Y si relees lo escrito…
Ayer por la mañana abrí los ojos, encendí el móvil y me encontré con este whastsapp: “Relee lo que escribes. Creo que en ocasiones no eres consciente…”. Era más largo, pero del resto prefiero no acordarme. Esas palabras me hicieron reflexionar y yo, que no suelo releer lo que escribo, por vergüenza y pudor fundamentalmente, he hecho el ejercicio más osado: el de enfrentarme con todas mis palabras, no las dichas, las escritas, las que siempre están ahí porque permanecen, porque alguien te recuerda que una vez las escribiste, porque alguien jamás las entendió, porque alguien no supo leerlas.
El lenguaje, no cabe duda, está inscrito en el pasado de los momentos en el que fue usado para transmitir algo cercano a un sentimiento y sin duda se extiende hacia el presente con la razón trastocada y los puntos reivindicando variaciones. Yo soy culpable de lo dicho y escrito. Pero jamás lo seré de lo no dicho ni escrito.
No tengo ganas de contestar a ese whastsapp, pero si lo hiciera le diría: “Releo lo que escribo y te doy la razón. A veces escribo desde la absoluta inconsciencia, desde el mayor de los vértigos, desde un lugar casi salvaje, adorablemente salvaje. Pero yo que anduve siempre rompiendo olas jamás permitiré que sepas cuáles nacen desde la consciencia y cuáles desde la inconsciencia”.
Releer lo escrito es como volver al útero materno, un ejercicio de vulnerabilidad que te demuestra que entre la locura de los cuerdos y la cordura de los locos hay un espacio y ese es para ti que eres capaz, con todo el pudor y vergüenza, de releer lo escrito.