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Espacio para la reflexión y el análisis a cargo de parlamentarios europeos españoles.

El mundo post-COVID, un reto también personal

Pleno del Parlamento Europeo del 16 de abril de 2020.

Lina Gálvez / Paloma Fernández Pérez

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Por todo el mundo, y como no podía ser de otra manera, se están publicando libros y artículos y se están poniendo en marcha comités de expertos, la mayoría con la “o” del masculino, para pensar en la salida de la crisis, en el mundo post-COVID-19. Muchos parlamentos y gobiernos han puesto en marcha estas comisiones o comités, sabedores de que esta crisis no es solo un mal momento coyuntural que hay que pasar lo antes posible, sino un verdadero toque de atención para hacer las cosas de otra manera. Una reflexión que también están haciendo las empresas y los  think tanks  a los que financian, y por supuesto las élites financieras que controlan gran parte de nuestras vidas.

Pero todas esas reflexiones no tendrán el alcance necesario si no van acompañadas de las que hemos de realizar las personas a título personal para reactivar y reinventar, también nosotras y nosotros, los valores que asumimos, los principios éticos que nos guían, nuestra posición en el mundo o la forma en que nos relacionamos con los demás y con la naturaleza. Es decir, si en lugar de asumir lo que nos digan, asumimos un compromiso personal efectivo para hacer que lo que hacemos por nuestra cuenta y lo que hacemos por los demás y por la sociedad en su conjunto sea distinto a lo que venimos haciendo. Porque nuestro comportamiento individual en todos estos últimos años, por acción u omisión, también tiene que ver con lo que nos viene sucediendo.

Desgraciadamente, lo que suele ocurrir cuando se habla de pacto ciudadano, de pacto social o de pacto verde, es que las y los ciudadanos apenas nos sintamos concernidos, limitándonos a ser sujetos pasivos, meros destinatarios sin respuesta de las políticas, restricciones, derechos u obligaciones que asumimos como condiciones cuasi naturales, como condiciones que nos vienen dadas. Si esto no cambia, si no modificamos nuestra subjetividad, nuestras condiciones y compromisos personales, no habrá pacto social capaz de resolver esta espiral de crisis sobre la que cabalgamos en los últimos decenios de dominio neoliberal: cuando no ecológica, de cuidados, sanitaria, económica, de las instituciones o la democracia...

En contra de lo que se ha querido hacer creer, el neoliberalismo no ha sido simplemente una mera modalidad de las políticas económicas. Ya Foucault comenzó a mostrar, incluso antes de que se convirtiera en políticas efectivamente aplicadas, que era algo más relevante que un modo de producción o incluso una apuesta política de largo alcance: comportaba un proceso de transformación radical de lo subjetivo que se sostenía, al mismo tiempo y como encima de una especie de trípode, sobre una nueva y revolucionaria versión de la economía, del ejercicio del poder y de las vivencias de los sujetos.

Margaret Thatcher lo expresó con extraordinaria precisión y claridad cuando dijo aquello de que lo prioritario no era la economía, sino cambiar el alma, el corazón de las personas. Ella sabía que la revolución tecnológica permitiría un nuevo modo de producir y consumir y que el ejercicio del poder que se proponía iba a permitir cambiar las prioridades de la política económica, para dar privilegio a la iniciativa privada y al mercado, para desmantelar el Estado protector y para liberar a la gran empresa de la pesada carga fiscal que le imponía, para crear el nuevo universo de lo monetario y las finanzas como espacio del beneficio y, en fin, para proporcionar al capital la mayor libertad posible de movimientos mientras que se ataba en corto a las clases trabajadoras y a sus instrumentos de defensa, los sindicatos. Pero sabía también y de ahí esa frase, que nada de eso sería posible si no se cambiaban los valores, los incentivos, las aspiraciones, la ética, el modo de pensar, de actuar, de protegerse y de legitimar el orden establecido de todos los individuos.

