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Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano y Concha López.

Razones éticas para prohibir el uso de animales en circos

Niños fotografiándose junto a la osa explotada en el Circo Holiday, en 2016. Foto: Tras los Muros

La celebración de la jornada 'Hacia la prohibición del uso de animales en los circos en España', organizada en el Congreso de los Diputados por la Asociación Parlamentaria en Defensa de los Derechos de los Animales (APDDA), coincide con el inicio del otoño. Quiero comenzar diciéndolo, porque creo importante señalar y celebrar los ciclos de las estaciones, así como en general los ciclos naturales, que ordenan el tiempo y nos ubican en los ritmos del planeta que habitamos.

Y seguramente me dirán: ¿y qué tiene eso que ver con el uso de animales en los circos? Pues tiene mucho que ver. La civilización que hemos construido y en la que estamos atrapados, está intentando con muchas estrategias distintas y complementarias que olvidemos la naturaleza. Y en gran medida lo está logrando. Un ejemplo: la mayoría de la gente ya no conocemos cuáles son las especies de animales y plantas con las que compartimos los ecosistemas. Al caminar por nuestro barrio en los quehaceres de la vida cotidiana, nos cruzamos con aves y reptiles, mamíferos e insectos, y según donde vivamos también vemos anfibios y peces, pero a menudo no sabemos identificar qué especies son, ni entendemos sus formas de vida, ni las funciones que realizan en los ecosistemas. Tampoco reconocemos las plantas que brotan de manera espontánea, ni sabemos de dónde proceden las plantas exóticas que se cultivan en parques y jardines. Supuestamente, vivimos en la era de la información y estamos todos conectados, y sin embargo, hemos desconectado de la comunidad multiespecie que conforma la biosfera, el mundo real al que pertenecemos y del que dependemos para tener una buena salud física, emocional y mental.

Los espectáculos de circo con animales sirven precisamente para eso, para que olvidemos la naturaleza real y pasemos a vivir en la burbuja antropocéntrica: un mundo imaginario donde la naturaleza no es más que materia inerte y pasiva, mera plastilina que nosotros podemos manipular a nuestro antojo y transformar en fantasías caprichosas. En la pista del circo, el ser humano armado con su látigo se alza como domador, como dominador; y la naturaleza, y especialmente los animales, existen para ser dominados, para obedecer, para realizar nuestros deseos, por absurdos que sean, e incluso para ser ridiculizados. Voy a intentar explicar todo esto de manera más detallada.

 

                                                                   I

Los espectáculos de circo con animales son la celebración de un ritual por el que los animales son forzados a rendirse y someterse a la voluntad del domador. Esa rendición consiste en reprimir su conducta natural y comportarse como el domador les ordena. Cuanto más consiga el domador que el animal actúe contra sus instintos, contra sus miedos, contra su salud, mayor será el triunfo humano.

Así, los domadores logran que un tigre cabalgue sobre un caballo al ritmo de la música y de los aplausos del público. Los dos animales están aterrorizados, porque ese comportamiento va contra sus instintos y los pone en peligro, pero obedecen, porque el domador les ha causado tanto dolor y terror durante tanto tiempo, que se acaban comportando como les ordena. Con esa victoria, conseguida mediante la violencia, el domador logra que los animales hagan algo que jamás harían en la naturaleza. Así, ha transfigurado un tigre y un caballo en otra cosa: una fantasía, un sueño. Y número a número, va creando un espectáculo onírico e irracional, que nos seduce porque nos promete superar los límites de la naturaleza, nos promete un mundo que ya no se rige por las leyes naturales, sino por nuestros caprichos, deseos y fantasías. El domador nos brinda la ilusión de la supremacía humana.

En el ritual de los espectáculos circenses, los animales son reducidos a meras marionetas que el domador manipula a su antojo. Los elefantes se sientan en taburetes, las focas lanzan pelotas, los leones atraviesan aros de fuego, los osos danzan, los loros van en bicicleta. Que los animales realicen esas actividades no tiene ninguna utilidad, pero en ello radica su valor simbólico: no se trata de dominar a los animales para lograr algo concreto, sino simplemente de demostrar que podemos dominarlos, de celebrar el dominio. Ese dominio por el dominio justifica, a la par que nos acostumbra, a la explotación que encontramos después en muchos negocios altamente lucrativos: leones criados para la caza enlatada, chimpancés entrenados para actuar en películas o publicidad, tigres enjaulados para que los turistas se fotografíen con ellos, etc.

