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Los derechos que nunca tuviste que pedir

Imagen de un velero exhibiendo la campaña #Son150 frente a la trata con fines de explotación sexual de Nueva Vida.

Teresa Vélez. Doctora en Análisis de Problemas Sociales, educadora social y portavoz de la Plataforma Abolicionista de Cantabria

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«Qué suerte poder decidir si alguien merece los derechos que tú nunca has tenido que pedir». Leí esta frase hace unos días y pensé en ellas.

Pensé en lo fácil que resulta hablar de libertad cuando nunca has tenido que preguntarte cuánto cuesta la tuya. Qué generosos somos con la libertad de elección cuando es el cuerpo de otras el que está en juego. Qué fácil es convertir la vida de otras mujeres en un debate, una opinión… O, en definitiva, en una cuestión para más adelante. Y precisamente de eso, de dejar para más adelante, sabemos bastante.

Estos días Santander ha vuelto a hablar de trata y explotación sexual. Las IV Jornadas organizadas por el Ayuntamiento han puesto sobre la mesa la prostitución, la pornografía, la demanda y la abolición. Y dentro de unos días, el 18 de octubre, volveremos a conmemorar el Día Europeo contra la Trata de Seres Humanos.

Volveremos a hablar de víctimas. De derechos humanos. De explotación. Condenaremos la trata, como no puede ser de otra manera. Pero ¿qué ocurre con la prostitución? ¿Hasta cuándo vamos a seguir abordando una realidad sin atrevernos a mirar la otra?

No hace falta irse muy lejos para comprender de qué hablamos. Según recoge la Fiscalía de Cantabria, las entidades sociales contabilizan unos diez clubes y 45 pisos vinculados a la prostitución en nuestra comunidad. Sin embargo, son pocos los casos de trata y explotación sexual que llegan a los tribunales. El miedo de las víctimas a denunciar y las dificultades para investigar lo que sucede en esos pisos ayudan a explicar esa distancia. Porque sospechar que una mujer puede estar sufriendo explotación no siempre significa disponer de las pruebas necesarias para intervenir. Y esa puerta, mientras tanto, sigue cerrada.

En el terreno legislativo seguimos distinguiendo qué estamos dispuestos a abordar y qué puede esperar. El Gobierno ha planteado una ley integral contra la trata y la explotación de seres humanos, pero ha diferenciado expresamente esta iniciativa del debate sobre la abolición de la prostitución. La propuesta de Ley Orgánica Abolicionista del Sistema Prostitucional (LOASP), impulsada desde el movimiento feminista, plantea garantizar derechos y alternativas a las mujeres, perseguir el proxenetismo y actuar sobre quienes pagan por prostituirlas. Ese debate, una vez más, queda en otro lugar.

Porque combatir la trata es imprescindible. Pero ¿de verdad podemos conformarnos con perseguir la explotación sexual sin preguntarnos quién está dispuesto a pagar por acceder al cuerpo de esas mujeres?

Quizá llevamos demasiado tiempo colocando toda la atención sobre la elección de ellas.

Porque hay decisiones que se miran de otra manera cuando nunca has tenido que tomarlas. Cuando la necesidad nunca ha estrechado tanto tus opciones. Cuando nunca has tenido que preguntarte qué estarías dispuesta a hacer para salir adelante.

Y entonces hablamos de libertad. De elección. De consentimiento. Palabras enormes. Pero que no pesan lo mismo en todas las vidas.

Nos preguntamos si ellas eligen. Cuánto eligen. Por qué lo hacen. Qué alternativas tenían. Si consideran que aquello es un trabajo. Si aceptar el dinero convierte automáticamente en libre aquello que ocurre después.

Quizá deberíamos empezar a mirar con la misma insistencia al otro lado. Porque ellos también eligen.

Siempre habrá alguien atravesando una situación de necesidad, pobreza o vulnerabilidad. Eso no convierte en inevitable que exista otra persona dispuesta a utilizar esa necesidad como una oportunidad para acceder sexualmente a su cuerpo. La prostitución necesita algo más que una mujer a la que preguntar una y otra vez por qué está ahí. Necesita a alguien dispuesto a pagar. Y esa decisión parece interesarnos bastante menos.

Nos resulta más sencillo discutir durante horas sobre los límites de la libertad de una mujer que preguntarnos qué concepción de la sexualidad permite a tantos hombres asumir que el deseo de la otra persona puede dejar de ser imprescindible cuando existe un precio que pueden pagar.

Eso también es una elección. Pero de esa hablamos mucho menos.

Quizá por eso no basta con condenar la trata. Porque si nuestra respuesta termina cuando hemos identificado al tratante, al proxeneta o a la red criminal, dejamos intacta una pregunta anterior: ¿para quién existe ese mercado? ¿Quién lo demanda? ¿Por qué seguimos considerando que esa parte del problema merece mucha menos atención?

Mientras discutimos sobre las palabras, hay mujeres viviendo realidades que cuesta incluso mirar de frente. Mujeres para las que cada día que aplazamos esta conversación no es una espera teórica. Es su vida. Y quizá haya algo profundamente cruel en una sociedad capaz de conocer esa realidad, convivir con ella y seguir encontrando razones para dejarla para más adelante.

El próximo 18 de octubre volveremos a decir que la trata de seres humanos es intolerable. Y está bien que lo hagamos. Quizá deberíamos aprovechar también para preguntarnos cuánto tiempo más vamos a ser capaces de condenar la explotación sexual sin atrevernos a mirar de frente la demanda que la hace posible y el sistema prostitucional en el que encuentra compradores.

Qué suerte poder llamar elección a aquello que nunca figurará entre tus propias opciones. Qué suerte poder discutir sobre la libertad de una mujer cuyo cuerpo nunca tendrás que poner tú. Qué suerte, también, poder decidir que sus derechos pueden esperar.

Quizá el privilegio no sea solamente disfrutar de derechos que otras tuvieron que conquistar.

Quizá sea poder decidir que los de otras todavía pueden esperar.

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