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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

El fin de la LGBTI-fobia es el inicio de la igualdad

Marcha del Orgullo LGBTI, en San Salvador (El Salvador), en 2023

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Caminar por las calles de San Salvador hoy se siente distinto. Hay una pesadez en el aire que no estaba allí hace una década, o quizás siempre estuvo, pero ahora se ha vuelto institucional, ruidosa y validada. Como mujer, como salvadoreña y como defensora de los derechos humanos, escribir sobre la LGBTI-fobia es un recuento de cicatrices propias y ajenas, de llamadas a medianoche y de la persistente lucha por no permitir que el miedo nos borre del mapa. 

En los últimos años, hemos sido testigos de una paradoja dolorosa. Mientras el mundo parece avanzar hacia una mayor comprensión de la diversidad, en nuestra región y específicamente en mi país El Salvador el reloj parece haber empezado a caminar hacia atrás. 

Recuerdo cuando, hace unos años, sentíamos que estábamos abriendo brechas. Hablábamos de leyes de identidad de género, de protocolos de atención en salud, de sensibilizar a las fuerzas de seguridad. Había una llama de esperanza. Pero recientemente, esa llama ha sido soplada con una fuerza institucional que nos ha dejado a oscuras en muchos sentidos. 

La LGBTI-fobia en El Salvador ha mutado. Ya no es solo el insulto callejero o el prejuicio religioso en la mesa familiar; se ha convertido en una fobia política. Cuando desde las esferas del poder se eliminan palabras como 'género' o 'diversidad' de los currículos escolares y de las políticas públicas, no solo se borran términos, se están borrando vidas. Se está enviando un mensaje claro a la sociedad: “Estas personas no existen, y si existen, no merecen ser nombradas”. 

Esa invisibilidad forzada es una forma de violencia psicológica colectiva. He visto a compañeras trans, esas que han sobrevivido a la guerra y a las pandillas, llorar de impotencia al ver cómo se cierran las pocas puertas que logramos abrir con tanto sudor. 

Defender derechos en este contexto es como intentar sembrar en un suelo que alguien se empeña en llenar de sal. Me quiebra el alma ver a nuestra juventud. Chicos, chicas y chicxs que antes se sentían un poco más libres de ser quienes son, ahora regresan al clóset por miedo a perder su empleo o, peor aún, por miedo a ser blanco de una violencia que se siente cada vez más legitimada por el discurso de “la protección de la familia”. 

¿De qué familia hablan cuando excluyen a las nuestras? Mis ojos han visto la verdadera cara de la exclusión: 

  • La madre que busca justicia por un hijo asesinado por su orientación sexual y se encuentra con la burla de los funcionarios. 
  • La mujer lesbiana que no puede acceder a servicios de salud básicos sin ser juzgada. 
  • La joven trans que prefiere el exilio y la incertidumbre en otro país antes que morir de tristeza o violencia en el suyo.

A pesar de este panorama sombrío, mi labor me ha enseñado que donde hay opresión, florece una resistencia hermosa y profundamente humana. En nuestras redes de apoyo, en los refugios improvisados, en las marchas que, pese a todo, siguen llenando de colores nuestras calles grises, ahí encuentro la fuerza. 

No defendemos “ideologías”, como algunos quieren hacer creer. Defendemos el derecho a existir sin miedo. Defendemos la posibilidad de que una persona joven en un barrio de Soyapango o de Santa Ana no sienta que su vida vale menos por a quién ama o cómo se identifica. 

La LGBTI-fobia es un veneno que corroe el tejido social, porque nos enseña a odiar lo que no entendemos en lugar de celebrar la complejidad de la experiencia humana. Pero aquí seguimos. Personalmente, me niego a que el cinismo gane. Cada vez que acompaño a una víctima, cada vez que logramos que una persona se sienta escuchada y validada, estamos ganando una batalla contra ese odio 

El camino que queda es largo y, no voy a mentir, se ve empinado. La región está girando hacia un conservadurismo que utiliza a nuestras poblaciones como “chivos expiatorios” para ganar simpatía popular. Sin embargo, mi compromiso como defensora es inamovible. 

Seguiremos escribiendo, seguiremos denunciando y, sobre todo, seguiremos amando. Porque al final del día, lo que la fobia no entiende es que nuestra existencia es un acto de valentía cotidiana. El Salvador será verdaderamente grande el día en que todos sus hijos, hijas e hijes sin excepción, puedan caminar bajo su sol sin sentir que su propia identidad es una sentencia. 

Mientras tanto, aquí nos encontrarán: en la primera línea, con el corazón abierto y la voz firme, tejiendo red para que nadie más caiga en el vacío del olvido.

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