Los espectáculos circenses con animales son el reino del capricho humano. En eso nos educan: en el carácter sagrado de nuestros caprichos, que valen mucho más que la vida de los animales. Por eso la gente aplaude con tanto entusiasmo, con tanta alegría, los números de circo con animales: aplauden que el domador ha logrado que un león no se comporte como un león, sino como a un humano le apetece que se comporte. Y eso les parece el triunfo de la libertad y la creatividad humanas, como si la libertad y la creatividad consistieran en crear esclavos.

Los espectáculos de circo con animales están dirigidos especialmente a niños y niñas: para que aprendan desde la infancia el carácter sagrado de los caprichos humanos. Porque si ven lo divertido que es convertir a un elefante en un ser de fantasía para reírnos de él, no solo olvidarán lo que es un elefante, sino que también les parecerá bien que se explote elefantes para pasear turistas o cargar con leña. Y les parecerá bien convertir los caballos en vehículos de transporte, los perros en juguetes que se tiran cuando ya no son divertidos, los visones en fábricas de pieles, las aves en fábricas de plumón para almohadas y cojines, los gansos en fábricas de foie gras, los cocodrilos en bolsos… les parecerá bien convertir a los animales en todo aquello que nos apetezca. Por eso los espectáculos circenses con animales no son una estrategia única de nuestra civilización, sino que se complementan con otros espectáculos de maltrato animal, y con innumerables cuentos y películas infantiles que fomentan esa misma visión antropocéntrica.

Al mismo tiempo, muchos niños y niñas, y también adultos, sufren lo que se ha venido a llamar transtorno por déficit de naturaleza: es decir, que la ausencia de contacto cotidiano con la naturaleza real los desorienta y los desubica. No entienden el mundo real en el que viven, y se pierden innumerables experiencias enriquecedoras, placeres físicos, emocionales y mentales. En consecuencia, sus vidas se empobrecen, y es más probable que sufran estrés u otros estados emocionales negativos. Así lo ha mostrado Richard Louv en un libro impresionante: Los últimos niños en el bosque, traducido al castellano por Begoña Valle y editado por Capitan Swing. Aunque no estoy de acuerdo con todas las soluciones que propone, su descripción del transtorno por déficit de naturaleza es muy lúcida. Esa desconexión de la naturaleza que describe Louv es la otra cara de los espectáculos de circo con animales. A medida que nos vamos a vivir a nuestros circenses mundos de fantasía y soñamos con que la naturaleza se prestará a realizar todos nuestros caprichos, olvidamos la naturaleza real, pero eso solo empeora nuestra salud. Porque no necesitamos que se realicen todos nuestros caprichos, no necesitamos la supremacía humana, no necesitamos que los animales nos obedezcan, pero sí necesitamos la naturaleza, sí somos ecodependientes. Somos un animal que habita este planeta, y tanto nuestra salud como nuestras posibilidades de tener una vida buena dependen de que sepamos cohabitar la Tierra con las otras especies.

 

                                                              II

Los animales que tienen la desgracia de ser secuestrados por un circo pasan a tener una vida de sufrimiento. Los espectáculos de fantasía que inventa el domador, en apariencia coloristas, alegres y festivos, son una realidad de dolor para los animales obligados a participar en ellos. Es importante resaltar que el dolor no es solo físico, sino también emocional y mental. Y es necesario igualmente subrayar que el dolor no es una mera suma de experiencias dolorosas puntuales. No es que el animal solo sienta dolor en el momento preciso en que es golpeado para que aprenda un número contra su voluntad. Lo que los animales sufren son vidas enteras de frustración, porque se les impide vivir en libertad en su hábitat natural con los suyos, y se les encierra en un mundo artificial que no comprenden, donde están permanentemente enjaulados o encadenados, donde se les impide tomar ninguna decisión sobre sus propias vidas, y seres de otra especie les obligan a golpes a realizar actos que para ellos no tienen ningún sentido. Su cuerpo, su tiempo, sus energías, su capacidad de reproducirse, se les roba. No pueden vivir para sí mismos, tienen que vivir para otros. Así, su memoria se llena de recuerdos dolorosos, tristes, deprimentes, frustrantes, que proyectan miedos hacia un futuro desesperanzador. A los animales se les roba su historia entera.

