Pedro Sánchez, hijo de puta
Un tipo al que aprecio aunque él no lo sepa —por eso no doy su nombre— explicaba desde la más absoluta imparcialidad (siendo él de derechas de toda la vida y apellido compuesto) que él, que no era de mucho insultar, entendía que al presidente le cantaran “Pedro Sánchez, hijo de puta” urbi et orbi. Lo hacía mientras le afeaba a una periodista de postín que los del gremio estamos “totalmente desconectados de lo que piensa el ciudadano y cómo lo está pasando”. En realidad, de cómo están los ciudadanos como él, beneficiados de las últimas rebajas de impuestos a los ricos en la Comunitat, sí nos lo imaginamos.
Vaya que si nos lo imaginamos. Solo hay que ver las fotos que sube en las redes sociales para ver que él, que nació soplando cuchara caliente (como cantaba Ramoncín), lo está pasando de puta madre. Y eso es lo que vemos, que igual lo está pasando de putísima madre y no nos hemos enterado. Seguramente, lo está pasando exactamente igual de bien que aquellos a los que defendía: los jornaleros que habían pagado 700 euros por Lacoste para disfrutar del Madring, una carrera que —es cierto— no ha costado ni un euro de dinero público sino cerca de 450 millones. A la autora de tal despilfarro no le insultan a grito pelado, sino que le votan a dos carrillos y, generosamente, le perdonan su doble indigencia —moral e intelectual— cada vez que hay que ir a las urnas. Hay mil formas de criticar a Ayuso y mentarle a la madre es, sin duda, la menos inteligente de todas, salvo que sea para recordarle que eligió la ubicación de su ático de 6 millones de euros de dinero público lo más cerca posible de su progenitora.
Reconozco que Sánchez no es santo de mi devoción. Aguanté cinco minutos la entrevista del Gran Wyoming por este tono suyo de eterno buen rollo, en un momento, instalado en una eterna Happylandia donde la felicidad está al final del camino de baldosas amarillas. Habla para tontos y para militantes. En su derecho está, pero aburre. Pero de ahí a llamarle ‘hijo de puta’ a la primera de cambio hay mucha diferencia.
Aunque la polarización hay en todos lados —lo dijo Ana Rosa Quintana, poca broma—, no recuerdo que a Mazón, en ninguna de las manifestaciones pidiendo su dimisión por la dana, se le coreara el consabido ‘hijo de puta’, ni a Alberto Fabra cuando cerró Canal 9. Tampoco a Ayuso en las protestas por los 7.921 fallecidos en Madrí. Ni cuando el 15 M, la guerra de Irak, el Prestige, o el Yak 42. Da la sensación, por decir algo, de que hay algo más. No es un cabreo espontáneo. Como que se está formando una especie de tormenta golpista que necesita de indignados en la calle. En Chile, en 1973, la estrategia fue un éxito.
La ultraderechización del ambiente no es casualidad, es necesidad. El gobierno más progresista de la historia (que, en España, tampoco es para echar cohetes) ha protagonizado metidas de pata de dimensiones babilónicas. En Ceuta, sin apenas esfuerzo, ha batido récords de incompetencia y, a modo de guinda del pastel, esta semana no ha votado a favor de prohibir a los fondos buitre comprar pisos. Se ha abstenido cuando podría haber dicho ‘sí’ sabiendo que no había mayoría. Genios. Estas son solo dos, pero seguro que cada cual tiene su pifia favorita. A su favor, en cambio, la modificación de la ley de dependencia.
Lo que me preocupa no es que la gente de bien llame hijo de puta a Sánchez un día sí y otro también. Cosas de la educación de colegio de curas. Lo que da miedo es el odio que se ha instalado incluso entre los que se han beneficiado de sus políticas (a través del aumento del SMI, la revalorización de las pensiones…). El de los que gritan de rabia o de desesperación, y que ven en tan socorrido eslogan una forma de airear sus frustraciones. Y me da miedo porque seguramente son los que más van a sufrir algunas de las políticas que se nos vienen encima, y cuando asuman su responsabilidad —como les está pasando a los que votaron a Trump— parte del mal ya estará hecho.
En el fondo, son los menos culpables. Si un locutor palanganero de À Punt puede llamar en antena “subnormal” al presidente (sin micrófono, que diga lo que quiera) y no hay sanción, el mensaje que se transmite está claro. Si la justicia puede condenar a Ione Belarra a pagar 9.000 euros al exjuez Manuel García-Castellón por llamarle corrupto (algo que mucha gente piensa), pero absuelve a la chiflada de Pilar Baselga por acusar a la mujer del presidente de formar parte de una red de narcotraficantes marroquíes, el mensaje está claro: el problema no es insultar, sino a quién.
Si el meteorito no lo remedia, lo que se nos viene son recortes de derechos laborales, más palizas a los homosexuales, pensiones más bajas, menos impuestos a los que más tienen, deterioro de la sanidad y la educación pública… y eso no se puede llevar en el programa. Y si ese es tu programa, la única forma de que te voten es resumirlo en la frase “Pedro Sánchez, hijo de puta”. Y si la gente decide cantárselo a su sucesor, un señor de derechas de toda la vida, no hay problema de orden público que no se solucione con la ley mordaza.
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