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Max Aub, el verso del destierro

Max Aub.

Carles Senso

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“Nada eras antes de que por azar / te concibieran / Nada serás cuando mueras a menos que escribas un buen verso”. Escrito en 1971, no fue ese, evidentemente, su mejor verso. Suponía más una reivindicación, la constatación de un deseo, la persecución de un propósito. Estaba “obstinado siempre con la remota esperanza de haber logrado ese solo verso verdadero por el que un creador logra la salvación”, dejó escrito el filósofo Ignacio Soldevila, que lo estudió en profundidad para entender razones y técnicas. Se refiere la entradilla a Max Aub, el escritor hispano mexicano de origen francoalemán, nada más y nada menos. La mezcolanza de la herencia universal en un intelectual que formó parte de la Generación del 27 y cimentó su obra en la experiencia vital, en la dura usanza del destierro y el desarraigo. Una vida de huida que se plasma en su obra y que es, estos días, un poco más accesible.

La Institució Alfons el Magnànim ofrece ahora un completo escaparate (difícilmente superable) de su corpus poético con “Poesía completa 1925-1972”. Cincuenta años concentrados en un volumen que reúne 825 poemas, la mayoría inéditos. El ejemplar, cuasi de coleccionista, compila los 325 poemas publicados en diversos libros, plaquettes y revistas que vieron la luz en “Obra poética completa” (Biblioteca Valenciana- Institució Alfons el Magnànim, 2001) y los más de 500 inéditos en manuscritos y en folios mecanoscritos, conservados tanto en la Fundación Max Aub de Segorbe, como en la Biblioteca Daniel Cosío Villegas de El Colegio de México, publicados en el volumen “Catálogo del corpus poético inédito de Max Aub” (Diputació de Castelló, 2019), que incluye, asimismo, la localización de los textos y sus variantes.

El autor nació en París el 2 de junio de 1903 pero ya con el estallido de la Primera Guerra Mundial siguió a su familia en el exilio español, exactamente en Valencia, una de las ciudades que más lo marcaron, como también él a la urbe y a su gente. La influencia es un intangible pero Max Aub se relacionó con gente de autoridad intelectual y cultural, esos que, más que pensar, hacían que otros pensasen (parafraseando a Fuster y su “más importante que hacer es hacer que otros hagan”). En Valencia se formó académicamente y en el Instituto Lluís Vives se rodeó de los hermanos Gaos, Juan Gil-Albert, Juan Chabás o Genaro Lahuerta. Fueron sus primeros contactos que, después, con los años y la reafirmación de su compromiso político, además de con sus viajes por España como representante de bisutería de caballero, amplió a Gerardo Diego, Antonio Machado, Jorge Guillén, Ramón Gaya o Dámaso Alonso. Aub se situaba en la cresta de la ola de la creación literaria española.

La guerra y su impacto sobre la cultura tomaron forma de compromiso ideológico y responsabilidad de clase. Fue delegado cultural en la embajada de París, comisario adjunto del Pabellón Español en la Exposición de 1937 y el responsable de pagar a Picasso, en representación de la República española, por el Guernica. También ejerció como Secretario del Consejo Nacional del Teatro. Todo aquello le llevó al exilio francés una vez se impuso la dictadura y el país quedó relegado a la cola de la historia. La oscuridad no entendía de versos. Tampoco de novelas, cuentos, obras de teatro, guiones de cine, aforismos, diarios o ensayos. Fue un todoterreno, como muestra el corpus de su obra. Aub escribe en marzo de 1942: “De raíces desterrado / guardan hombres con raíces en sus pechos,/ palo en palo talado todos tienen las raíces de sus brazos / dispuestas a ser mazos / y alzar contigo nuevos, otros techos”.

En tierras francesas no puede eludir las detenciones acusado de comunista, lo que finalmente eclosiona en su deportación a los campos de trabajo en Argelia, exactamente a Djelfa, situado en el desierto, bajo el régimen de Vichy. Allí padeció trabajos forzados, temperaturas sobrehumanas, enfermedades y hambre junto a otros 2.500 prisioneros mayormente judíos, brigadistas y republicanos españoles. Los escritores, de la miseria, hacen nacer un testimonio, en este caso “Diario de Djelfa”.

Tras ser liberado en mayo de 1942 se exilió en México, donde desarrolló prácticamente la totalidad del resto de su vida y cimentó una carrera profesional vinculada al mundo del cine como autor, traductor y director en más de cincuenta guiones cinematográficos, al tiempo que explicaba teoría y técnica cinematográfica, y colaboraba en medios de comunicación. “La verdad es que somos un puñado de gentes sin sitio en el mundo”, dejó escrito.

En todo aquel viaje mayormente impuesto le acompañó la necesidad de la expresión en verso. Quizá por la voluntad de complementar sus ensayos o novelas de corte realista con menor literalidad y sujetar su visión a la interpretación flexible de los lectores y lectoras. Pasqual Mas i Usó escribe en el prólogo de la obra del Magnànim: “En general es mucho más reconocido por su narrativa y su teatro. Tal vez por la intermitencia en la publicación de sus libros de poesía no ha gozado de la difusión que merece en este género. Sin embargo, de la poesía de Max Aub se desprende el dominio de una voz poética profundamente imaginativa e independiente ante los tiempos tan convulsos que conoció, durante la guerra y después en el exilio mexicano; además, su poesía proyecta un singular atractivo por la gran polifonía de voces que pueblan sus versos, a menudo tan irónicas como irreverentes”.

Aub regresó fugazmente a España en dos ocasiones. Dijo por entonces: “Regresé y me voy. En ningún momento tuve la sensación de formar parte de este nuevo país que ha usurpado su lugar al que estuvo aquí antes; no que le haya heredado. Hablo de hurto, no de robo. Estos españoles de hoy se quedaron con lo que aquí había, pero son otros. Entiéndaseme: claro que son otros, por el tiempo, pero no sólo por él; es eso y algo más”. Poco después de la segunda visita a España murió en tierras mexicanas, exactamente el 22 de julio de 1972.

No se cumple ahora ningún aniversario redondo de su nacimiento o fallecimiento. Simplemente un libro nos obliga a recuperar su obra y volver a hablar de un intelectual capital. Nunca está de más reencontrarse con los imprescindibles.

Poesía, retazo, cuaderno perdido, naufragio / arribado a una playa al azar de las resacas, / roto trono que trae figurada la imagen entera de un mundo quizá desaparecido…

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