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Un laboratorio cosmético en un pueblo aragonés de 400 habitantes: cuando la innovación decide quedarse en el rural

Jara Escudero, naturópata y cosmetóloga en Peralta de Alcofea.

María Bosque Senero

13 de junio de 2026 22:52 h

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“No vayas donde te lleve el camino, ve donde no hay camino y deja un rastro”. Lo dijo Ralph Waldo Emerson, filósofo que se convirtió en un símbolo del espíritu emprendedor porque a finales del siglo XIX ya hablaba de crear oportunidades donde antes no existían, de la self-reliance —autosuficiencia o confianza en uno mismo—, un término que acuñó y con el que animó a las personas a confiar en su criterio incluso cuando toman decisiones poco convencionales.

La historia de Jara Escudero tiene mucho que ver con Ralph Waldo Emerson, porque cuando la mayoría de los itinerarios empresariales parecen conducir inevitablemente hacia las grandes ciudades, esta emprendedora oscense eligió la dirección contraria. Decidió quedarse en el pueblo donde nació y demostrar que la innovación no entiende de códigos postales. Desde Peralta de Alcofea, un pueblo de apenas 400 habitantes, esta naturópata y cosmetóloga ha impulsado un proyecto que cuestiona viejas certezas sobre el emprendimiento y abre nuevas posibilidades para quienes quieren desarrollar su futuro sin renunciar a sus raíces.

Se trata de CistusLab, una iniciativa que plantea la creación de un laboratorio cosmético compartido destinado a pequeñas marcas y productores. El proyecto ha sido reconocido con el segundo premio Rural Emprende Aragón 2026, un galardón que distingue iniciativas innovadoras capaces de generar actividad económica y oportunidades en municipios rurales.

En los pueblos también caben los microscopios

Lo llamativo no es únicamente el proyecto en sí, sino el lugar donde ha surgido. Porque la pregunta aparece de manera inevitable: ¿Por qué un laboratorio cosmético innovador nace en un pequeño pueblo del Somontano y no en una gran ciudad?

Interior del laboratorio de cosmética.

La respuesta tiene mucho que ver con la trayectoria personal de la mujer que está detrás de esta idea. Jara Escudero creció en Peralta de Alcofea y, tras formarse en naturopatía, dermofarmacia y cosmética natural, decidió regresar a su pueblo para desarrollar allí su actividad profesional. “Siempre he tenido claro que quería emprender desde el territorio donde nací”, asegura esta joven que ha tomado una decisión poco habitual en un contexto en el que la apuesta por las ciudades de jóvenes cualificados nacidos y criados en las provincias, sigue siendo una realidad constante; con menos seguidores, pero constante. 

Lo que comenzó como una pequeña empresa de cosmética natural ha ido creciendo poco a poco hasta convertirse en lo que hoy es; una marca con reconocimiento dentro del sector. Durante su andadura CistusLab ha recibido varios premios a nivel nacional relacionados con la cosmética ecológica y natural. Hitos que han ayudado a esta emprendedora rural a consolidar una trayectoria empresarial que demuestra que la especialización y la innovación no son patrimonio exclusivo de los entornos urbanos.

Cuando vivir en tu pueblo, compensa

Sin embargo, emprender desde un pueblo también implica asumir algunas dificultades que rara vez aparecen en los discursos idealizados sobre el medio rural. La menor visibilidad empresarial, unas conexiones digitales todavía mejorables, los plazos más largos en los envíos o la necesidad de disponer de vehículo propio para cualquier desplazamiento forman parte de la realidad cotidiana con la que conviven quienes deciden desarrollar su actividad profesional lejos de las grandes ciudades. Jara Escudero conoce bien esas limitaciones, pero considera que las ventajas compensan ampliamente los inconvenientes. “Vivir en mi pueblo me aporta calma y felicidad. Me gusta la naturaleza, la tranquilidad y poder desarrollar aquí mi vida personal y profesional. He vivido varios años en la ciudad y no cambio por nada la vida en el pueblo”, explica.

Esa convicción personal también está en el origen de CistusLab. Antes de impulsar este proyecto, Jara trabajó en un laboratorio compartido que le permitió dar sus primeros pasos en el sector. Aquella experiencia fue positiva, pero con el tiempo comprendió que las necesidades de su marca requerían otro tipo de espacio. Tenía apenas 23 años cuando comenzó a plantearse un modelo más flexible, capaz de adaptarse a las distintas etapas de crecimiento que atraviesan los pequeños proyectos. 

