¿Y si volvemos a escribir cartas? Esta librera coreana te cuenta por qué merece la pena
En 2019, Juhee Mun decidió dar un giro a su vida con la apertura de su propio negocio: Geulwoll, una papelería ubicada en el barrio de Yeonhui-dong, al oeste de Seúl. Apenas dos años más tarde, abrió una segunda tienda en Seongsu-dong, en la zona este. Contra todo pronóstico, un negocio a priori tan contrario al espíritu de estos tiempos triunfó, y además con una apuesta muy personal: no se trata de una librería al uso, con periódicos y básicos de material escolar, sino de un espacio especializado en la escritura de cartas donde se pueden encontrar todo tipo de papeles, sobres y otros utensilios. Y, aún más importante, donde pueden unirse a una especie de club para cartearse entre ellos.
Para cambiar una tendencia, es necesario que alguien se ponga en marcha. Hoy ya no se escriben cartas a la manera tradicional –a mano, para enviarlas por correo postal, con su sobre y su sello–, de modo que, para reintroducir este hábito, tras detectar que había gente con ganas de hacerlo, pero que no tenía a nadie a quien dirigirse, Juhee Mun montó un servicio de pen pal o amistad por correspondencia que pone en contacto a desconocidos de diferentes edades, orígenes e intereses que comparten, eso sí, esta afición. Solo hay una regla: para apuntarse, hay que empezar escribiendo una carta a un desconocido. Después, se podrá recibir una a su vez y seguir ampliando el círculo.
La autora habla de la excelente acogida de esta iniciativa en El encantador arte coreano de escribir cartas (2022; Salamandra, 2025, trad. Antonio Padilla), que, lejos de ser una guía de instrucciones en la estela de Marie Kondo, se propone compartir sus reflexiones para animar a los indecisos a dar el paso. El hecho mismo de establecer una papelería ya dice mucho: la montó porque quiso, sin que nadie se lo pidiera y en contra de cualquier indicador comercial. Poco a poco, a medida que organizaba el club de pen pal, exploró las posibilidades de este hábito, tanto en los aspectos prácticos –como los tipos de papel o la historia de los sellos– como en lo que les aportó a los grandes escritores de cartas.
El retorno a lo analógico

Sin pergeñar un libelo en contra de lo digital, la autora reivindica un regreso a un hábito analógico, que para los jóvenes no es un retorno, sino una primera toma de contacto. Esa decisión lleva a vivir con otro ritmo, una lentitud bien entendida que conecta con lo más íntimo, con lo que nos hace más conscientes, más presentes. Solo el hecho de escribir a mano implica un esfuerzo para fijar unas ideas sobre el papel –da igual sobre lo que se escriba, se puede comenzar con un modelo de carta genérico– que entrena la memoria y el cerebro en general de una manera que las herramientas informáticas –rápidas, llanas y efímeras, que agilizan cualquier proceso– no pueden igualar.
La carta manuscrita tiene, además, la cualidad de ser única, personalizada; una prueba de que alguien se ha tomado el tiempo no solo de ponernos por escrito unas palabras exclusivas para nosotros, sino de elegir el papel en el que lo hará, de pegar un sello al sobre, de llevarlo al buzón o a la oficina de correos. El correo electrónico eliminó estos pasos en aras de la velocidad y con ello acabó con la costumbre de conservar las cartas como recuerdo material de la relación con alguien. La autora da importancia a la faceta de la carta como manualidad e incluso anima a decorarlas para hacerlas más personales. La desaparición de las papelerías también está haciendo que se pierdan ciertas aficiones –el collage, la decoración, la papiroflexia– para las que estos negocios proporcionaban recursos. Escribir cartas y enviarlas es una forma más de negarse a vivir solo en pro de lo útil, lo productivo. Es volver a ser dueños de nuestro tiempo, de ir a contracorriente.
Antídoto contra la soledad
La tienda de Juhee Mun vende algo más que productos: ofrece compañía, la posibilidad de conocer gente, de cultivar un nuevo hábito que aporte gratificación y amistades. Pone en contacto a personas que de otro modo no se habrían cruzado por la diferencia de edad o por pertenencia a círculos distintos y con ello combate uno de los peores problemas de estos tiempos: la soledad, que afecta tanto a jóvenes como a mayores. Saber que alguien nos dedica un rato, que se toma unos minutos en pensar qué va a decirnos, y hacerlo uno mismo a su vez, es un lujo cada vez más preciado: el regalo de la atención plena.
