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Escaños legítimos, Gobierno legítimo

Parte de la derecha política y mediática descalifica el posible Gobierno de coalición de PSOE y UP porque considera escaños de clase B los de la izquierda o los de los independentistas

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El no de ERC y Ciudadanos complica el camino del Gobierno de coalición

EFE

Apenas anunciaron el 12 de noviembre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias su preacuerdo para intentar la investidura del primero como presidente de un Gobierno de coalición de sus respectivas formaciones, PSOE y Unidas Podemos, el cielo político y mediático de parte de las derechas se derrumbó sobre sus cabezas. Lo hicieron con críticas aceradas, a las que nada hay que reprochar, y con descalificaciones ruidosas, a las que hay mucho que reprobar.

Este debe de ser el Gobierno no nato que más palos recibe de la historia de España.

Las críticas, incluso las críticas previas y preventivas, son buenas en política. ¡Qué sería del debate público sin el derecho y el deber de criticar al Gobierno! Pero descalificaciones como las de aquellos que consideran los escaños de Unidas Podemos –y no digamos ya los de los independentistas de ERC– como menos legítimos que los suyos propios y por tanto no susceptibles de ser usados con un sí o una abstención para apoyar o permitir una investidura o un Gobierno señalan algo muy grave: un pavoroso déficit democrático. En el fondo, muchos de los que así se pronuncian están confesando implícitamente que solo aceptan el veredicto de las urnas si se adecúa a sus intereses y que, pese a que todos los asientos en el Congreso se basan en los votos de los ciudadanos y en lo que dispone la Ley Electoral, hay una especie de escaños de clase A –los propios y los de los afines– y otra de escaños B –los que piensan diferente a uno mismo–, con diferentes derechos para unos y para otros.

Y no, no es así. Los 350 escaños del Congreso de los Diputados que decidirán qué Gobierno tendremos son igual de legítimos, puesto que nacen del voto de los ciudadanos libremente depositado en las urnas el pasado 10 de noviembre.

Lo que hemos visto y escuchado en la última semana da una idea bastante precisa de lo que veremos y escucharemos en las próximas semanas de negociación y en los próximos meses y años de Gobierno de coalición, si es que se logra. Lo que se dijo en su día desde parte de la derecha política y mediática sobre José Luis Rodríguez Zapatero e incluso sobre Felipe González cuando gobernaban se quedará en apenas pellizcos de monja respecto a lo que se dirá de Pedro Sánchez si logra gobernar con la fórmula que ha puesto encima de la mesa.

A propósito de Felipe González. Pocas críticas han dolido tanto estos días entre los dirigentes del PSOE como las de su exsecretario general y expresidente del Gobierno. No por inesperadas –González es un antisanchista declarado– sino por injustas. Dijo Felipe, sobre el preacuerdo Sánchez-Iglesias: "No me gusta. Después de discutir tantas veces que lo primero que hay que hacer es ponerse de acuerdo en el programa, con las cosas más elementales, lo primero que sepamos es cómo se reparten los cargos". La afirmación contiene varias falsedades. Lo primero que se conoció del preacuerdo fue precisamente el programa básico: diez puntos bastante detallados que se dieron a conocer en un comunicado oficial el mismo martes 12 de noviembre. De los cargos, lo único que sabia a ciencia cierta cuando González habló es que Sánchez presidirá el Gobierno y que Iglesias tendrá una vicepresidencia. González, por lo que se vio, no tuvo tiempo ni para felicitar a su secretario general por ganar la selecciones ni para leerse el texto del preacuerdo.

Críticas, medias verdades, infundios y descalificaciones de ilegitimidad aparte, lo cierto es que Sánchez e Iglesias, PSOE y Unidas Podemos, afrontan dos tareas muy delicadas. Primero, conseguir la investidura del primero sin salirse con ERC de un diálogo dentro de la Constitución. Después, gobernar con un solo Ejecutivo, no con dos, y afrontar coordinados los muchos retos que tiene hoy la política y la vida pública española: la desigualdad que ha dejado la crisis global; la crisis demográfica, y especialmente la despoblación de las zonas rurales; la probable crisis económica que viene; las reformas pendientes; la sostenibilidad de las pensiones y de los servicios públicos; el cambio climático; la transición energética; el modelo productivo; las normas laborales; el modelo territorial... y Cataluña. Y todo ello, desde la izquierda, desde planteamientos claramente progresistas, pero al mismo tiempo con los pies en el suelo, con responsabilidad institucional, con posibilismo. Si tienen éxito, los principales beneficiados no serán ni los dos lideres ni sus respectivas formaciones sino el conjunto de los ciudadanos y del Estado. Si fracasan, y sobre todo si lo hacen por desavenencias y peleas internas, habrán dejado España para una pasada por la derecha de varias décadas.

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