Pero, además, esos animales son obligados a participar en un ritual que traiciona a su propia especie y a la naturaleza. Esos elefantes, focas o leones usados en los espectáculos contribuyen sin quererlo a lanzar un mensaje contra su especie, contra la naturaleza salvaje y libre. Cada vez que un pobre elefante se somete y baila al son de la música, le está diciendo al público que el ser humano ha triunfado sobre la naturaleza, que está bien hacer bailar a los elefantes, que está bien modelar la naturaleza a nuestro antojo. El elefante está presente en la pista, pero no para representar y celebrar a su especie, sino para traicionarla en nombre del capricho humano.

Para teorizar esta cuestión propongo el concepto de “instrumento estético”. Nuestra civilización instrumentaliza a los animales de muchas maneras, como han denunciado diversas teorías éticas y políticas. Pero hay un tipo de instrumentalización menos estudiada, la instrumentalización estética, que consiste en convertir la apariencia de los animales en una herramienta para nuestros fines. Los humanos siempre nos hemos sentido atraídos por las cualidades sensoriales de los animales, que nos atrapan los sentidos. Y la apreciación estética de la belleza animal podría ser un camino para aprender a observar a las otras especies en su hábitat de manera respetuosa y desarrollar una actitud ética hacia ellas. Sin embargo, nuestra civilización nos educa en una estética muy superficial y utiliza la apariencia de los animales para explotarlos.

La instrumentalización estética consiste en reducir los animales a simples adornos: por ejemplo, convertir zorros en abrigos de piel, o convertir pájaros enjaulados en ornamentos de nuestras casas. También consiste en convertir a los animales en metáforas o símbolos de ideas humanas. En ambos casos, lo que se está haciendo es disociar la apariencia de los animales de su identidad, su conducta, su forma de vida. Apariencia y forma de vida están íntimamente relacionadas porque son el fruto conjunto de una evolución de miles de años en sus ecosistemas y en relación con otros seres vivos. La apariencia que tienen los animales se explica por su forma de vivir en sus hábitats. Sin embargo, cuando los humanos disociamos la apariencia y la forma de vida de las otras especies, convertimos su apariencia en un mero traje vacío que podemos usar para vestirnos nosotros, adornar nuestras casas o revestir nuestras ideas. Eso lo hace de manera paradigmática la publicidad cuando toma el aspecto externo de los animales y lo usa para vender productos: un halcón para vender perfumes, un león para vender seguros, una llama para vender coches. Así olvidamos cómo son los animales, cómo viven, y pasan a ser simplemente formas coloridas, movimientos graciosos o sonidos curiosos que podemos manipular para conseguir efectos llamativos. Olvidamos que los animales son sujetos, que perciben el mundo de manera subjetiva, que sienten dolor y placer, que tienen capacidades emocionales y cognitivas, que desarrollan vínculos afectivos con otros animales, que poseen deseos e intereses. Lo olvidamos, porque pasan a ser meras apariencias atractivas que nos brindan placer. Ésa es la idea que nos venden los espectáculos de circo con animales.

 

                                                              III

El capitalismo enloquecido que se está adueñando de este planeta sabe hacer buen uso del ritual circense de sometimiento de los animales. Precisamente, lo que le conviene es que olvidemos la forma de vivir de las otras especies, que olvidemos el comportamiento de la naturaleza, y que veamos todo este planeta como simple plastilina con la que podemos fabricar todo lo que deseamos.

