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Inma Lobato, el flamenco como intervención social

Inma Lobato lleva más de 23 años poniendo su arte flamenco al servicio de las personas que más lo necesitan. 

La bailaora viaja todos los veranos desde hace 11 años a Los Balcanes para "crear sensación de bienestar y repartir algo de alegría" entre personas traumatizadas por la guerra. 

'Sin ruido' es un documental que muestra cómo el flamenco terapeútico es ya una realidad.

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Inma Lobato lleva más de 23 años impartiendo sesiones de danza terapia.

Inma Lobato lleva más de 23 años impartiendo sesiones de danza terapia.

Que el flamenco cura el alma es una frase recurrente entre los aficionados y amantes de este arte. La alegría y el dolor se ha canalizado a través del cante y el baile durante generaciones en Andalucía. Inma Lobato conocida como La Polvorilla siempre lo tuvo claro. "Yo estudié baile en Sevilla con Matilde Coral, pero siempre me gustó la vertiente más social del flamenco, esa que ayuda a los demás a sentirse bien con uno mismo y con los demás".

Esta gaditana de Sanlúcar de Barrameda ha sido una pionera en toda regla. Hoy día la danza terapia ha abierto nuevas vías y los cursos de flamenco combinado con yoga o técnicas de respiración se van haciendo un hueco en el mercado. No obstante, Inma lleva más de viente años dedicándose a ello. "También me he formado en cuestiones terapeúticas y en cómo la respiración o los estiramientos pueden ayudar a las personas", cuenta. Fundamentalmente trabaja con mujeres y niños y en Sanlúcar imparte sus clases a través de la escuela municipal: "Este es un proyecto personal y vital, pero cuando el ayuntamiento vio los resultados, el efecto que tenía en los vecinos, decidió apoyarlo", añade. 

Inma Lobato, que derrocha vitalidad y empatía, explica cómo llegan las personas a las que imparte sus cursos de danza terapia, " Yo no segrego a las mujeres en las clases. Llegan con todo tipo de problemas: depresiones, mujeres maltratadas, con cáncer o con el síndrome del nido vacío", sostiene. Y abunda en este tema: "En los pueblos, las mujeres están acostumbradas a ser las que cuidan de la familia, las que se preocupan por todo. Y cuando se quedan solas, ya no se sienten útiles. Yo sólo hago que se abran al mundo, que se enfrenten a sus miedos y se sientan mejor", remarca. 

A la pregunta de si se siente emprendedora, esta bailaora, que es un firme defensora del flamenco como intervención social asegura: "Cuando a uno le sale de dentro algo, tiene un interés, se marca el camino, comienza a recorrerlo y busca lo que quiere en la vida. Eso es lo que he hecho". Lobato cree que el flamenco tiene una fuerza, una energía y una vitalidad íntrinseca. "La gente entra en la clase y en cuanto suena la música comienza a sonreír. Al final la técnica es lo de menos", explica. 

Desde hace 11 años, a través de la Asociación La Argentinita, Inma Lobato viaja cada verano a Los Balcanes para dar sus clases con personas que han pasado por experiencias tan traumáticas como la guerra, la separación de sus familias o la pérdida de algunos de ellos. " Desde hace cinco años contamos con la subvención del Instituto Andaluz del Desarrollo Flamenco gracias al cual todas las personas pueden venir gratuitamente y nosotros podemos seguir impartiendo las clases", afirma. 

Según Lobato, "a mis clases puede venir todo el mundo. Muchas veces, y más en Los Balcanes, son personas que se encuentran mal, con traumas, han podido pasar por maltratos, vejaciones o violaciones. Yo siempre digo que yo no curo a nadie, busco que se sientan menos raros, que no sean enfermos". 

Jesús Pulpón, el director del documental Sin Ruido,contactó con Inma en cuanto conoció su trabajo y la labor que desempeñaba fuera de España. "Lo mejor del documental ha sido conocer a Jesús. Es un artista y una persona grande. Estuvo un año entero detrás de mí, hemos compartido la vida. De ahí que haya salido un trabajo sutil y hermoso. El objetivo no era el ego y la vanidad y creo que se ha conseguido", sostiene. 

Inma Lobato, La Polvorilla, sabe que su trabajo más allá de lo artístico tiene una utilidad y eso le hace feliz. "En las clases se crea una afectividad, una emotividad...Llegan sin tirar de su cuerpo y unas a otras se animan, hablan entre ellas, luego se toman un refrigerio y se sienten un poco más en paz", concluye. 

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