Bajo el peso del paso y del silencio: otro acoso que no vemos
El relato de una mujer costalera en varios pasos de la Semana Santa cacereña me va a servir para señalar una realidad que muchas intuíamos, pero que casi nunca se nombra, por lo que es complicado sacar a la luz pública. Ella me ha hecho comprender la dimensión del problema, contándome, sin grabadora, ni declaraciones públicas, de mujer a mujer, con la serenidad amarga de quien ha aprendido a soportar lo insoportable, cómo, bajo el faldón y entre las trabajaderas, algunas mujeres no solo cargan con el peso del paso, sino también con el acoso de compañeros que aprovechan la proximidad forzada para cruzar límites que jamás deberían cruzarse. Esa confesión personal me ha encendido todas las alertas porque, he confirmado más tarde que, no estamos ante un episodio aislado, sino ante una realidad que lleva demasiado tiempo escondida en la oscuridad de nuestra Semana Santa.
Es una estampa deleznable: el instante exacto en que la devoción se convierte en impunidad. En ese espacio reducido, donde el contacto físico es parte inevitable del trabajo y la coordinación, basta con que un solo hombre decida aprovecharse para que la dignidad de una mujer quede vulnerada. Son pocos, sí, pero es que uno ya es mucho. Uno basta para romper la confianza, para convertir un acto de fe en un escenario de abuso. Lo hacen sabiendo que la mujer no va a decir nada, porque la situación se asume como inevitable y, una vez más, el ruido de las horquillas y la música amortiguará cualquier queja. Aunque estas sean metafóricas. Es el uso más cobarde de la proximidad física para volver a aprovecharse de la vulnerabilidad de las mujeres.
Resulta desgarrador que la solución que han encontrado las cargadoras sea la autodefensa a través de la formación de bloques. Tener que “pegarse” entre mujeres, crear una barrera de cuerpos femeninos para que no queden huecos por donde se filtren manos indeseadas, es la prueba más evidente de que algunas cofradías están fallando en su deber más básico: cuidar a sus hermanas. No debería ser responsabilidad de ellas protegerse entre sí; debería ser responsabilidad de la hermandad garantizar que nadie con intención de violentar porte una medalla o se meta bajo un paso con mujeres.
El agravante es, como siempre, la culpa y el miedo al qué dirán. En un entorno tan masculino y tradicional, la mujer que señala al acosador teme no ser entendida, ser tachada de “conflictiva” o acusada de arruinar el espíritu de la hermandad. Pero conviene recordarlo con claridad: quien realmente rompe la cofradía no es quien denuncia, sino quien utiliza un acto de fe como pantalla para sus instintos más bajos. El desconocimiento de las juntas de gobierno de estas situaciones no sería solo desconocimiento; sería negligencia.
Ya no valen las medias tintas ni mirar hacia otro lado. Las cofradías de Cáceres necesitan protocolos de género específicos para el momento de la carga. Es imperativo que existan canales de denuncia seguros y que se deje claro, de una vez por todas, que quien no sabe respetar el cuerpo de su compañera no es digno de cargar con ninguna imagen religiosa.
La tradición de cargar un paso es una muestra de fuerza y comunidad. Si permitimos que esa fuerza se convierta en violencia contra la mujer, la tradición se vacía de sentido. Las costaleras quieren cargar en igualdad, quieren sudar por devoción, no por el miedo de tener al agresor pegado a la espalda. Es hora de levantar el faldón y limpiar de machismo los cimientos de nuestra Semana Santa.
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