Entre monstruos y luciérnagas
Comía carne. Viajaba. Salía con las amigas al cine. Se tomaba un café en la terraza de la esquina todos los días. Iba al bingo. Era una cascarrabias. Menuda vidorra se pegaba, oye. Lo nunca visto. Nunca dejará de sorprenderme lo ruines que pueden llegar a ser los seres humanos, especialmente ante situaciones de vulnerabilidad de otras personas. Algunos vecinos y vecinas de Maricarmen se comportaron con ella como Aldo Comas con Paca Blanco en el programa de Joaquín Prat. La histórica activista, que también vive con la amenaza del desahucio, tuvo que escuchar del actor: “No pasa nada, váyase un tiempo con las monjas”. A ella, que fue víctima del franquista Patronato de Protección de la Mujer. Prat ha acabado disculpándose. Poco importa porque el daño ya estaba hecho.
Gramsci nos avisó de que cuando el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos. El caso de Maricarmen Abascal no solo ha ayudado a impulsar un nuevo decreto, sino que está quitando la careta a esos monstruos gramscianos.
“Tener 87 años no te da derecho a vivir a costa de otros en una casa noble en un barrio burgués”, escribió sobre Maricarmen el asesor adscrito a la senadora popular Eva Ortiz. Debe pensar que los vecinos y vecinas de la calle Carlos Cortina tampoco tienen derecho a disfrutar de sus viviendas en paz. Tal y como desveló el periodista Carlos Navarro, el despacho de Víctor Soriano lleva la representación legal de la empresa que está construyendo apartamentos turísticos en este residencial de Benicalap y a la que el Gobierno de María José Catalá concedió una licencia “que ha vulnerado nuestros derechos e incumplido los estatutos de la comunidad”, según denuncian los propios afectados.
Los mismos que utilizan a las abuelas españolas en sus campañas de publicidad racistas para señalar a los menores migrantes abandonan a la abuela española para defender al fondo inmobiliario. Los mismos que, cuando sufrimos la dana, vinieron a corear aquello de solo el pueblo salva al pueblo, pero, cuando se trata de proteger a una señora de 87 años enferma, solo saben responder: que se joda. Son los que vociferan todos somos Ceuta, todos somos españoles hasta que llega el fondo buitre y aplauden cuando echa a Maricarmen. A ella no la defienden. Eso sí, luego se van a misa y solucionado.
A su pesar, esta octogenaria se ha convertido en un símbolo ante el hartazgo de la ciudadanía. Aquí no vale salir a señalar a todos por igual por tacticismo electoral. Si la desahuciaron fue porque PP, Vox y Junts votaron en contra de la prórroga de la moratoria antidesahucios. Tampoco vale argumentar que no importa quién tiene las competencias. Importa, y mucho. En València, desgraciadamente, lo aprendimos el 29 de octubre de 2024. En las comunidades y ciudades gobernadas por el Partido Popular se está boicoteando la aplicación de la Ley de Vivienda y Feijóo advirtió de que desbloqueará un millón de viviendas solo si llega a Moncloa. Es la versión aznariana del quien pueda hacer que, haga o del cuanto peor, mejor para mí de Rajoy.
Volvamos a Gramsci porque cada vez es más evidente que nos encontramos en ese momento de transición entre dos mundos. El viejo conocido y el nuevo en gestación. Y, si nos dejamos arrastrar por el pesimismo de Pier Paolo Pasolini, el parto llegará inducido por un fascismo disfrazado de modernidad y tolerancia. En 1975, poco antes de ser asesinado, Pasolini publicó en Corriere della Sera El vacío de poder en Italia, conocido después como El artículo de las luciérnagas. En él lamentaba la desaparición de aquellas pequeñas luces como metáfora de una sociedad cegada por el consumismo y un nuevo poder homogeneizador. Décadas después, Georges Didi-Huberman le respondió que las luciérnagas habían sobrevivido.
Y ahí están, acompañando a Maricarmen en las calles y las plazas de Madrid. Pero también en otros lugares. En Burjassot se acaba de aplazar el lanzamiento de Daniel, el joven investigador del Instituto de Física Corpuscular de la UV y el CSIC. Detrás vuelve a haber gente organizándose para que alguien no pierda su casa. Pero no olvidemos que movilizarse puede parar un desahucio y que, para evitar el siguiente, hay que gobernar. Por eso importan los decretos antidesahucios del Gobierno, las medidas para proteger a las personas vulnerables y las decisiones para intervenir en un mercado que, abandonado a su suerte, las expulsa de sus casas.
Como Pasolini, yo daría todo por el destello de una pequeña luciérnaga que se enfrente al foco de quienes gritan y deshumanizan. Pero, sobre todo, daría todo por que esas luciérnagas estén unidas en las calles y en las instituciones. Que su luz sea tan intensa que ciegue a los monstruos hasta espantarlos.
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