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¿Quién se acordará del Capitán Nemo?

La singularidad y el laberíntico mundo del mar, ámbito de difícil acceso a todas aquellas personas ajenas al mismo

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El complejo acceso explorativo a un campo de estudio antropológico: "Gentes del/a mar, personajes que cobran vidas propias y vidas propias que adoptan figuras de personajes".  Para al capitán Nemo (Zona FAO 41.3.1 y 41.3.2)

Mientras realizaba un trabajo de campo antropológico en una tradicional área marítima como es la Ría de Vigo y delimitaba las unidades de observación para iniciar un estudio etnohistórico sobre pesquería extractiva en el Atlántico Sudoccidental e islas adyacentes corroboré el valor del patrimonio inmaterial, el cúmulo de conocimiento práctico, la firmeza moral casi extinta -entre un perfil tornasolado de Maqroll el Gaviero, un capitán Ahab y un Corto Maltés- y «sin relevo profesional» de buena parte de sus agentes protagónicos: los capitanes, patrones de pesca junto a los subalternos y los mandos intermedios, entre ellos los contramaestres de cubierta, en la demonizada pesca industrial. Un sector donde la marinería ha sido remplazada por la lógica del deslocalizado mercado transnacional, por lo que no hubo oportunidad de realizar observación directa sobre este tránsito, ni obviamente posibilidad de embarque para una investigadora, al menos en las primeras aproximaciones al campo de estudio. Pero inmersa desde tierra se realizan ensayos y se extraen experimentados resultados sobre la singularidad y el laberíntico mundo del mar, ámbito de difícil acceso a todas aquellas personas ajenas al mismo.

El saber vernáculo, acumulado por la experiencia práctica en continuo aislamiento, transferido de modo generacional en las gentes del mar, asombra por su vulnerable persistencia y extraña por el reiterado discurso de lo vocacional de esta profesión en el marco del posfordismo sobre los océanos, junto a la mala prensa que les perfilan como individuos depredadores. De manera que el tradicional saber hacer de éstos –conjugado con el amor y el odio hacia lo marítimo pesquero y la introducción de las nuevas tecnologías de comunicación- resulta enmarañado de transferir en términos conceptuales exactos, porque además la división espacio temporal del mar y de la tierra limitan la comprensión e interacción de quienes están en una u otra frontera de una actividad con múltiples efectos económicos que, a su vez, mantiene claras repercusiones a nivel social, político y cultural.

La singular extraterritorialidad como forma de vida predominante de los individuos que laboran en alta mar durante aproximadamente seis meses, sin apenas pisar tierra firme ni en los breves intervalos de descarga de la mercancía, complica aún más la aproximación a un territorio con un sesgo fuertemente masculinizado, cuyo tejido empresarial agrupado gremialmente reproduce la división sexual del trabajo junto a otras dimensiones organizacionales relacionadas con indicadores de clase y de etnia: conjugación de variables que debilitan el fundamento de la falta de reclutamiento de tripulantes. En este sentido, la incorporación de las féminas -de los estratos más elevados- en diversas franjas temporales no ha resultado ser, en los estudios de casos consultados, una inserción sostenible y ni mucho menos equitativa en estos momentos.

Los nuevos medios

En otro orden, la re-significación de determinadas especies en «productos gourmet» dotaría de mayor viabilidad -como táctica inmediata- un ámbito empresarial tentacular de desaforada inversión y riesgo urgido por el control y la presión normativa sobre la explotación de los mares.

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Desde un enfoque metodológico cualitativo e igualmente estratégico, bajo este encuadre y midiendo las distancias de diversa índole, probamos -ante el dogma de transferir indicadores empresariales al saldo humanístico- a diseñar una propuesta sobre esta inexplorada línea en las ciencias humanas y sociales. Así que tratando de seguir las máximas del trabajo de campo antropológico y las pautas de la observación participante, aunque desde la frontera portuaria; es decir mirando «el toro desde la barrera», comprobamos la dimensión sobrehumana de esta relación entre el hombre y el mar a pesar del despliegue tecnológico de luces y sombras sobre las acciones y la colectividad confinada en alta mar.

