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Sobre este blog

No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

Los enemigos del pueblo

Micky mort / J. Ballester 2010.

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Es difícil resignificar la expresión «enemigo del pueblo». A la izquierda escrupulosa le repugna porque la utilizó Robespierre para justificar el uso indiscriminado de la guillotina y también Stalin para llevar a cabo sus purgas más demenciales. Nació con una perspectiva revolucionaria y acabó siendo rápidamente instrumentalizada por el poder para señalar a sus adversarios, a sus víctimas. Lo escenifica muy bien Ibsen en su obra de teatro titulada, precisamente, Un enemigo del pueblo, escrita mucho antes de la Revolución Soviética. De modo que es a las buenas personas a las que les produce escalofríos la expresión, no a aquellas que deberían sentirse aludidas. Los que se la cogen con el papel de fumar de la semiótica se encargan de explicar por qué la expresión es conflictiva. Todo «enemigo» se define con relación a alguien o a algo, y si ese algo es «el pueblo», cualquiera puede reivindicar ser su portavoz, porque se trata de un concepto que incluye y excluye, difícil de definir y fácil de retorcer. La palabra «pueblo» actúa como comodín en las barajas más diversas, cada cual le da el significado que le conviene, y a menudo se convierte en un boomerang, hasta el extremo de ser utilizado para declarar enemigo del pueblo al mismo pueblo. Te la encuentras igual en una canción de Mercedes Sosa que en una arenga de Abascal, en un discurso de Hitler o en un poema de Vicent Andrés Estellés. Pero, con todo, cuando queremos señalar a aquellos cuya intención es sacar provecho personal a costa del bien común, dañándolo conscientemente, «enemigos del pueblo» suena más certero que «los fachas» o la cursilería esa de «los de arriba». Y si la expresión histórica está definitivamente contaminada y no es posible utilizarla, deberíamos ser capaces de encontrar otra equivalente y precisa, porque el hecho de que no la tengamos es una grave carencia del discurso democrático. Hilemos todo lo fino que queramos, pero encontrémosla. «Traidores al bien común», por ejemplo. Deberíamos de ser capaces de identificarlos y de colocarlos bajo los focos de la rueda de reconocimiento. Mientras no lo hagamos, su impunidad continuará creciendo a la sombra del anonimato, y su culpa diluyéndose en generalizaciones como «casta», «élite» o «establishment», o en cínicas individuaciones como «manzana podrida» o «caso aislado». 

A falta de esa denominación precisa y contundente que está por acuñar, asumamos por un momento los inconvenientes del apelativo para decir, en primer lugar, que los enemigos del pueblo más letales están entre el propio pueblo. Son aquellos que ponen el hacha en manos de sus verdugos y los de sus conciudadanos, aquellos a los que les gusta oír que se protege su libertad personal y no les importa que sea a costa de la colectiva porque no se sienten parte del común. Ni siquiera cuando llaman al 112 y se pone en marcha la compleja y costosa maquinaría que vela por su supervivencia in extremis. No pocos, en mitad de esa tesitura, reclaman «lo que es mío porque pago impuestos», es decir, porque os pago el sueldo a todos vosotros, operadores del servicio de emergencias, médicos, bomberos, camilleros, policías e incluso los que echaron el asfalto por donde ha de pasar la ambulancia. Y piensan que a lo mejor pueden pagar esas prestaciones directamente y a conveniencia, porque ven la coexistencia como una suma de transacciones individuales de carácter mercantil, no como un conjunto entrelazado de intercambios solidarios. «Yo pago, así que yo mando», aunque lo que él puede pagar realmente no llega ni para un paquete de pipas, porque todos los servicios que recibe no valen la suma de lo que cuestan uno a uno, sino infinitamente más. En ese caso extremo, el de la llamada al 112, esos servicios valen tanto como la distancia infinita que hay entre la vida y la muerte. No se dan cuenta de hasta qué punto su existencia depende de la de los otros, y de que ese carácter colectivo no solo no impide su individualidad y su libertad, sino que más bien es lo que las propicia. Pero han llegado a creer lo contrario, esa es una de las grandes perversidades del capitalismo. Y es sorprendente que acepten como lógico e inevitable el hecho de que se imponga la ley de la selva, sin darse cuenta de que ellos están en la parte más baja de la pirámide alimenticia. Algo les ha hecho creer que son una excepción, y por eso se sorprenderán cuando vean que están siendo devorados por el depredador que los ha convencido de que lo voten.

