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De las fake news a las empresas fake: cómo afecta la economía ficción a nuestras ciudades

Empresas de movilidad compartida que se esfuman, compañías de coworking sobrevaloradas, servicios de transporte sin rentabilidad a la vista, fondos que adulteran mercados...

Las empresas del capitalismo financiero funcionan como las fake news, buscan la excitación de los mercados para dar el pelotazo y utilizan las ciudades como escaparate

El servicio chino Ofo opera en Madrid desde el año pasado

El negocio que iba a cambiar la movilidad de nuestras ciudades ya no existe.

Se habla últimamente mucho de fake news. Las noticias falsas que nos inundan y que se difunden gracias al funcionamiento de los algoritmos de las redes sociales que, a su vez, se alimentan de nuestra forma de prestar atención a los titulares. En la pelea que se libra cada segundo por captar nuestro foco, triunfa lo que es excitante, vencen los titulares pergeñados para emocionar (en positivo o en negativo) y movernos a hacer clic. No hay, en realidad, nada muy nuevo en la forma. Siempre se titularon las noticias para llamar a nuestros ojos y también siempre ha habido bulos. Lo que ocurre es que ahora hay tantísimos estímulos pretendiendo ganarse nuestra mirada y confianza que no nos da tiempo a filtrar. Nos quedamos con la primera cosa que nos hace removernos de la silla y así nos la cuela igual El Mundo Today que la estrategia de comunicación de Trump, Salvini o Casado. Al otro lado de la pantalla, nada es muy distinto.

Este reportaje de Foreign Policy explicaba hace unos días el auge y caída de los servicios de alquiler de bicis sin estación en China. Casi al mismo tiempo, Analía Plaza contaba por aquí cómo se han esfumado dos empresas de bicis compartidas, Ofo y oBike. Su llegada a Madrid y a otras ciudades del mundo fue un fogonazo. De repente, las calles se llenaron de cacharros para alquilar y pedalear. Su salida, igual. Como en una de esas estafas de película, hay rastro de las bicis y las deudas, pero los causantes han desaparecido.

Del asunto se pueden extraer unos cuantos aprendizajes. Por ejemplo, los responsables del Ayuntamiento de Madrid podrían reflexionar sobre si su pretensión de situar la ciudad como la capital mundial de la movilidad compartida es compatible con su mandato como servidores y gestores de lo público. Porque estas bicis chinas y singapurenses llegaron sin que nadie les pusiese límites y alguien podría decir que si se han ido debiendo las fianzas a sus clientes es porque la autoridad les dejó instalarse. Ahora ya hay algunas normas, sobre todo para patinetes y bicis, pero se echa en falta el celo debido también para coches y motos, negocios privados todos que operan y mercantilizan el espacio público y la movilidad, dos asuntos especialmente peliagudos. Pero —y, sí, esto es un “aquí lo dejo”— no era de la pericia de ningún gobierno concreto de lo que quería hablar.

Valor percibido, corto plazo y especulación

En realidad, todos deberíamos reflexionar sobre qué está pasando con las empresas que operan en nuestras ciudades y cómo nos tomamos sus productos y servicios. Estamos en plena era del capitalismo financiero, una economía de mercado absolutamente globalizada y deslocalizada en la que los negocios, sobre todo los que van de tecnológicos pero no sólo, se crean para generar un valor percibido que será recompensando a los inversores y gestores mediante su traspaso, no a través de la cuenta de resultados. El mecanismo de las bolsas es ya el de buena parte de los asuntos empresariales: mandan el corto plazo y la especulación.

Los emprendedores, más que tener talento y conocimiento para crear proyectos rentables y consolidados, deben ser hábiles pariendo ideas que cautiven a business angels y fondos de capital riesgo, con lo que muchas veces se convierten ellos mismos en el argumento de venta. ¿Y los clientes? Se supone que todo se hace para satisfacer sus necesidades, pero quizás no sea tal cual. Como digo, el dinero que se busca es el del pelotazo. Por el camino, no sólo quedan abandonados los intereses reales de los consumidores sino, sobre todo, de los ciudadanos, que parece lo mismo pero no lo es. Y, sin embargo, todos participamos del juego porque las ciudades son el mejor escaparate para esta forma de hacer dinero.

Paro la disertación y vuelvo al ejemplo del que venimos. Cuando aparecieron esas bicis de alquiler en todo el mundo, se habló del nuevo servicio como protagonista principal del futuro de la movilidad sostenible. Lo hicieron tanto medios de comunicación como usuarios y hasta muchos activistas. Fascinados todos por la novedad, casi nadie se fijó en que el plan de negocio, en caso de existir, era inviable y los costes sociales podían ser altos.