Lo consiguieron creando un nuevo tipo de sujeto ensimismado, que no proyecta sobre sí una aspiración ni un horizonte que no sean los suyos propios, los que se dibujan a exclusiva imagen y solo en semejanza consigo mismo, que valora sobre todo el diferenciarse de los demás, el sentirse distinto y, por tanto, que vive y actúa como un átomo aparte de los demás seres humanos, a quienes, en consecuencia, cree que no los necesita. La falacia de la individualidad que tan bien ha desarrollado un modelo de conocimiento androcéntrico.

Se consiguió forjar el cambio de mentalidad que se necesitaba para que fuese posible extender la producción que ofrece productos (real o incluso tan solo aparentemente) diferenciados y que nos define como personas a través de lo que consumimos; el consumo a la medida de cada uno, envuelto en apariencias singularizadoras. Pero también para sostener (legitimar) la nueva presencia social de un sistema capitalista que iba a poder dejar de ser protector, pactista, satisfactorio en la medida en que satisface el consumo se masas, el mantenimiento de la capacidad adquisitiva, la estabilidad en la fábrica y la “quietud” que en el hogar proporcionaban las mujeres dedicadas “a sus labores”; para que se pudiera aceptar y legitimar de manera cómplice y entusiasta un estado y un sistema cada día más objetivamente insatisfactorio, por desigual e inestable.

En las condiciones normales del neoliberalismo rampante es muy difícil que una lógica civilizatoria de esa naturaleza no ya se disipe sino incluso que se dejen notar las vías de agua. Y, cuando la situación a veces cruje sin remedio, la comunicación social controlada desde los oligopolios informativos, o la hegemonía del pensamiento que se ha venido cultivando en los últimos cuarenta años en las instituciones educativas y centros de investigación social, o más tarde y directamente la mentira, las fake news de nuestros días, hacen prácticamente imposible que se venga abajo el velo que tapa las vergüenzas que hay debajo del neoliberalismo.

La crisis que ha provocado la COVID-19 es otra cosa. De pronto, el velo ha caído y ha quedado a la vista la realidad tal cual es.

Los mercados se han distorsionado enormemente como no lo habían hecho en un siglo generando una incertidumbre paralizadora y miedo, ese miedo que odia el capitalismo porque genera pánico, y la irracionalidad de los mercados. Ante el miedo y la amenaza del pánico, y de los miles de muertos sobre la mesa cada día, las élites que nos gobiernan han recibido una enorme bofetada que les ha hecho reaccionar, aunque aún no sabemos muy bien en qué dirección.

La sociedad ha tenido que movilizarse para coser mascarillas que no llegaban, distribuir a los hospitales equipos hechos con bolsas de plástico inútiles para que los médicos y enfermeras se enfrentaran a lo que se les venía encima, una sociedad que para espantar sus miedos se ha convocado ella solita cada día a las 20h para darse ánimos. Alumnos confinados que quedaban solos con el apoyo de sus familias y sus profesores para darles ánimos y decirles que aquí no pasaba nada. Una sociedad que a pesar de haber sido empujada durante décadas a no comportarse como sociedad y a la infantilización, se ha mantenido fuerte estos dos meses y medio, en buena medida porque aún no se han desmantelado del todo, los pilares del Estado de bienestar y los resortes democráticos que hemos venido construyendo en el último medio siglo en un contexto de privatizaciones y lógicas individualistas.

Lo público, lo privado y las redes ciudadanas y familiares han apoyado, como han podido, para reducir los contagios y la mortalidad, y para frenar la recesión económica que ya tenemos encima. El cuidado y lo que hasta ahora no había valido nada -bien lo sabemos las mujeres-, ha pasado a primer término, el universo de la mercancía ha perdido su prioridad, y se precisa un intercambio basado en la cooperación y en la solidaridad. El hogar, donde el egoísmo del homo economicus actúa como mecanismo destructor de la convivencia y del amor, ha pasado a ser el espacio de nuestra supervivencia. Aunque ha subido la compra online en el confinamiento, ha aumentado mucho más el ahorro o la petición de ayuda para garantizar la supervivencia. La familia, los paisanos, las redes de solidaridad, son el centro vital estos meses. La naturaleza aflora ante nosotros liberada de la agresión diaria a la que le somete nuestra actividad ahora detenida. Por esto que hemos de tomar distancia no entre nosotros, sino ante el relato que nos había venido contando hasta ahora de que somos seres egoístas que solo buscamos el interés individual.