Y para uno mismo también resulta enriquecedor; es más, la autora sugiere que evitemos hacer un monólogo al escribir y, en cambio, mostremos interés por el otro, respondamos a lo que nos cuenta sin acaparar con nuestras preocupaciones. Es un acto de generosidad semejante al de ayudar a alguien o colaborar con una campaña solidaria; darse al otro, si se hace por voluntad propia y sin forzarse, es también una manera de sentirse mejor con uno mismo, de transmitir una bondad, un afecto y un altruismo contagiosos que forman una red. Porque una carta no va de uno ni del otro, sino del vínculo único que se crea.
La reivindicación de una artesanía
Habrá quien opine que la autora examina los tipos de papel y sobre, recomienda libros sobre cartas e investiga el mecanismo de los sellos porque, al fin y al cabo, los vende; no obstante, se percibe algo más, una verdadera vocación desinteresada de facilitar esta práctica. De hecho, también reflexiona sobre aspectos no comercializables, como dónde escribir o a qué hora del día hacerlo (sí, saca mucho jugo a la experiencia), además de dar consejos para que los menos avezados sepan cómo romper el hielo.
Por mucho que lo que importe es ese bien inmaterial al que dan sentido las palabras, no se debe menospreciar el envoltorio, la manualidad, que dice mucho de la persona que lo remite y de cómo ve a su interlocutor. Cuanto más se conoce al otro, más confianza hay, más oportunidades de hacerle pequeños regalos personalizados, aunque sean una simple pegatina simpática de algo que le agrade. Por otro lado, el ritual de elegir los materiales, de ir hasta la papelería, observar, tocar y seleccionar, puede suponer un placer, como el de cuando íbamos al colegio y estrenábamos un cuaderno; y puede motivarnos más que un folio blanco corriente.
Mucho más que un producto
Se suele atribuir a los camareros el papel de psicólogos improvisados; sin embargo, el testimonio de Juhee Mun invita a pensar que, en cierto modo, una librera –una librera que escucha, que atiende a las necesidades particulares de cada cliente– también lo es. Además de la amistad que surge mediante la correspondencia, al acudir a la papelería los lectores tejen lazos con la dueña, que los asesora con un mimo que ningún algoritmo es capaz de igualar. Porque no solo proporciona remedios, sino que acompaña, alienta, guía para que descubran una afición que les dé esa plenitud que no hallan en su vida.
Comparte algunos casos, como el de una mujer que le “confesó que lo que la impulsó a participar en el servicio fue el deseo de recibir unas palabras de ánimo […] me explicó que en ese instante se sentía deprimida y cansada de todos”. El hecho de dirigirse a un desconocido, según la autora, ayuda, por cuanto nos da más libertad, más posibilidad de empezar de cero, de mostrar una faceta que el día a día mantiene dormida. Y es que, al escribir, al volcarnos en un texto tan íntimo como una carta manuscrita, quizá somos más nosotros mismos que nunca, nos abrimos más, atendemos más, sin la cháchara, los prejuicios o el ruido que a menudo allanan los encuentros cara a cara.
Hay una profundidad en cada carta que nace del pensamiento reposado, de la conciencia de emprender una acción sin automatismos. Cada carta es, o puede ser, un refugio si así lo queremos, si así lo promovemos; y también una papelería puede serlo. Con el tiempo, las cartas atesoradas constituyen un documento de memoria, incluso de literatura (ahí están las de diferentes personajes históricos, no solo escritores).
Y, dado que Geulwoll nos queda un poco lejos, podemos encontrar amigos por correspondencia en páginas como Penpal, Global Penfriends, Slowly, Swap-bot, Penpal World o Postcrossing. O, por qué no, podemos sorprender a un amigo que vive lejos o proponer la actividad en nuestro barrio. Atreverse a dar el paso, como dice Juheen Mun, merece la pena: “La simple acción de escribir resulta liberadora y nos reconforta. Me parece que este efecto mágico es lo que explica la constante popularidad del servicio de amigos por correspondencia. […] las cartas me han enseñado a relacionarme de otra manera, a que ir más despacio es posible y además muy hermoso. Y que escribir, a veces, es la forma más sincera de volver a estar cerca de alguien”.
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