'Silencio', la historia de la novela japonesa de hace sesenta años que cautivó a Martin Scorsese
“Lo mismo que antes, seguía la cigarra con su ruido reseco. No había brisa. Lo mismo que antes, el sordo aleteo de la mosca dando vueltas por su cara. El mundo de fuera no se diferenciaba en nada. Había muerto un hombre, pero nada había cambiado. Qué cosa más absurda… ¿Y a esto lo llaman martirio? ¿Por qué sigues en silencio?”.
En el siglo XVII, unos sacerdotes jesuitas portugueses se proponen ir a Japón con dos objetivos: ayudar a los cristianos japoneses, que están siendo perseguidos por su fe, en un momento en el que ya no quedan sacerdotes en el país; y averiguar qué ha sido del padre Ferreira, uno de los misioneros más importantes en el país nipón, pero del que llega la inquietante noticia de que habría apostatado. Esa es la premisa de Silencio, de Shûsaku Endô, una novela que nos lleva de Roma a Lisboa, pasando por Macao, con destino a Japón. Tuvo un gran éxito en este último país desde el momento de su publicación en 1966, hace 60 años: recibió el prestigioso premio Tanizaki, y vendió en unos cinco años unos dos millones de ejemplares.
La historia de Silencio aborda el problema que representa para los creyentes el silencio de Dios, la aparente indiferencia ante la matanza de centenares de inocentes. La novela se popularizó todavía más en todo el mundo en 2016, con el estreno de la película de Martin Scorsese, protagonizada por Andrew Garfield, Adam Driver y Liam Neeson. Una adaptación al cine del propio Scorsese y del guionista Jay Cocks, con el que el cineasta ya había trabajado antes en Gangs Of New York.
Scorsese oyó hablar por primera vez del libro de Endō en 1988, después de rodar La última tentación de Cristo, una película basada en la novela del escritor griego Nikos Kazantzakis, autor de otras obras también fantásticas como Zorba, el griego, Cristo de nuevo crucificado y de un poema épico que revisaba La Odisea, que siempre consideró su obra más importante. La adaptación al cine de La última tentación reflejaba la visión de un cineasta católico, sobre un guion escrito por un protestante (Paul Schrader) que adaptaba la novela de un cristiano ortodoxo. El resultado es una obra interesantísima (como el libro de Kazantakis), que levantó una gran indignación y polémica y sufrió hasta algún atentado por parte de grupos ultras en alguna de sus proyecciones.
Fue en un encuentro organizado tras una de las proyecciones de La última tentación de Cristo cuando el arzobispo episcopaliano de Nueva York le habló a Scorsese de Silencio, y le hizo llegar la novela. El cineasta leería el libro un año más tarde, mientras trabajaba, precisamente, en Japón. Desde 1989, quiso adaptarlo al cine, un viaje complejo que culminaría con el estreno de la película en 2016. Además, el estreno de Silencio permitió a Scorsese conocer al Papa, con el que entabló una relación muy especial. De hecho, Scorsese ha anunciado un documental sobre Francisco coincidiendo con el primer aniversario de su muerte. Y fue a este Papa, en mayo de 2023, al que le contó su intención de adaptar al cine otra novela de Endō, titulada Una vida de Jesús.
Shūsaku Endô (1923-1996) está considerado uno de los grandes escritores japoneses del siglo XX. Se convirtió al catolicismo de pequeño, por influencia familiar. Estudió Literatura francesa en Japón, en la universidad de Kio, y después continuó su formación en Lyon, becado por el gobierno de su país. Sin embargo, no pudo terminar allí sus estudios por problemas de salud. A lo largo de su vida estuvo bastante tiempo sin poder trabajar como consecuencia de la tuberculosis.