Y esto tiene que ver con una cuestión fundamental. La catástrofe ecológica que estamos provocando es el mayor problema que ha tenido nunca la humanidad. Estamos destruyendo ecosistemas, produciendo un exterminio global de especies, agotando los recursos naturales, y contaminando de tal manera nuestros suelos, océanos y atmósfera que comenzamos a alterar peligrosamente el clima del planeta. Y sin embargo, la mayoría de la gente no reacciona, poquísimos políticos se lo toman en serio, la prensa apenas informa, el mundo de la cultura no está respondiendo y el sistema educativo se resiste a abordarlo. No hemos asumido como una prioridad detener la catástrofe ecológica. ¿Por qué? Pues porque hemos olvidado la naturaleza, porque hace tiempo ya que nos fuimos a vivir a la pista del circo, donde la naturaleza es plastilina y hace todo lo que nosotros queremos, porque nosotros somos los amos, y la vida es una fiesta inacabable de música y color.

Hemos olvidado dónde vivimos. Paseamos por nuestras ciudades y no reconocemos el canto de los pájaros. Vemos los mismos animales cada día, pero no sabemos de qué especies son, ni qué funciones realizan en los ecosistemas. A veces, ni siquiera percibimos a los animales que nos rodean. No entendemos que los ecosistemas son comunidades multiespecie, que tejen redes de relaciones sofisticadas, donde todos dependen unos de otros. Construimos nuestras ciudades en medio de los ecosistemas, pero nos creamos la ilusión de no tener nada que ver con ellos, de vivir por encima, en nuestro mundo imaginario, sin raíces.

En otoño, hay propietarios de jardines que recogen las hojas que caen de los árboles y las tiran a la basura como si fueran algo sucio, o incluso podan los árboles antes de que les caigan las hojas para ahorrarse barrerlas. En los parques públicos, los servicios de limpieza barren las hojas y se las llevan “para reciclar”. No entienden algo tan fundamental como la relación entre los árboles y la tierra. Mirando compostadores en algunas tiendas, he encontrado un cliente que preguntaba si un compostador de lombrices gasta mucha electricidad, y otro que se quejaba de que su compostador se había llenado de bichitos asquerosos y quería saber cómo matarlos. Creo que la pregunta pertinente es ésta: ¿Cuándo nos volvimos tan estúpidos? En la universidad, he tenido alumnos que me han preguntado con desconfianza si de verdad estaba demostrado que los animales sienten dolor, y tengo colegas profesores que sostienen que los animales no son inteligentes “porque no se les puede enseñar a leer”, y que defienden el negacionismo del calentamiento global. Insisto: ¿Cuándo nos volvimos tan estúpidos? ¿Cuándo demonios dejamos de comprender la naturaleza? Una parte fundamental de la respuesta se halla en lo que implican los circos con animales: si en la infancia has aprendido que los osos tocan la trompeta y las focas juegan al fútbol, que los animales salvajes viven en jaulas y sirven para divertirnos, ¿cómo vas a comprender la naturaleza en la que vives?

La cuestión es que al capitalismo enloquecido le conviene que no entendamos la naturaleza. Con ello consigue dos objetivos: por un lado, que no sintamos compasión hacia los animales, y por tanto no frenemos los negocios consistentes en explotarlos. Y por otro lado, nos puede engañar sobre la supuesta sostenibilidad de nuestra civilización. Puede exterminar especies y destruir ecosistemas, puede contaminar ríos, mares, tierra y atmósfera: la mayoría de la gente ni siquiera se da cuenta de lo que todo eso implica. La ilusión de que no hay límites que puedan frenar los deseos humanos, de que el progreso nos conducirá a un paraíso inagotable, se ha expandido como una creencia básica de nuestra sociedad al mismo tiempo que olvidábamos los ciclos naturales y los nombres de los pájaros.

Nuestra civilización nos vende cerezas en invierno, que han llegado en barco desde el otro lado del Atlántico, contribuyendo a contaminar los océanos por un capricho. Pero no nos damos cuenta, porque apenas comprendemos el ciclo de las estaciones. Nuestra civilización modifica los cuerpos de los animales para que las vacas den más leche, los pollos crezcan más rápido, las ovejas den más lana. Y nos parece normal. Nuestra civilización intenta hacernos adictos al tabaco, al alcohol, a la comida basura, a las bebidas llenas de azúcar, a los antidepresivos. Puede hacer todo eso con nosotros porque nuestra ignorancia nos deja indefensos.