En la base de la pirámide se arraciman todo tipo de desgraciados, desde el lacayo que busca alguien por encima de él a quien servir y alguien por debajo a quien putear, al que apela a la obediencia debida para cumplir las órdenes más abyectas, como la de desahuciar a una vieja. Y un poco más arriba, entre las víctimas-verdugo y los grandes depredadores, está la gran masa de gestores de este orden salvaje. Los gestores jurídicos, los gestores de fondos, los abogados corporativos, las consultoras, los lobistas o los periodistas y creadores de contenido que se dedican a urdir el relato hegemónico. También aquellos que, desde la política, mientras dicen trabajar a favor del pueblo facilitan con su estrategia el camino a sus enemigos. Todos se presentan como amigos del pueblo, como parte de él, pero, como explicaba Gramsci, están donde están para traducir la conveniencia de la élite en sentido común, para convertir en legal la depredación, para crear grandes consensos sobre grandes engaños, para desprestigiar lo público y certificar las bondades de lo privado, para desactivar la capacidad reguladora del Estado, para desguarnecerlo —que no es dejarlo sin armas para defenderse, sino dejarlo sin la capacidad de servir a sus ciudadanos—, para volver deseable un modo de vida que nos aboca a la infelicidad personal y al desastre ecológico. Todos estos traidores al bien común, al contrario que los primeros, saben lo que hacen, actúan con conocimiento de causa. Tan solo hay que ver cómo los anuncios de los bancos y las aseguradoras de salud fragmentan a la audiencia y distorsionan el mecanismo solidario, cómo te hablan lamiéndote la oreja, a ti, a ti solo, apartándote de la colectividad: «Nos importas», «Te queremos ayudar», «Te queremos cuidar», dicen, cuando lo único que quieren decir es «Dame tu dinero y asegúrate un trato singular». Es en esos momentos cuando se hace evidente que nada de todo esto sería posible sin una industria, la de la publicidad, que actúa como el tejido nervioso del sistema depredador. Tan orgánica se ha vuelto, tan omnipresente que hemos acabado percibiendo lo que hace como un inocuo ruido de fondo.

No lo es. La publicidad es la madama que regenta el burdel. Ni la selecta minoría financiera y corporativa, ni la gran banca, ni ninguno de los agentes a su servicio podrían actuar como lo hacen sin la publicidad. La publicidad se encarga de encubrir la estrategia criminal de todos ellos, maquillando tanto la toxicidad de lo que imponen —productos, servicios, estilo de vida, ideología—, como sus consecuencias devastadoras, implementando el greenwashing, el purplewhasing o el pinkwhasing, el blanqueamiento ecológico, feminista o solidario, lo que toque. Y es la que más eficazmente bloquea cualquier relato disidente porque controla los medios que dependen de los anunciantes, es decir, casi todos. Quienes trabajan en esa industria son los que dan forma, mensaje a mensaje, a esa muchedumbre que vota en contra de sus propios intereses y los de sus conciudadanos. Son los que fabrican los sujetos susceptibles de ser depredados, las presas, creando los cebos que les provocan un estado permanente de deseo insatisfecho y vendiéndoles el supuesto antídoto de su frustración. Son los que destruyen la capacidad crítica de esa gran masa social prometiendo salidas individuales a problemas colectivos como el de la sanidad: «No esperes, no dependas, sé el primero». Como todo lo que venden, «tú te lo mereces» y, si acaso, también los tuyos; quien venga detrás que arree. Paso a paso, a lo largo de los años, todos los que forman parte de la industria publicitaria, que es algo más que anuncios, han convertido el individualismo en el rasgo antropológico que necesitaba un sistema económico basado en la depredación. Nos han convencido, uno a uno, de que no somos pueblo, y eso hace más difícil que los llamemos por su nombre y los enviemos a la mierda, a ellos y a todos los que actúan en beneficio propio contra el interés general, pero mientras no lo hagamos, estaremos bien jodidos.

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No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

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