Tiene toda la pinta de que ocurre lo mismo con los patinetes de alquiler y con los coches y las motos, como se puede leer en este reportaje de Alfredo Pascual en El Confidencial: el negocio no está en los beneficios sino en otras cosas que, en el caso de los cochecitos, pueden ser el posicionamiento o la publicidad (gratuita, por la cesión del espacio público cortesía de los ayuntamientos permisivos). La mayoría de estos modelos de movilidad compartida, además, sólo son posibles, precisamente, por la ausencia de normas y por la forma tan innovadora de contratar de algunos de ellos —estoy pensando en los recogedores de patinetes—. Si jugasen con las reglas de los demás, sus costes de operación serían mucho más altos, tendrían que subir las tarifas y serían, por eso, cada vez menos convenientes y viables.

Rentables, ¿para qué? ¿Para quién?

Pasa algo muy parecido con muchos otros servicios venidos desde la modernidad. Uber, Cabify y demás competidores no destacan en ningún caso por su capacidad de ser rentables sino por lo bien que saben atraer dinero, una pasta que les permite asumir tarifas muy por debajo de lo que les sería beneficioso y, por tanto, ofrecer un servicio que es en buena parte ficticio. Por supuesto, la tendencia no es exclusiva del sector de la movilidad. Ocurre en todos, en los viejos y en los nuevos negocios.

Un ejemplo fascinante es WeWork. La empresa se dedica al coworking y al alquiler de oficinas, ofrece más de 500 espacios en casi cien ciudades y ha tenido un crecimiento loquísimo y siempre según este formato de cortejo al capital. El último acaba de ocurrir. SoftBank, el grupo tecnológico japonés que a través de distintos fondos está invirtiendo en (casi) todo lo que se menea, acaba de meter otros 2.000 millones de dólares —son muchos pero iban a ser muchísimos más— en una empresa que, aunque no deja de perder dinero, ahora mismo está valorada en 42.000 millones de dólares. Así lo explica Financial Times: “La valoración de WeWork siempre ha desafiado cualquier explicación racional. Los ingresos trimestrales crecen, pero alquilar oficinas a largo plazo para subarrendarlas es arriesgado. La empresa cuenta con numerosos competidores, un modelo que puede copiarse fácilmente y pierde dinero con obstinación”.

WeWork, que ahora ha anunciado que se va a llamar The We Company y que va a diversificarse a la educación y la vivienda, cumple con el manual de la empresa moderna. Tiene un CEO y fundador, Adam Neumann, que parece una estrella de cine en plena actuación, usa una coartada tecnológica aunque se dedica a un negocio de toda la vida y se expande por el mundo sin freno. Y se podría pensar que esa expansión y sus riesgos correspondientes son sólo asunto de sus gestores, sus trabajadores y de sus inversores, pero no es así.

Con el músculo financiero bien dopado, una empresa como ésta desembarca en una ciudad alterando no sólo a su competencia y a su mercado natural. Lo de WeWork afecta a un mercado inmobiliario, ya enormemente adulterado por la acción de fondos internacionales. Lo de las compañías de movilidad compartida, al transporte público, por ejemplo. Se convierten, además, en servicios irreales, por muy útiles que sean, porque no se cobran al precio necesario sino al que permite esa forma de expansión en la que el objetivo es… expandirse aún más.

Las empresas del capitalismo financiero funcionan como las fake news. Su objetivo no es tanto ganarse la vida con la comercialización de un producto y/o servicio sino provocar excitación en los mercados para ser virales y manipular y aumentar su valor. En esa excitación participamos todos, ciudades y ciudadanía, como canales de transmisión. Los empresas usan las urbes como expositores para vestir y mostrar sus productos. Como normalmente vienen teñidos de modernidad, tecnología y futuro, se cuelan entre la lentitud burocrática, el despiste administrativo, la indecisión política y el asombro mediático. Los ciudadanos, seamos usuarios o no, participamos en la conversación y, así, en la estrategia de comunicación. Detrás de todo este proceso hay unos cuantos analistas y consultores tomando notas y haciendo informes para cautivar a los potenciales compradores.

Si la cosa va bien, el negocio sigue sin funcionar pero alguien se lo lleva por una millonada. Si no, los restos del naufragio se quedan entre nosotros. Bicicletas abandonadas, fianzas retenidas, servicios insatisfechos, burbujas varias, precarización de las condiciones laborales, despidos… Así es la economía ficción.

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