Escribió ensayos y relatos cortos, aunque sus libros más conocidos son novelas: además de Silencio, se suele destacar El samurái, otra historia ambientada en el siglo XVII, en la que cuatro samuráis viajan en barco con destino a México acompañados por un sacerdote español; o Escándalo, en la que explora los límites morales en las relaciones sexuales y en la que aborda también el recuerdo de las brutalidades cometidas por los soldados japoneses en China. Hombre blanco, Hombre amarillo o Mar y veneno son otros de sus títulos notables. La mayoría de su obra se centra en la experiencia de la minoría católica en su país y retrata los choques culturales causados por las relaciones de Japón con otras potencias occidentales.
Los sacerdotes protagonistas de Silencio son muy conscientes de que uno de sus posibles destinos es el martirio. Sin embargo, para lo que de verdad no están preparados es para ver morir a tantísimos cristianos japoneses. Los gobernantes nipones, que décadas antes habían sido muy abiertos con el cristianismo, lo empiezan a ver como un peligro para la estabilidad social. Después de años de persecuciones, no quieren matar a más misioneros y sacerdotes, porque saben que los fieles cristianos japoneses los convierten luego en mártires, lo que contribuye a que la religión se extienda. Por tanto, buscan que los padres apostaten, que se rindan, y para lograr quebrarlos se proponen matar a tantos campesinos cristianos como sea necesario. Para ellos, sus vidas no valen nada.
La novela no se ahorra detalles en las descripciones de los tormentos a los que someten a estos campesinos: por ejemplo, crucifixiones junto a la playa, para dejar que se ahoguen al cabo de unos días, con el golpe de las olas y la subida de las mareas, agotados de cansancio. O cómo les hacen una herida detrás de la oreja y los cuelgan boca abajo, de modo que se vayan desangrando con el paso de las horas. Silencio muestra también cómo la más brutal de las represiones, a veces, viene de gente que no es aparentemente cruel en sus formas, que mantiene hasta los modales, que es indiferente al dolor o que lo inflige en defensa del orden y del sentido común.
El protagonista, el padre Rodrigues, ve paralelismos entre su vida y la de Jesús de Nazaret. Él también es detenido, paseado entre burlas y juzgado, es cuestionado por las autoridades políticas y religiosas del lugar. Él también es traicionado por un Judas, llamado Kichijiro, que despierta en el padre desprecio por su cobardía, pero también compasión, pues no para de repetir que en tiempos de paz hubiera sido una buena persona y un gran cristiano.
Rodrigues quiere ser Jesús, pero le da miedo acabar convertido en un Pedro que lo niega tres veces antes de que amanezca. Está dispuesto a entregar su vida, pero le da miedo no poder superar una tortura que, en su caso, es psicológica: ver agonizar a sus compañeros, hombres y mujeres humildes que han tenido, hasta entonces, vidas miserables. Presenciar cómo se les hace sufrir de formas metódicas y desesperantes. ¿Hasta qué punto tiene derecho uno a decidir sobre el sufrimiento de los demás solo por mantenerse firme en sus creencias? Si no renuncia a su fe, ¿lo hace guiado por el orgullo? Si traiciona sus principios, ¿significa que ha ganado el amor o el miedo? ¿Será capaz de encontrarle otro propósito a su vida a partir de entonces?
Silencio está escrita con un estilo claro y sencillo, y se hace menos densa que la película (que, aun así, es maravillosa). Scorsese la adapta de forma muy fiel, ya que solo contiene una gran diferencia: el final. El del filme también es duro, pero conserva un punto de esperanza. La película recuerda en algunos aspectos a otra muy conocida protagonizada por sacerdotes jesuitas: La misión (1986), dirigida por Roland Joffé, en la que, curiosamente, también aparece Liam Neeson (además de Jeremy Irons y Robert De Niro, el actor con el que más veces ha trabajado Scorsese en su carrera), y que cuenta con una preciosa banda sonora de Ennio Morricone.
Las dos películas muestran, de formas diferentes, la resistencia que oponen los protagonistas frente al miedo causado por las persecuciones. Como pasaba también con La misión, es más fácil que empatices con los personajes de Silencio si tienes cierta mirada religiosa del mundo, pero están lo suficientemente bien construidas como para atraparte con la fuerza de sus historias y con la fascinación que despierta el periodo histórico y el lugar en el que se ambientan.
