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PERFIL

Isidro Hoyos, el cura obrero de Cantabria que ejerció como abogado laboralista en Comisiones Obreras

El sacerdote y abogado cántabro Isidro Hoyos.

Olga Agüero

Santander —

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El primer día del año Isidro Hoyos caminó hacia un horizonte sin vuelta atrás hacia el lugar que espera a los hombres buenos, el cielo que tantó predicó. La esquela se acompañaba de una fotografía suya -un rostro afable tocado con una visera- y una leyenda que llamaba la atención: Isidro Hoyos Gutiérrez, sacerdote y abogado de Comisiones Obreras. Dos sustantivos antagónicos desde el punto de vista contemporáneo que hace algunas décadas ya resultaba extraordinariamente transgresor.

El día 30 cobraba y ya tenía fila en la parroquia de gente necesitada a la que iba dando dinero. “Lo entregaba todo”, recuerda su compañero de Comisiones Obreras Paco Cobián. Siempre estaba a disposición de los demás. Todas las familias recurrían a él para cualquier asunto. “Austero para sí mismo, generoso con los demás”, añade el sacerdote y amigo Avelino Seco.

Isidro Hoyos fue uno de los curas obreros que desafiaron la conexión de la Iglesia católica con la dictadura de Franco. Uno de los sacerdotes que luchaban por la democracia y que se ganaban el sueldo trabajando en la fábricas o en la construcción. Junto a otros referentes como Alberto Pico en el Barrio Pesquero, Ernesto Bustio en el barrio San Francisco, o Saturnino Bárcena y Avelino Seco en la zona del actual Paseo Altamira influyeron determinamente en varias generaciones de vecinos de barrios santanderinos de la periferia.

Murió a los 91 años en Cantabria y su funeral se celebró en la iglesia de San Pío X, la parroquia que echó a andar junto con Avelino Seco, otro de los curas obreros de Cantabria con quien compartió amistad y una forma de concebir la religión muy ajena al púlpito convencional. Lo fundamental no eran los templos, sino la comunidad, la vida en los barrios. Juntos compartieron experiencias laborales, hasta llegaron a ejercer de representantes de productos alimenticios para sacar un sueldo.

Isidro Hoyos nació en 1934 en Reinosilla, un pueblo de Valdeolea, en una familia que trabajaba el campo. Cuando se convirtió en sacerdote en el año 1957 ya tenía claro cómo quería ejercer: como un obrero. Renunció a su salario y se puso a trabajar en el Puerto de Santander. Después pasó por algunas fábricas mientras seguía dando misa. En esos escenarios se implicó en la defensa de los derechos laborales hasta el punto de que se hizo la carrera de Derecho en la universidad a distancia y ejerció de abogado en el sindicato Comisiones Obreras.

Trabajó mucho en la constitución y el desarrollo del movimiento obrero “y dejó mucha impronta en la gente del sindicato”, reconoce Cobián, quien era secretario general cuando Isidro comenzó a trabajar en la asesoría jurídica. A las siete de la mañana ya estaba trabajando. Preparaba meticulosamente las demandas -el abogado Chiqui Sarabia se inició profesionalmente junto a él en el sindicato- pero había una línea roja. “Decía que no iba a juicios porque eso de tratar de señoría a otras personas le fastidiaba un poco”, evoca su amigo Paco. En uno de los congresos del sindicato participó con un trabajo sobre la ética de las personas. “Así era Isidro”, subraya Cobián. “Muy conciliador, pero a la vez muy enérgico”, añade Seco.

Después de jubilarse del sindicato con 65 años vino su aventura sacerdotal en Cuba. Allí estuvo al frente de la parroquia en el barrio de Alamar, una especie de ciudad dormitorio de las afueras de La Habana. Fue otro sacerdote cántabro, Mariano Arroyo, desplazado en Chile durante dos décadas, el que le animó a formar parte de la misión.

Siempre que venía a Cantabria traía café para los amigos. “Isidro, con lo que sabes que me gustan los puros habanos y nunca me has traído ninguno”, bromeó Avelino Seco en una ocasión. Compró una caja de cigarros en cuanto llegó a Cuba... pero cuando un año después volvió a Cantabria se habían hecho polvo.

Isidro desembarcó en la isla en el año 2000. Años después llegó Eduardo de la Fuente. Los tres forjaron una estrecha relación hasta que sucedió una tragedia. Sus dos compañeros sacerdotes fueron asesinados de manera misteriosa en La Habana.

Eduardo fue el primero en morir. Apareció de madrugada estrangulado en una carretera de las afueras de la capital cubana. Cinco meses después el humo que salía de la casa parroquial en la que vivía Mariano Arroyo alertó a sus vecinos. El cuerpo del sacerdote ardía, maniatado y amordazado, con un golpe en la cabeza y varias cuchilladas. Sus restos están enterrados en Cabezón de la Sal, su pueblo natal. En ambos asesinatos los cuerpos aparecieron con las huellas de las manos y los pies quemadas.

Ambas muertes, extrañas y violentas, sucedidas el mismo día del mismo mes, metieron el miedo en el cuerpo de Isidro Hoyos, único superviviente del trío. “En mi tierra dicen que no hay dos sin tres”, declaró a los medios de comunicación. “Nunca me hubiera imaginado que nos podría pasar algo así. Es como una película de suspense. Como la novela esa de Agatha Christie en la que van cayendo unos tras otros. Una horrible pesadilla”, aseguraba en una entrevista pocos días después con voz entrecortada por teléfono desde la casa de unos amigos.

Isidro regresó a Cantabria hace nueve años. “Lo trajimos cuando su memoria empezaba a flaquear”, recuerda Avelino Seco, amigo y compañero durante más de treinta años en la parroquia santanderina de San Pío X, que crearon juntos en uno de los barrios, entonces periféricos, de Santander.

Uno de los últimos recuerdos de su amigo es una conversación de camino a Corbán, donde residió en sus últimos días. Le contaba que su hermana había sacado billetes de ida y vuelta para un último viaje a Cuba que hizo con sus sobrinos. “Nosotros siempre hemos sido muy autónomos, ¿verdad?”, espetó a Avelino. “Pues ahora me quieren quitar la autonomía: yo volveré cuando me dé la gana”.

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