Inconscientemente, sin necesidad siquiera de que haya que hacer un planteamiento expreso sobre ello, los individuos se contemplan en el espejo de otro modo, o como seres a los que incomoda o incluso agrede la realidad de fuera.No queremos decir que eso se produzca en todas y cada una de las personas. Nos referimos a que de manera generalizada ha brotado la idea de que hay que reinventar todo, sin que nadie dé la orden y en todos los ámbitos de la vida social, no solo de las empresas. Hay que consumir de otro modo, viajar con otros criterios, habitar espacios diferentes, la tecnología está aquí para ayudarnos pero todo dependerá de quién y cómo se diseñe y se controle. El mundo va a cambiar y ese cambio no es otro que el cambio de comportamiento y de ser de los individuos que debemos cambiar nuestra realidad propia pero también involucrarnos en la gestión de la común, para que otros no lo hagan por nosotros.

Lógicamente, esto no es ni va a ser resultado ni de un decreto ni de una iniciativa individual generalizada y ni siquiera sabemos si realmente podrá llevarse a cabo. Todavía tenemos opciones para consumirnos en el caos. Pero hemos visto de cerca, y algunos han caído, en el borde del abismo. El abismo de la pobreza, de la soledad, de la pérdida de empleo, el cierre del negocio. Lo vemos en la calle, y algo en los medios de comunicación, aunque no lo suficiente. Los reporteros de guerra españoles hace poco han confesado que se les ha prohibido hacer estos meses en España lo que se esperaba de ellos en las guerras a las que sus medios les enviaban, para informarnos de la realidad. Estos reporteros han dicho, públicamente, que las imágenes que nos están pasando los medios de comunicación se han edulcorado, con imágenes positivas, imágenes de curados, bandas sonoras de culebrón de la tarde. Sabemos por redes sociales que nuestros sanitarios agradecen los aplausos, pero lo que quieren es más personal, mejores condiciones de trabajo, y recuperar plantillas.

El caos está a la vuelta de la esquina. Sabemos que habrá rebrotes aunque no sabemos dónde ni su intensidad. Sabemos que nos vamos a endeudar a niveles históricos para que el gobierno intente apoyar a los que menos ingresos tienen en este país, y evitar hambre y miseria que existían en España hace un siglo, y reflotar la actividad económica pero hacerla con dirección a la transición ecológica. Pero para que esas medidas tengan efecto, todos tenemos que cambiar también nuestros comportamientos y subjetividades, revolvernos ante ese relato que nos han contado tantas veces que no lo cuestionamos, ese que dice que somos seres independientes, que buscamos nuestro interés individual en un sálvese quien pueda constante.

Christian Laval describió al sujeto neoliberal como un ser hiperactivo y ultra-reactivo, conminado a responder lo más rápidamente como consumidor a los cambios de los mercados y las modas sin pensar en qué condiciones se producen y se distribuyen esos productos, ni que modelos de trabajo se desarrollan y si promocionamos las mismas esclavitudes que denunciamos en los sectores en los que nosotros somos los productores. Un sujeto sometido como trabajador al ritmo de la producción y la financierización de la economía que imponen lógicas sin escala humana y vinculadas a decisiones tomadas por unos algoritmos despojados de cualquier responsabilidad. Individuos a los que se espera se den sin restricción al trabajo y que busquen al mismo tiempo hacerse bien y darse placer, confundiendo los deseos con los derechos como por ejemplo se hace con el fomento de los vientres de alquiler disfrazándolos de derecho a la maternidad o paternidad.

En los últimos años, este individuo se confundió con las redes y se exhibió en ellas como espectáculo para él mismo, midiendo su éxito o fracaso a golpe de likes y retuits, en una especie de distopía generalizada de las que nos narran las series de éxito en televisión, como Black Mirror. Todo ello, en una carrera rápida, individual e individualista de la que quedan excluidas muchas personas, para empezar todas aquellas con responsabilidades de cuidado que son una mayoría de mujeres en el mundo, o quienes no tienen acceso a las tecnologías, el empleo, al conocimiento o los recursos que les permitan participar.