El interés por esa etapa de la historia de Japón entre el gran público está, además, más que comprobado, como demuestra el éxito que obtuvo recientemente la serie Shōgun, basada en la novela homónima de James Clavell, que se llevó varios premios Emmys. Shōgun, eso sí, se construye con tramas protagonizadas por un mayor número de personajes, con distintos puntos de vista. Esa característica, junto al hecho de que se centra en gran medida en describir luchas por el poder en un mundo de resonancias medievales, ha hecho que mucha gente compare a esta serie con Juego de tronos. Shōgun también tiene personajes católicos, algunos de ellos japoneses, que viven su fe en secreto, y ese aspecto tiene importancia en la historia, pero no es tan esencial como en la obra de Endō.
Silencio es, a pesar de su crudeza, una novela de una gran belleza. Y sigue teniendo plena vigencia, pues plantea preguntas que nos quedan, desgraciadamente, muy próximas. ¿Cómo se puede mantener la razón, la cordura, cómo se puede seguir hacia adelante, vivir como si nada, cuando sabes que se matan decenas, centenares, miles de personas inocentes cada día? De Gaza a Sudán, pasando por el Líbano, ¿qué hacer cuando buena parte del mundo parece indiferente al sufrimiento indescriptible de otros seres humanos? El salvajismo y la barbarie no son ajenas, por desgracia, a otras muchas etapas de la historia de la humanidad (hay quien dirá que incluso es la regla, que las etapas de paz son la excepción, y no faltará la razón). Pero lo que no habíamos tenido antes es la retransmisión directa de esas imágenes, en tiempo real, en dispositivos que llevamos todo el día con nosotros, y a los que nos asomamos de forma casi continua.
Los protagonistas de Silencio abogan con firmeza por la dignidad de las personas de una forma que se parece mucho a la búsqueda de unos derechos humanos universales. El camino de la no violencia es el único que aconsejan seguir con fervor y fiereza hasta el final, incluso si conduce al martirio. La única forma en la que creen que se puede acabar por romper a la larga el ciclo eterno de la persecución y la violencia.
En el libro, el padre Rodrigues está aterrado ante la posibilidad de que Dios no exista, pero le genera una inquietud parecida pensar en Dios como un padre que permanece indiferente ante el dolor de los más necesitados de entre sus hijos. Sabe que la crueldad viene de los hombres, pero se pregunta hasta cuándo, cuánta muerte de inocentes será suficiente, cuánta sangre derramada saciará a los verdugos. Una pregunta que podríamos hacernos todos cada noche, mientras, como Rodrigues, buscamos saber cómo actuar, cómo enfrentarnos frío e indiferente, cómo exigir que se respete a los más débiles sin caer en el desánimo.
La novela no ofrece una respuesta clara, pero sí anima a perder el miedo a que el contacto con el sufrimiento de los demás nos transforme, por muy devastador que resulte. Y nos anima también a recordar la belleza que sigue habiendo en un mundo en el que, sin embargo, suceden cosas terribles. Tenerlo presente anima a seguir adelante, a no perder la esperanza, pero sin silenciar las voces de quienes sufren un dolor tan hondo que no parece tener fin.
Porque la maldad es tan banal que se alimenta muchas veces de la indiferencia de gente decente. Y porque, como nos recuerda aquella cita de George Eliot recuperada por Terrence Malick en su película Vida oculta (2019), el bien del mundo “depende en parte de actos al margen de la historia”, se debe en parte “a quienes vivieron fielmente una vida oculta, y descansan en tumbas que nadie visita”. Y, a día de hoy, necesitamos de todos esos pequeños actos de la gente corriente que, quizá, no ocuparán páginas en los libros de historia, pero que harán del mundo un lugar más decente y vivible y, del futuro, una incógnita menos amenazadora.
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