Por eso es importante entender que los espectáculos de circo con animales no son un caso aislado, un problema particular, sino que son parte de un sistema, parte de las estrategias que emplea esta civilización para dominar la naturaleza y al mismo tiempo evitar que la defendamos. Los espectáculos de circo con animales son la otra cara del exterminio masivo de especies y de la catástrofe ecológica. Cuando todos los tigres y chimpancés se hayan extinguido, quedarán los que son explotados en los circos, que ya no se comportan como ellos mismos. Pero la gente también habrá olvidado qué son los tigres y los chimpancés, así que no les importará que se extingan. Antes de extinguirse, las especies ya han desaparecido de nuestra memoria y por ello no las echamos en falta.

Pero debo mencionar que los circos no solo explotan animales salvajes, sino también domésticos, y eso es igualmente grave. Cada vez que el domador obliga a un caballo a danzar al ritmo de la música, nos está diciendo que podemos usar caballos para pasear turistas, cargar pesos, competir en carreras. Y de paso olvidamos que una vez existieron caballos salvajes que vivían en libertad. Hace meses, un estudio científico reveló que ya no queda ningún caballo salvaje. Algunas manadas que viven libres en la estepas de Asia central, los przewalski, no son animales salvajes como se creía, sino caballos domésticos que en algún momento escaparon y se han hecho ferales. Ya no queda ni un solo caballo salvaje en la Tierra. ¿Cómo vivían los caballos salvajes? Ya no nos importa. Para nosotros los caballos son seres que bailan al son de la música o tiran de nuestros carros. Cumplen órdenes, obedecen, encarnan fantasías humanas.

Para concluir, quiero hacer un par de aclaraciones. Con todo esto, no estoy diciendo, por supuesto, que la imaginación sea algo malo. La imaginación es un don fabuloso que nos permite crear arte, por ejemplo espectáculos de circo sin animales, y hay compañías de circo que crean números fantásticos sin hacerle daño a nadie. La imaginación también nos ayuda a hacer ciencia, porque resulta fundamental para plantear preguntas fértiles. Tampoco estoy afirmando, por supuesto, que todo lo natural sea bueno: a la naturaleza no hay que adorarla, hay que comprenderla y aprender a convivir con ella. Tampoco estoy sosteniendo que la naturaleza consista en esencias eternas e inmutables que nos encierran y frente a las cuales no podemos hacer nada. La naturaleza es dinámica, y la evolución de las especies es el mejor ejemplo. Pero sobre todo es importante subrayar que naturaleza y libertad no son opuestos. No tenemos que escoger entre naturaleza y libertad. No tenemos que dominar la naturaleza para ser libres. Reconocer que somos animales y convivir con las demás especies no nos hace menos libres, simplemente nos ubica, nos enraiza en nuestro hogar, un hogar en el que tenemos un amplio margen de libertad que podemos ejercer sin causar daño a los demás ni a nosotros mismos.

La libertad no consiste en reducir la naturaleza a mera materia inerte y transformarla en lo que nos apetezca, la libertad no significa que no hay ningún límite a lo que podemos hacer, que podemos imponer nuestras fantasías a otros seres. La libertad no consiste en tener esclavos. La libertad no significa que no necesitemos la naturaleza. Esa falsa concepción de la libertad no nos hará libres, solo nos llevará a devastar nuestro planeta, y con ello, a devastar nuestra salud. Esa falsa concepción de la libertad solo beneficia al capitalismo enloquecido, a quienes se lucran con nuestra ignorancia. Los espectáculos de circo con animales nos venden un ideal de libertad, pero basta con ver que llevan a los animales encadenados y enjaulados para descubrir que solo es un espejismo. El capitalismo enloquecido que nos promete libertad y prosperidad, que nos promete que no habrá límites a los deseos humanos, que nos promete la realización de todos y cada uno de nuestros caprichos, está destruyendo el único hogar que tenemos, y nosotros no reaccionamos porque hemos olvidado que es nuestro hogar. Vuelvo a decir lo mismo que ya dije en el Parlament de Catalunya cuando se debatió el uso de animales en circos: no se puede defender la libertad e ir por el mundo arrastrando jaulas.

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El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano y Concha López.

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Publicado el
26 de octubre de 2018 - 20:32 h

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