al aborto en aquel país. De un plumazo hemos retrocedido medio siglo. “Han sido tres jueces nombrados por Trump los que están en el núcleo de esta decisión. No se equivoquen, esto es una decisión que viene de un esfuerzo deliberado. Es una realización de una ideología extrema”, ha dicho Biden. Saber de dónde viene la involución no es suficiente para evitarla. El mundo tecnodesarrollado retrocede en materia de derechos y libertades al paso de las balas.

Quienes dicen estar contra el aborto no suelen estar contra el aborto. Están contra el derecho a abortar, que es distinto

Quienes dicen estar contra el aborto no suelen estar contra el aborto. Están contra el derecho a abortar, que es distinto. Evitar los abortos (o, dicho de mejor manera, propiciar que cada vez menos mujeres tengan que llegar a verse en la situación de interrumpir su proceso de gestación) es estar a favor de la educación sexual en las aulas, de la información y el acceso a métodos contraceptivos, de la construcción social del deseo también desde las mujeres, de la ampliación de los referentes más allá de la pornografía falocéntrica, violenta y vejatoria, de la erradicación de las violaciones, abusos, violencias machistas y sus causas, y de la soberanía plena de las mujeres sobre sus cuerpos y sus vidas. Este es el único camino. Que el número de abortos fuera cada vez menor sería indicativo de una sociedad avanzada, feminista, igualitaria, con derechos consolidados, consciente y libre.

Estar contra el derecho al aborto, en cambio, es otra cosa. Estar contra el derecho al aborto es ser partidario de favorecer todas las condiciones para la realización de abortos sin garantías ni seguridad, en un garaje, o en la trastienda de una peluquería. Es estar a favor de auténticas carnicerías. Y de la hipocresía. Y de un negocio lucrativo. De trocar un derecho en un privilegio. De castigar socialmente y perseguir jurídicamente a la mujer que aborta. De la desigualdad social. Es propiciar que se practiquen abortos en avanzados estados de gestación. Es impedir que las mujeres puedan tomar por sí mismas decisión tan íntima y trascendente. Es estigmatizar y convertir en las más grandes pecadoras a las que deciden en tiempo y forma no seguir adelante. Es decirles a las mujeres que no tienen derecho a decidir sino la obligación de acarrear, con resignación y excelencia, con todas las consecuencias. Es comprar el marco teórico de la ultraderecha. Lo contrario al derecho al aborto no es la autodenominada provida: es la barbarie.

Malos tiempos estos, en los que hay que recordar operaciones lógicas tan elementales como esta: que exista el derecho al aborto o a la eutanasia no obliga a nadie a interrumpir su embarazo o a solicitar poner fin a su vida

Malos tiempos estos, en los que hay que recordar operaciones lógicas tan elementales como esta: que exista el derecho al aborto o a la eutanasia no obliga a nadie a interrumpir su embarazo o a solicitar poner fin a su vida. Dicho de otro modo, respetar la moral, la libertad y las creencias personales de cada cual. Malos tiempos estos, en los que al presidente del país cuyos jueces trumpistas derogan el derecho al aborto apenas se le oye levantar la voz. Malos tiempos estos, en los que el tecnodesarrollo puede servir para perseguir y encarcelar a las mujeres que acudan a abortar. Al menos está el consuelo de que Google ha prometido borrar de su historial de ubicaciones las visitas a clínicas abortistas, pero… qué futuro más pasado nos está quedando.

Hablando de Google: al final de cada mes, esa especie de oráculo virtual me envía, de su bella gracia, una notificación en la que me pregunta si quiero ver el historial de lugares en los que he estado en las semanas anteriores, o cuánto he caminado o cualquier otro dato del control al que nos encontramos, sin pretenderlo, expuestos. Cuando le digo que sí, me aparece una ventana que reza: “Retrocediendo en el tiempo…”. Me inquieta demasiado esa frase. Vista la deriva que lleva el mundo, el día menos pensado nos encajamos en el alto medievo.

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