Fue precisamente durante ese proceso de crecimiento cuando Jara Escudero detectó que había apareció una dificultad que era compartida por numerosos emprendedores del sector. Desarrollar y fabricar cosméticos exige cumplir una normativa estricta, disponer de instalaciones homologadas y asumir inversiones que resultan inalcanzables para muchas pequeñas marcas. “No podemos hacer una inversión tan fuerte para empezar cuando no sabes cómo te va a ir”, subraya Jara Escudero. 

Tienda de cosmética en Peralta de Alcofea.

De esa reflexión nació la idea de crear un laboratorio propio que incorporara diferentes modalidades de uso, además de una pequeña tienda y una oficina que le permitieran separar la vida profesional de la personal. “No quise crear un laboratorio para que los emprendedores se adaptaran al espacio; quise crear un espacio que se adaptara a los emprendedores”, resume. Una filosofía que ha acabado convirtiendo una necesidad individual en una herramienta colectiva para quienes buscan abrirse camino en el sector de la cosmética natural desde cualquier lugar, también desde un pueblo de apenas 400 habitantes.

Las dificultades compartidas encuentran soluciones comunes

Este laboratorio es un espacio compartido donde diferentes emprendedores pueden formular y fabricar sus productos utilizando instalaciones profesionales sin tener que hacer frente de manera individual al elevado coste que supone poner en marcha un centro propio. CistusLab es un modelo inspirado en los obradores compartidos que ya funcionan en otros sectores, especialmente en el ámbito agroalimentario, pero todavía poco habitual en el mundo de la cosmética.

Más allá de la actividad concreta que desarrolla, la idea resulta interesante porque refleja una transformación más profunda que está comenzando a producirse en algunos territorios rurales. Durante décadas existió una división casi automática entre las actividades económicas asociadas a las ciudades y aquellas consideradas propias de los pueblos. Los servicios avanzados, la investigación o las industrias especializadas parecían pertenecer exclusivamente al ámbito urbano. Sin embargo, hoy esa frontera comienza a difuminarse.

La expansión de la conectividad digital, la comercialización online y la búsqueda constante de nuevos modelos de empresa que sean más sostenibles y equilibrados en el tiempo, el territorio, y con la calidad de vida, están permitiendo que determinados proyectos encuentren ventajas unos kilómetros más allá de las ciudades, donde los costes son menores, existe una relación más directa con determinadas materias primas y, además, muchas empresas descubren que el pueblo en el que eligen asentarse, puede convertirse en parte de su propia identidad de marca.

El vínculo entre la identidad de la marca y la materia prima

En el caso de CistusLab, esa conexión es especial y forma parte de la esencia del proyecto. La empresa trabaja con ingredientes naturales y mantiene un vínculo muy estrecho con el entorno, algo fundamental para Jara Escudero que no ve su pueblo únicamente como escenario de producción, sino como un elemento esencial y diferenciador que aporta valor al producto final que la joven ofrece a los consumidores. 

“Para mí era importante que el proyecto tuviera identidad y estuviera ligado al territorio”, confiesa. Un ejemplo es el oleato de tomate de Caspe que está presente en algunos productos que saca al mercado y su intención es seguir incorporando más ingredientes vinculados al entorno. “Siempre que es posible, priorizo materias primas y proveedores locales o nacionales, no solo por reducir la huella ambiental, sino también por poner en valor los recursos que tenemos cerca”, asegura Jara Escudero. 

Lo que está ocurriendo en Peralta de Alcofea trasciende el ámbito de la cosmética y conecta con una tendencia más amplia: cómo están cambiando las expectativas sobre el futuro de los pueblos. “Mi objetivo es demostrar que no hace falta irse de un pueblo para emprender, también se puede innovar, crear oportunidades y desarrollar proyectos con impacto desde el medio rural”, apunta.

Y así es como Jara Escudero, como emprendedora, ha demostrado que un laboratorio cosmético puede instalarse en un municipio de apenas 400 habitantes. Un hecho que sugiere que la innovación rural del futuro quizá no dependa tanto de atraer proyectos externos como de crear las condiciones necesarias para que las ideas nacidas de quienes viven o quieren volver a los pueblos puedan desarrollarse en ellos.

En un momento en que buena parte del medio rural busca nuevas formas de construir su futuro, historias como la de CistusLab invitan a replantear una vieja pregunta: ¿Qué actividades pueden sobrevivir en los pueblos? Para reconocer que, cada vez más, los pueblos también pueden ser lugares donde nacen actividades que nadie esperaba encontrar allí.

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