Resta decir que los nuevos medios de comunicación y sobre todo el «WhatsApp», para quienes conocieran la falta de privacidad a través de las audiciones por «radio costera», han surtido metodológicamente una expectante interacción entre los interlocutores de tierra y de mar (investigadora versus informantes), una vez intermediadas las partes por un tercer actor de confianza que contribuyera a saldar las reticencias de los informantes y acortara la distancia a favor de la confiabilidad.

Mientras que el dominio de cierto lenguaje común entre las partes ha permitido aproximar el relato antropológico a la investigación. La singularidad del entorno de permanente aislamiento y la disposición de los informantes, por un lado, y la investigadora, por otro lado -es decir, lo que podría parecer una fractura por ocupar distintos espacios físicos simbólicos- contribuyeron, sin embargo, a la fluidez del relato y, junto a otras fuentes trianguladas, a una vía de acceso del conocimiento.

Garantías nutricionales

En este post sólo referiré unas breves anotaciones registradas sobre estos invisibles agentes productivos como parte constitutiva del campo de estudio: puesto que, como sostendríamos en estas conversaciones virtuales, «el pescado no llega solo a la mesa». Y en especial porque entre la tierra y el mar, entre lo público-político y lo privado-doméstico estos mismos sujetos, en cuanto a una pieza del engranaje de la producción y del consumo, transfieren a la mesa un género con las máximas garantías nutricionales. Un género o recurso pesquero dotado culturalmente de atributos –según la variabilidad de las especies- de distinción social que implica, a su vez, una altísima rentabilidad, pero cuya exactitud precisa y cuántica difícilmente será alcanzado por el conocimiento de cualquier disciplina, aunque obviamente se hallan publicitadas estadísticas tanto institucionales como empresariales al respecto.

Entre las unidades de observación registradas e interconectadas entre sí pudimos también establecer otras correlaciones. De ello destacamos: la convivencia a bordo que ha denotado considerables variaciones con el cambio de tripulación junto la introducción de las nuevas tecnologías, el agotamiento desde distintas perspectivas de los mandos superiores a pesar de las retribuciones estimuladas, las faenas jerarquizadas de los tripulantes en alta mar y las técnicas de poder disciplinario históricamente desplegadas. Estas dimensiones abren nuevas líneas de investigación en buena parte inexploradas, mientras que el relato metafórico del marinero entre el barco y la cárcel, en cuanto a espacios de clausura, domina el imaginario y el discurso narrativo de los hombres de mar. Este es justo un enfoque soslayado desde las ciencias humanas y sociales, no digamos ya desde las ciencias experimentales o las propuestas interdisciplinares.

Para más detalle intrahistórico sobre algunos de estos aspectos mencionados -en relación a otros estudios de campo finalizados por nuestra parte- el cuerpo disciplinado favorece un gesto eficaz y la proyección de la disciplina, bajo la inmediatez de las acciones requeridas en alta mar e inclemencias del medio marino, apenas concede descanso corporal y psicofísico en los individuos. Esto último determina el juego de reglas y de técnicas del medio marítimo pesquero de gran altura, así que a partir de ello podemos diferenciar el término de disciplina en el «orden del saber y en el «orden del poder». Sobre la disciplina desde el ejercicio del poder -que tiene por objeto la corporeidad y por objetivo su normalización- es aquella que más ha indagado el conocimiento, por lo que no debemos desdeñar su uso discursivo en esta área extraterritorial y su particular incidencia en el pabellón euroamericano bajo las coordenadas aludidas. Dicho de otro modo, si en la organización interna del barco emerge una microfísica del poder cuyo objetivo fuera producir cuerpos útiles y dúctiles, entonces la disciplina logrará su fin último: aumentar la fuerza económica del cuerpo a través de unas relaciones laborales a bordo de semi-esclavitud, al mismo tiempo que reduce su fuerza política frenada además por el alto riesgo de la actividad pesquera que impone, en última instancia, una lucha por la existencia tal como se trasluce en la experiencia de campo a la cual nos hemos aproximado.