En el ámbito económico y laboral eso se tradujo en la fabulación del hombre-empresa, del sujeto que se hace y se proporciona ingresos a sí mismo, aunque en realidad solo está desconectado de los demás y de las empresas porque han desaparecido las normas protectoras del Derecho del trabajo. En el ámbito personal, lo conseguido es un sujeto básicamente urbano, aislado, autoengañado y, en el peor de los casos, cargado de una incomprensión hacia los demás, hacia lo que está fuera de sí, que lo hace extremadamente propenso al odio y la intolerancia, a la antítesis del bien común.

La COVID-19 nos obliga a enfrentarnos con nuestro ADN civilizatorio, con los valores que nos mueven y con los puentes que hemos generado con la realidad que nos rodea. Obliga a un ejercicio colectivo y personal de reflexión, de introspección y de acción colectiva. Pero nada nos asegura que eso vaya a ser posible, que pueda llevarse a cabo una deliberación sosegada y humanizada, con cordura.

Ahora iniciamos la llamada desescalada, y con ella se abre la olla a presión del confinamiento iniciado hace dos meses. Jóvenes que estuvieron sin botellón y sin ver a sus grupos de amigos que se reencuentran sin mascarillas ni distancia de seguridad. Deportistas que salen en estampida de sus casas con todo el equipo excepto la mascarilla y todos corriendo o en bici por las mismas avenidas, sin distancia de seguridad con los peatones.

Familiares que no se veían y que se reencuentran olvidando también las distancias. Políticos que han estado sin el habitual juego de fuerzas políticas en ayuntamientos, gobiernos autonómicos, o en el Congreso, que han salido también a sacarse selfis, fotos de grupo abrazados, montar caceroladas o bocinazos en las calles. Estos grupos van a aumentar, sin respetar las distancias de seguridad que el resto respetamos. Debería darnos qué pensar la portada de hoy del New York Times en la que toman portada no la foto de nadie o de su bandera, sino los nombres de los casi 100.000 fallecidos que ha habido en los Estados Unidos. Esa realidad es la que tenemos que mirar cara a cara y repensar que podemos hacer desde cada uno de nosotros.

No es suficiente con envolvernos en unas banderas diciendo que representamos la patria de todos, que no es la patria real. Difícilmente podremos construir la sociedad postCOVID que necesitamos con tanto egoísmo, mientras que no se entienda que la patria no son las banderas, por importante que sean los símbolos, sino pagar los impuestos que nos permitan tener una sanidad, educación, pensiones, sistemas de cuidado y servicios ciudadanos y una administración democrática que nos permita involucrarnos en el gobierno de lo común y el establecimiento de mecanismos de rendición de cuentas democráticos y por supuesto, respetando a quienes piensen de manera distinta a nosotros. 

si dejamos de creernos átomos, seres individualistas y egoístas que practican el sálvese quien pueda o, peor aún, el sálvese tan solo quien sea como yo, podremos construir una nueva subjetividad y sin ella será imposible que salgamos del caos que se adueñaría de un mundo post-COVID si no modificamos el relato y las actuaciones que han hecho de un simple virus una amenaza global. Si no es así solo se salvarán como en las películas de ciencia ficción ese 0.1% de mega millonarios que saldrán en arcas o naves espaciales para salvarse del colapso que ellos mismos han provocado y nosotros consentido.

Si no damos un cambio de timón profundo y radical difícilmente podremos escaparnos de esa distopía. Las élites lo saben y por eso están comprando nacionalidades de distintos países para tener la posibilidad de escaparse de los efectos de las crisis o de las reformas que necesitamos, incluidas las fiscales. Por tanto, más allá del pacto ciudadano que tenemos que desarrollar para realizar una transformación post-COVID verde, feminista e inclusiva que soporte los servicios públicos y el gobierno de lo común, necesitamos un pacto con nosotros mismos, porque también somos responsables de ese mundo post-COVID.

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