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El peligro del pensamiento urbano como pensamiento único

El domingo hay en Madrid una manifestación que, bajo el nombre de La revuelta de la España vaciada, pretende la igualdad de oportunidades en todo el territorio

El capitalismo urbanita sólo ve el campo (y el mar) como una mina de la que extraer recursos, ya sean humanos, naturales o materiales

La España rural está llena de casas vacías por culpa de la nostalgia urbanita.

La España rural está llena de casas vacías por culpa de la nostalgia urbanita.

Más del 50% de la población mundial vive en ciudades; en 2050 se prevé que sea más del 70%. Así empiezan multitud de textos, presentaciones y discursos relativos a lo urbano (incluso éste, por lo que se ve). Son datos que sirven para algo más que para contextualizar, son porcentajes que se mencionan casi como celebración y que por eso consiguen consolidar un sentido de pertenencia equivocado, reafirmar un pensamiento único que, más allá del espacio en el que habitamos, marca la forma en que vivimos, consumimos y agotamos nuestro crédito natural. Empiezo por el final: no hay un debate entre lo rural y lo urbano. No puede haberlo porque lo segundo domina absolutamente sobre lo primero. No hay nada que festejar en ello y sí bastante sobre lo que pensar.

Ése más del 50% de la población mundial reside en menos del 3% del territorio del planeta. Lo cual no quiere decir que lo que no es ciudad sea naturaleza salvaje ni carezca de relación con lo urbano. Al contrario. Un estudio dirigido por Erle C. Ellis, investigador ambiental de la Universidad de Maryland, demuestra que, mientras hace tres siglos los humanos sólo usábamos el 5% de la Tierra para nuestros asuntos, ahora nos aprovechamos de más del 50%. Según sus datos, sólo queda un 25% de territorio salvaje y un 20% seminatural. El resto son recursos urbanos, es decir, puede que sea terreno rural, pero está al servicio de la gente que habitamos las ciudades. Como cantaba James Brown, It’s a Man’s World. Es un mundo masculino y, además, urbano y capitalista. Conviene tenerlo claro.

Cuando habla de la evolución de las ciudades en su último libro, Construir y habitar: ética para la ciudad (Anagrama, 2019), Richard Sennett da pistas de algunos rasgos interesantes —interesantes para lo que quiero decir a continuación, claro— de lo urbano: el ensimismamiento, la velocidad y una cierta soberbia; rasgos que son también atribuibles a la forma económica dominante en esta parte del universo. Las ciudades mandan y mandan de una manera individualista e insolidaria que se apropia y engulle todo con ansiedad sin preocuparse por las consecuencias de esa bulimia.

El domingo hay en Madrid una manifestación apoyada por más de 80 organizaciones de todo el país que, bajo el nombre de La revuelta de la España vaciada, pretende la igualdad de oportunidades en todo el territorio. Los convocantes quieren movilizar a decenas de miles de personas para protestar contra la falta de inversiones y equipamientos, contra el aislamiento y contra el olvido. Por supuesto, llevan toda la razón incluso en los matices como los que aportaba hace unos días la ilustradora Sara Fernández en su muro de Facebook.

Un problema de vivienda, también

Sara, que vive con su familia en una aldea segoviana con sólo ocho habitantes y trece casas en pie, recordaba que, en su pueblo, como en tantos otros, podría vivir mucha más gente que no lo hace por un problema tan urbano como el inmobiliario. "Pero ¿cómo se va a repoblar la España vaciada si no hay posibilidad de tener una casa?", se preguntaba. En el campo está también muy difícil el acceso a la vivienda, aún derruida, porque hay quien está a la espera especuladora y porque resulta que hay muchos que paralizan el movimiento para satisfacer su nostalgia; habitantes de ciudades que, para no olvidarse nunca de dónde vienen, dejan que su tierra se pudra para siempre. Así, sentimental y posesiva, es la mirada de la ciudad hacia el campo. Así es el pensamiento urbano.

El pensamiento urbano es el pensamiento dominante, el único en realidad. Tanto, que imprime el carácter de lo rural y ofende a las pocas personas de ese lado a las que da voz. "Leo lo que escribieron sobre el medio rural otros antes. Lo que escriben sobre el medio rural otros ahora. Y tropiezo. Tropiezo una y otra vez con esa literatura que nos llama granjeros, que nos asocia siempre con la palabra vacía, que nos describe desde el paternalismo y las grandes ciudades, que nos visita para reportajes graciosos, que se empeña en escribir del medio rural como si fueran sepultureros, que usurpa la voz de los que se manchan las manos de tierra y habitan entre campiñas y montañas". Así se expresa María Sánchez en Tierra de mujeres (Seis Barral, 2019) sobre quienes, como yo ahora mismo, hablamos de lo rural. No debe extrañar su irritación. El modelo está dibujado para crear mal rollo. Igual que Galactus, el malísimo del universo Marvel que necesita alimentarse de planetas para sostenerse, el capitalismo urbanita sólo ve el campo (y el mar, ojo) como una mina de la que extraer recursos, ya sean humanos, naturales o materiales.

Conviene aclarar que esta forma de actuar está impuesta desde las grandes y exitosas ciudades y sus centros de decisión y que las consecuencias las pagan también otros núcleos considerados urbanos pero que en realidad están, por condiciones y forma de vida, en el lado perdedor del problema. Los traumas no vienen por lo que hacen asentamientos de 10.000, 50.000 o 500.000 habitantes, sino por la carrera por llevárselo todo de esas urbes grandes y presuntuosas que creen que el crecimiento es el único sentido de su existencia. Y que se equivocan estrepitosamente. El modo Galactus lo único que hace es provocar desigualdades económicas y territoriales dentro y fuera de esas ciudades de postín. Y la sobrealimetación puede llevar a un empacho de peligrosas consecuencias.

Todo esto ya lo he contado por aquí una y otra vez, pero la insistencia es el único superpoder que tengo ahora mismo a mano. Las ciudades deberían ponerse ya mismo a frenar su crecimiento y su codicia y a acelerar su solidaridad y su capacidad de redistribución. Si no, el pensamiento urbano acabará siendo el tonto del pueblo.

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