Nuevos consumidores

Ante este panorama y con el retraso al que asisten las nuevas generaciones al mercado laboral -socializados en otros modos de vida, de consumo y promovidos socios culturalmente bajo el impulso de sus antecesores-; más que dificultad de relevo generacional parece haber resistencia y una más o menos amortiguada disidencia por parte de las jóvenes generaciones con titulaciones regladas. No resulta atractivo ni rentable para éstos/as reproducir una forma de vida carcelaria o de semi-esclavitud que reconocemos al sumo detalle por la literatura, la oralidad e intrahistoria y la etnografía. Si la marinería ya ha sido sustituida por mano de obra migrante (en el mar todos los tripulantes confluyen en experiencias como migrantes, aunque no son baladí ni la nacionalización ni el permiso de trabajo), la falta de relevo de oficiales y de mandos incluidos los intermedios, cimbrean las viejas estructuras de un pabellón nada desdeñable en Europa y desde Europa hacia terceros países: de ahí reorientar, además de la presión ambiental y socio laboral surtida «tierra adentro», estrategias compensadoras destinadas al culto en las cadenas alimentarias y en la configuración de nuevos consumidores.

Como Ulises por el canto de las sirenas me he dejado llevar con el fin de experimentar -como tentativa sopesada del nuevo mercado científico- propuestas con un dominio económicamente deterministas cuyo lenguaje dogmático, encapsulado de palabras claves y mágicas, pero vacías y huecas transferidas al área de humanidades y de estudios americanos, resulta una tarea más que desafiante por las incompatibilidades metodológicas y epistemológicas. En esa misma coyuntura, desde una ciudad de provincias, aunque vinculada a las américas, el personal del centro de investigación americanista de Sevilla (al menos quien suscribe estas líneas) sobrelleva el peso y la responsabilidad de su histórica continuidad institucional bajo las reglas del renovado mercado académico científico: ¿habrán hecho otra cosa los investigadores y buena parte de los docentes de este país, más que cambiar de piel y renovarse? Eso quiere decir que criterios de una permanente originalidad y sin tregua en las ideas científicas, innovación, inter disciplinariedad, excelencia y transferencia del conocimiento –inter actores e inter sectores- reconducen nuestras adaptativas líneas de estudio en vistas a las concesiones y evaluaciones pro positivas y, por tanto, marcan la acuciante elección, pero sometida a un credo conceptual transferido de las mal denominadas ciencias puras, experimentales e inclusive empresariales. Sólo bajo esas confinadas reglas del juego parecieran tornase rentables las permanencias de las propuestas y de los centros de investigación humanísticos: ello es una labor imposible por los pasos en los procedimientos no sólo metodológicos y epistemológicos sino por los recursos financieros y humanos que precisa la investigación en nuestra área y que recae sobre nuestras capacidades.

Dicho esto, con reticencias, pero justo desde la disciplinariedad que habita en la práctica investigadora probé a explorar la más emprendedora e innovadora idea científica tamizada por la ocurrencia: aproximarme desde las humanidades a un puerto pesquero y varios de sus sectores implicados (académicos y también extra académicos tal como dicta los criterios del marco europeo). Desde una primera observación de campo y obviamente con apoyo documentado sopesaría las posibilidades de estudio sobre la presencia española en el Atlántico sudoccidental y mar austral: el impacto económico y sociocultural del recurso pesquero en las modernas sociedades occidentales. Llegado a este punto, otras conclusiones obtenidas en el campo de estudio me serán reservadas en estas líneas. Así que después de esta prueba -para que no se diga- y una vez de vuelta al gabinete antropológico diría, más bien ya en términos grouchianos: «no tengo respuestas para casi nada y sin embargo tengo preguntas para casi todo», entre ellas ¿quién se acordará del capitán Nemo? Pues seguro que casi nadie

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