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ANÁLISIS

EEUU vs. Irán: panorama de un conflicto

Lo ocurrido entre EEUU e Irán tiene influencia en la pugna desde hace décadas de Teherán con Arabia Saudí por el control político, económico y espiritual de la región

Al utilizar sus bases militares en Irak para amenazar a Irán, Trump ha implicado a Bagdad en su política exterior belicista

"Todo Irán es Guardia Revolucionaria", el lema de la manifestación en Teherán

Manifestación en defensa de los Guardianes de la Revolución de Irán el pasado abril en Teherán EFE

Desde el inicio de su presidencia, o incluso ya desde la campaña electoral, Donald Trump ha dejado claro que el acuerdo nuclear con Irán no encaja con su estrategia en política exterior y que llevaría a Estados Unidos a retirarse del mismo.

Considerado uno de los mayores hitos internacionales de su predecesor Barack Obama, el acuerdo firmado entre EEUU, Rusia, China, Francia, Reino Unido, Alemania e Irán ponía control y transparencia al desarrollo del programa de enriquecimiento de uranio de Teherán a cambio de levantar las sanciones económicas y comerciales que ahogaban al gigante persa.

Con la retirada de Estados Unidos del acuerdo ya se produjo un recrudecimiento de la tensión. Esta semana, el conflicto ha escalado aún más dejando a la comunidad internacional a la espera de comprobar si quedará, una vez más, en declaraciones y gestos de belicismo simbólico o si, por el contrario, la escalada será real y se traducirá en enfrentamiento armado.

Para comprender los movimientos de Teherán y Washington, pero también sus consecuencias, es imprescindible analizar otros factores. Nada en Oriente Próximo es ajeno a la región, todo se explica en base a un tetris en 3D en el que los actores y sus relaciones se solapan y en el que la geopolítica hace aún más complicado entender los movimientos.

Así, entre los principales factores que explican lo ocurrido las últimas horas entre EEUU e Irán están: la eterna rivalidad entre Arabia Saudí e Irán; la curiosa relación entre éste y el vecino Irak; el prolongado conflicto entre Israel y Palestina; las consecuencias de la guerra en Siria; y, sobrevolando todos esos elementos, el rol de Estados Unidos a nivel nacional, regional e internacional respecto a la zona.

Arabia Saudí e Irán pugnan desde hace décadas por liderar política, económica y espiritualmente la región. Bajo la oposición formal de pertenecer a dos ramas distintas del islam (los primeros, suníes y los segundos, chiíes) se esconde una visión política diametralmente opuesta. Ambos regímenes son autoritarios y marcadamente religiosos, pero si bien Irán mira desde 1979 hacia el antiguo bloque soviético y aliados, Arabia Saudí ha sabido hacerse económica y comercialmente imprescindible para muchos países occidentales. Así, a cambio de acuerdos estratosféricos para comprar infraestructuras, tecnología o armamento, Riad consigue que los mayores Estados democráticos sean menos combativos con sus violaciones de derechos humanos.

En 2017, por ejemplo, Trump inauguraba junto a Al Sisi (Egipto) y Salman bin Abdulaziz (Arabia Saudí) el Centro Global de Lucha contra el Extremismo en un gesto criticado por gran parte de la comunidad internacional. El rol de Riad en el apoyo, promoción o complicidad con muchos focos de extremismo y wahabismo es objeto de estudio y análisis de multitud de académicos e investigadores. Si bien Obama consiguió mantener un cierto equilibrio –también criticado en Washington– entre Riad y Teherán, Trump no esconde su preferencia hacia la monarquía saudí, desestabilizando así las dinámicas internas de la región.

En segundo lugar, Trump está utilizando su relación con Irak contra Irán. Desde la invasión en 2003, pero con mayor fuerza desde 2014, EEUU tiene desplegadas gran cantidad de tropas como apoyo a Bagdad en su lucha contra ISIS. Este despliegue genera grandes beneficios tanto directos como indirectos para los intereses de Washington en la región. La presencia de empresas de seguridad privada norteamericanas se va sustituyendo progresivamente por empresas de construcción o de servicios. Primero estabilizar el país y después reconstruirlo.

Al utilizar sus bases militares en Irak para amenazar a Irán, ya ponía a Bagdad en un compromiso con Teherán, pero al organizar desde allí la operación militar aérea que ha asesinado al General Suleimani, segundo jerárquicamente en Irán, Trump ha implicado a Irak. A los ojos de iraquíes e iraníes, EEUU ha hecho cómplice a Irak del asesinato, aprovechándose de su anfitrión. En paralelo, el Parlamento iraquí iniciaba una petición al Gobierno en funciones para expulsar a las tropas norteamericanas del país.

En tercer lugar, y en este caso de forma más indirecta, no se le escapa a nadie que Trump se ha posicionado de forma contundente en el conflicto entre Israel y Palestina. Su yerno y asesor Jared Kushner, marcadamente proisraelí, ha implementado algunos de los gestos más concluyentes de la diplomacia norteamericana de los últimos años en el contexto. El último ha sido su apoyo explícito a la expansión de los asentamientos israelíes en territorio palestino condenada explícita y repetidamente por los tribunales internacionales. Este apoyo tan firme y categórico a Israel, eterno enemigo de Irán, sólo refuerza el choque entre Washington y Teherán.

Por último, si bien la guerra en Siria es un avispero muy complejo en sí mismo que parece no tener relación directa con Irán, la retirada de las tropas norteamericanas del norte de Siria –sur de Turquía, la consiguiente operación turca contra los kurdos y el incremento de la violencia armada cuando iba a menos, no dejan de ser un indicador de la unilateralidad del Gobierno de Trump en sus decisiones internacionales. Teherán, con esa eterna aspiración a marcar la agenda regional, se opone a que Washington tenga la capacidad de dar forma a la región en función de sus intereses

Así, con este contexto tan multifactorial, Irán respondía con ataques aéreos a bases militares norteamericanas en Irak en lo que parece una ofensiva medida y simbólica. Como respuesta, Trump comparecía ayer en la Casa Blanca para advertir a Teherán que no solo no piensa retirarse de Oriente Próximo, sino que va a invocar a la OTAN a aumentar su presencia en la región.

Además, Trump avisó que pedirá a los socios europeos que se retiren del acuerdo nuclear. Esta actitud unilateral de Trump olvida los años de esfuerzos diplomáticos y negociaciones que se necesitaron para alcanzar el acuerdo.

Muchos países con intereses divergentes trabajaron por conseguir alcanzar un consenso que permitiese abrir una posibilidad pacífica en las relaciones con Irán. El resto de países se han mantenido firmes a pesar de los cambios de Gobierno, pero el actual presidente está centrado en lograr su propio acuerdo nuclear con Teherán.

Las consecuencias de todo ello se verán en estos próximos meses, pero en Estados Unidos ya son muchas las voces que se están pronunciando en contra de una escalada bélica.

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